Lunes, 22 de octubre de 2007
La lib?lula articulada...



Desde hace unos d?as los vientos han tra?do hasta la cubierta del barco una fina capa de arena rosa.
Cuando, por las esquinas, el viento amontona este polvo, las juntas de los tablones adquieren un matiz tornasolado y al llenarse las velas, los montoncitos concentrados en las aristas del nav?o suben haciendo garabatos hasta la altura de mis cejas. Est?n mis ojos marrones enrojecidos y no s?, si es porque est?n acostumbrados a mirar al horizonte, y estas arenas dom?sticas los tienen activados, o porque ya se sabe de la fuerza de las peque?as cosas en las distancias cortas.
Reconozco este picor del Sahara detr?s de las lentes. Reconozco tambi?n, por tiempos antiguos, la sequedad cuando ya no queda lubricante para hacerlos brillar, pero en este caso este dolorcillo y resquemor oftalmol?gico, no seca mis l?grimas, sino que hace que gui?e m?s a menudo y enfoque con mayor precisi?n los contornos de las brisas que llegan hasta el barco.
Siento que este polvo de estrellas se me est? metiendo en la garganta, no como el dolor de las plumas secas, sino el obligado carraspeo antes de cantar un aria.
He tomado una muestra de estas sales en mi mano y bajo el catalejo -puesto al rev?s- he encontrado lo siguiente: conchitas, restos de caracolas, granos de az?car moreno, caliza de puentes, motas de gotas, part?culas de diamantes heredados e incluso un min?sculo trozo del pie de una estatua.
Con estos datos he averiguado que la muestra geol?gica procede de tierras mundanas de adentro, de espacios que desconozco relacionados con n?madas, turbantes amarillos y manos azules, de olores a comino y esencias de gl?ndulas animales. Grasas cosm?ticas que intentan cubrir la nao con una patina de gotel?.
Cuando el viento sopla -en una aceptable intensidad- me quedo mirando la m?sica de sus formas volubles y espaciosas al son del vals de Am?lie y me pierdo siguiendo a estos ratoncillos crujientes que supervisan cada uno de los huecos de esta nave, desde proa a popa.
D?as llevo disfrutando de este espect?culo de pulgas rebeldes que suben por mis botas, que pican en las entretelas, que llegan hasta mis codos desde los encajes de mis pu?os, que se alinean en mis ingles. Bailes de hojarascas calizas y ardientes que me hacen perder el tiempo mientras ordeno los papeles de la navegaci?n.
Desde que era un grumete he sabido que nada en el mar es gratuito y que cada fen?meno -por desapercibido que se suceda- no queda amnistiado de sus consecuencias, por lo que ando ojo avizor con mi catalejo a verlas venir, m?s por curiosidad que por miedo -tengo un extenso cat?logo de soluciones- pero suceden tan pocas cosas a tantos kil?metros de tierra, que s?lo el simple hecho de buscar procesos l?gicos en sucesos inesperados, me tiene entretenido entre los granos de este modesto fen?meno.
Andaba yo distra?do con el ojo pegado a mi catalejo y ?ste a mi mano, y mi mano a mi anillo negro y todos ellos alineados en direcci?n oeste, que no pude percatarme de su presencia...la confund? con un trozo de mi cabello suelto.
Apareci? a media ma?ana detr?s del rabillo de mi ojo; otro cabo desatado, otro mech?n despeinado -pens?- porque era fuerte el viento que soplaba y andaba desconcentrado en varias tareas a la vez.
Por una parte, alineaba la br?jula con el norte, enfocaba al horizonte con el tubo telesc?pico, me recompon?a la coleta de capit?n y andaba concentrado en llenar botellas con mensajes para n?ufragos silenciosos, amigos de planetas y estrellas.
Y eso es lo que tienen las botellas s?lo de ida, que no dejan espacio para la esperanza y uno se dispersa en peque?as frustraciones y no est? atento a lo que de verdad est? pasando. As? que se me olvid? pronto la percepci?n de otra existencia, la sensaci?n de que algo grita, porque no est? en su sitio y as? llegu? hasta la hora de los postres...
No...no eran cabos sueltos.
Fue la voluta del humo de un puro la que me llev? a cazar su pata. Segu? la pata y encontr? un cuerpo largo y articulado con escamas de plata de un pez flauta y acarici? con mis pesta?as su contorno hasta sus delicadas alas moradas, y amarillas, y verdes.
Ella me mir? desde la naturaleza de su nombre, desde el fondo de su ?rbol geneal?gico, el ?rbol donde se han posado todas las lib?lulas de la tierra. All? entre hojas de morera supimos que ?ramos dos viejos conocidos con los ojos rojos.

Tags: Leona Román

Publicado por gala2 @ 13:26  | RELATANDO
Comentarios (3)  | Enviar
Comentarios
Publicado por nombre
S?bado, 09 de agosto de 2008 | 23:35
?Brav?simo!
Publicado por Fernando
Domingo, 09 de noviembre de 2008 | 23:06
He viajado a bordo de tu lib?lula. Enhorabuena...
Publicado por Kipa
Domingo, 04 de abril de 2010 | 22:34
?Aqu? hay madera! Sab?a que se te daba bien la redacci?n, pero esto es muy bueno, un peque?o gran relato, en serio.
Deja las oposiciones y b?scate una editorial. Bueno, antes tendr?s que escribir m?s. Y yo te lo reviso, si quieres, aunque ya sabes que no soy imparcial, porque te quiero un mont?n, cu?adita. ??nimo, valiente!