Mi?rcoles, 19 de septiembre de 2007



Despu?s del desp?es....

Lapidario Guzm?n ni abri? la boca. La noche se hizo un muro sin l?mites alrededor del grupo y si algo hubiera sucedido luego, no s?, una gota del vaso de Sisemio deslizando su azafr?n hasta golpear la tierra, el aliento haci?ndose una espada en el aire, el tiempo, ese fr?gil silbido a veces, se habr?a partido en tantos infinitos el paisaje, que hoy la historia ser?a diferente. Los jueves a la tarde vest?a su guardapolvo azul y entraba al galp?n de las estrufallas. Encend?a la luz negra y se dejaba llevar por el largo corredor mirando una a una las celdas peque?as y malolientes. En el final del h?medo pasillo una enorme biblioteca desierta custodiaba el escritorio de metal sobre el que se apilaban carpetas, cartuchos del 14 y la t?mida constelaci?n de botones rojos del tablero de seguridad
de las jaulas. Sentado, reposaba las piernas en una peque?a banqueta azul mientras afuera la noche comenzaba lentamente su gobierno implacable. As? las cuatro noches mensuales, percibiendo el seseo de los machos dormidos, el ?spero roce de las patas escamosas en los acorazados cuerpos. Cada tanto una lum?ndrola trazaba un hilo de baba fosforecente en la sombra y al segundo, inexorablemente, el chasquido, un gemido despu?s casi imperceptible, y m?s tarde el sordo estertor del final. Y las endiabladas mand?bulas de alguna estrufalla rechinando en el saboreo agridulce, ba?adas de cierta baba fosforecente que se evaporaba de a poco hasta no ser sino una sombra m?s en el sopor de la oscuridad. La rutina de los jueves por la noche. Gino intent? cierta vez combatir la el?stica constituci?n de las horas instalando un peque?o televisor en el escritorio. A la ma?ana siguiente lo encontraron paralizado, casi verde, con los ojos desorbitados y extra?as palabras inconclusas prendidas de la boca. Se lo anticiparon, pero ?l no entend?a mucho de estas cosas. Pens? que s?lo justificaban sus exigencias oblig?ndolo a estar atento en un filo de tensi?n casi insoportable. No fue capaz, en su ceguera, de entender porqu? las guardias se cumpl?an con turnos de un d?a a la semana, y que cada noche otro como ?l se hiciera cargo de la tediosa rutina de esperar el amanecer detr?s del escritorio, en la oscuridad, en completo silencio, con una escopeta de dos ca?os siempre a mano y el inyectable de efecto s?bito para estirar por unas horas sus posibilidades de supervivencia. Cuando aquella vez le preguntaron por su experiencia, la rica historia de Gino en los suburbios abandonados, sus andanzas por los graves galpones del ferrocarril y la derruida zona industrial bastaron para ganarse el puesto. Otros tiempos. Las estrufallas no hab?an evolucionado todav?a, se arrastraban como babosas gigantes por los ?ngulos sombr?os cazando lum?ndrolas y peque?os escorpiones de aceite, y nada hac?a prever que la nueva especie alcanzara semejante desarrollo. La mutaci?n, repet?a kafkianamente un viejo profesor universitario de Biolog?a. Gino no entend?a de mutaciones, nuevas especies, apocalipsis y largas caravanas de sobrevivientes hundi?ndose en el sur ignoto, y ya de tan depredado casi inhabitable. ?l se hab?a negado a abandonar su territorio, su vastedad de rincones, su intrincada red de pasadizos y refugios. Despu?s de aquella luz enceguecedora y el viento de piedra que arras? los primeros barrios, luego de la nieve roja cuando ya todos los rumores hab?an sucumbido, la piel de corteza centenaria era suficiente protecci?n ante mordeduras de fr?o y alima?as. Con las semanas adquiri? un sentido auditivo envidiable para captar el m?nimo roce de un cuerpo sobre cualquier superficie. Luego le lleg? como don maravilloso el olfato m?s agudo, bestial, exacto que pueda imaginarse. Mientras todo parec?a suspendido en el tiempo, e iban y ven?an hombres embutidos en trajes especiales, Gino persegu?a su almuerzo, peque?as especies escurridizas, mirando a la distancia la reconstrucci?n de lo posible. Fue acerc?ndose de a poco, hasta que alguien gan? su confianza, y luego otro, y termin? colaborando en un escuadr?n de hombres como ?l, hechos a las nuevas circunstancias. La primera estrufalla evolucionada lo acorral? una ma?ana en un corredor de la Superintendencia del Ambiente, donde desmontaban artefactos el?ctricos. Alcanz? a hundirle un destornillador en el pecho antes que la bestia le llegara al cuello. Supo que la historia no ser?a la misma. Entonces, durante las guardias, la escopeta de dos ca?os estaba siempre a mano. Pero no entend?a demasiado. No alcanzaba a comprender el porqu? de las celdas, la raz?n imb?cil de mantener vivos los ?ltimos ejemplares de la especie. En lo que fue el centro de la ciudad el v?rtigo de los andamios aceleraba d?a y noche la nueva geograf?a. Dentro del per?metro enrejado crec?an jaulas gigantescas y laber?nticas galer?as cerradas. En uno de los pabellones se expondr?an las bestias, detr?s de triples cristales de m?xima seguridad. ?l no entend?a ciertas cosas. Fue un jueves, tal vez entre sue?os avanzada la noche, de una fosforecencia a otra en el galp?n a oscuras. Comenz? a verse estrufalla, ?ltimo eslab?n de la evoluci?n mutante, fiera descompuesta en tantas otras versiones cada vez m?s monstruosas. Y un rel?mpago de idea que lo fulmin? detr?s del escritorio, con las piernas abatidas en la banqueta azul y todos esos cartuchos del 14 frente a las narices. Rasc? la piel casi f?sil de su mano izquierda y encendi? todas las l?mparas. Un gemido, primero, despu?s el creciente bramido de las criaturas que lo empuj? a la escopeta. Puls? la cerradura electr?nica de cada una de las celdas desde el tablero del escritorio y esper?, con la vista en ning?n lugar, el rumor compacto de las pisadas sobre el pasillo. Fue la lucha por una lum?ndrola, el forcejeo silencioso, un estampido luego. Y la boca chorre?ndole una baba fosforecente. M?s tarde otro silencio, diverso, espeso, maloliente, como una niebla en el galp?n vac?o, alrededor de las huellas compactas perdi?ndose en la noche. Tal vez como lenta caravana de sombras inexplicables siguiendo a respetuosa distancia al macho alfa de brazo armado. Y muy despu?s los gritos, el p?nico alrededor de quejidos y plegarias, lejos, entre los andamios. Lapidario, Sisemio y los otros dos operarios de la gr?a casi ni respiraron, vieron la carnicer?a desde la altura. Esperaron tres d?as entre una nube de carro?eros y todos los inexplicables porqu? a mansalva. La patrulla all? abajo les dio coraje para descender a lo que quedaba del infierno.

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(El taller de poeta, galicia, 2007- edicion en italiano)

de: racconti fantastici, d'amore e di morte-

Tags: gABRIEL iMPAGLIONE

Publicado por gala2 @ 12:17  | RELATANDO
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