S?bado, 15 de septiembre de 2007


Nocturno


He salido a la noche
para perderme en los desiertos
interminables de la soledad
y echar mis pensamientos a la luna.

En el largo camino,
-consolidado ya por la costumbre-
hay espacios poblados
por el ruido que el mar
deja en los brazos de la arena,
y otros de frondas vegetales
que sugieren jardines
de antiguos para?sos.
(Curiosamente,
coinciden con el nombre del lugar)

Luego cantan los grillos
que ocupan los solares
pendientes de especulaci?n.
(Por cierto,
no s? qu? har?n los grillos cuando
alguien los cambie por alguna
soluci?n habitacional)

As? mismo, me encuentro con alegres
cucarachas escurridizas
que se mueven en torno a las grasientas
-y a veces olorosas-
basuras de los restaurantes.

Despu?s oigo el concierto de las ranas
croando bajo el puente
que media entre las partes
en que est? dividida esta ciudad
de colores colgantes y vistosos.

Y enseguida me topo con la plaza,
casi siempre poblada de elementos
de variada naturaleza,
y la gran avenida que, a estas horas
-de silencio y de luz artificial-,
aparece m?s ancha y soberana
que la alumbrada por el sol
-y por los coches-,
a las claras del d?a.

Yo percibo estas cosas
en un plano difuso
de la conciencia,
con la excepci?n, acaso, de las ranas
croando bajo el puente,
porque son algo as?
como un anacronismo
que rompe en dos mitades
no la ciudad, ya rota
por el r?o, sino la vida:
El pasado, tan simple,
tan natural y tan mestizo.
Y el presente, tan sordo y tan autista,
tan sumido en el f?rrago y el v?rtigo.

Y al tiempo que estas cosas
existen con independencia
de mis particulares percepciones,
hay otras m?s sutiles, m?s et?reas,
que ocupan, de manera natural,
el n?cleo vivo de mis pensamientos.

Y es justamente de estas cosas
de las que yo,
andante solitario y hombre libre,
me declaro gustoso dependiente

?Y qu? cosas son ?sas?
?dice un suspiro de la noche-
A lo que yo respondo
con un interrogante sorprendido:
?Y lo preguntas t?,
?luci?rnaga interior
de mi postrado luto??
Son estrellas que encienden en el pecho
los fuegos que devora el coraz?n.

Regreso, al fin, a casa,
pero antes de ocultarme entre sus muros
me siento con la Noah
en un rinc?n preciso
que ella acomoda para m?,
en la escalera,
entre su cuerpo y la pared.

Mientras me huele y la acaricio
la luna se derrama sobre el mar.
Pero a m? ya me ha dado,
tal como acabo de decir,
hora y media de ?ntima locura.




Mariano Estrada www.mestrada.net Paisajes Literarios
Blog: http://paisajes.blogcindario.com

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Publicado por gala2 @ 6:42
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