Viernes, 31 de agosto de 2007
La casa acribillada de enfrente



Gaitano Ugueto pudo pasar la calle con cautela ya que sus dos compa?eros de tropa estaban alertas para cubrirlo, pero le dio miedo y admitirlo hubiese sido suficiente para que se le negara la medalla de honor que tanto anhelaba: ignoraba si los soldados enemigos hab?an entrado ya a la casa de enfrente, pero pens? que no era momento para alimentar sus dudas, por eso quiso anteponer a todo pensamiento de terror esa felicidad que le daba el ser de la Brigada de Cazadores y el estar defendiendo los colores de su adorada bandera. Cotej? la distancia de las dos casas con la que hab?a entre el lugar en que estaba y el refugio que hab?a quedado atr?s y donde permanec?a oculto el resto de la tropa. Los dos soldados que lo cubr?an estaban atrincherados en la casa que acababa de abandonar. Hab?a quedado a medio camino en un recortado muro frente a la calle. La casa de enfrente lo esperaba.

??Ya sab?s lo que ten?s que hacer...! ?le hab?a dicho hac?a unos minutos su coronel, a quien en su pa?s del sur ya le hab?an dado una medalla.
??S? mi coronel!
?Por lo menos haz el h?roe, pelotudo. Tengo otras misiones para vos, ?entend?s Garmendia?
??Ugueto, coronel, Ugueto!
??Ugueto, s?; qu? carajo importa eso ahora! El d?a que hagan el monumento al boludo a vos te tiran el cemento...

Le hab?a confundido el nombre por lo menos una docena de veces pero ?l le perdonaba esas equivocaciones porque en el fondo sab?a que su memoria no correspond?a con sus sentimientos. A los costados del muro pudo ver los hierros retorcidos de dos autom?viles que hab?an sido quemados por la turba. Estaba demorando mucho en decidirse y sent?a en su nuca la mirada del coronel atento a sus futuros movimientos. Apret? su fusil ametralladora Sten de 32 balas contra su pecho para que se acordaran de ?l como un soldado ?ntegro en caso de resultar muerto y levant? la vista para estar seguro de no tropezar con ning?n obst?culo en su carrera. En la esquina humeaban a?n tres cauchos y la calle estaba tapizada de vidrios que reflejaban el cielo.

Finalmente se decidi? y ofreci? su cuerpo a la suerte. De inmediato se escucharon las resacas de metrallas de su pelot?n que golpeaban las paredes de la casa de enfrente. Corri? a la calle desolada y se ocult? detr?s uno de los coches desmantelados. Se volte? sonre?do buscando las caras de sus compa?eros, y en ese momento luci? confiado en poder lograrlo. Alcanz? a ver la silueta de algunos de sus compa?eros que tomaban posiciones m?s cercanas, entre ellos el coronel. Se agach? un poco m?s y estir? la mano izquierda para empu?ar el pico de su arma. Record? en ese instante que ten?a sed, que llevaba m?s de diez horas sin beber l?quido alguno. Su uniforme de cazador estaba blanco del polvo de las casas que se hab?an venido abajo. Afinc? nuevamente su pie derecho para emprender la carrera hasta el muro ya pr?ximo al objetivo, pero se qued? medio inclinado al ver que un gato negro y pigmeo pasaba espantado y se perd?a detr?s del ?ngulo derecho de la casa. Al instante lo volvi? a intentar. Una gota de sudor le hizo arder un ojo, se limpi? con el dorso de la mano y corri? con todas sus ganas hacia el muro.

Ya ah? suspir? profundamente y recost? su espalda en la angosta pared. No parec?a haber nadie en la casa, la puerta del frente hab?a sido volada y en su lugar qued? un boquete estrellado y ahumado. Vio su reloj, era mediod?a ya. As? estuvo en cuclillas mientras recobraba fuerzas para correr el ?ltimo trecho. Tom? la granada de humo y la lanz? a trav?s del boquete de la puerta. ?A lo mejor es el mismo general quien me imponga la medalla?, pens?.

Ponerse la m?scara anti-cegadora, lanzarse de barriga al piso y gatear hasta el boquete de la puerta fueron todas una sola acci?n. Al entrar dispar? una r?faga de su ametralladora y se escondi? bajo un mueble que no alcanzaba a distinguir. Cuando se disip? el humo pudo ver que era un ata?d sobre su pedestal de madera. Se ve?a que estaban velando a un muerto cuando los sorprendi? la guerra.

La casa era una t?pica vivienda con arquitectura de campo, sencilla y funcional. El piso estaba cubierto de polvo y, por su uniformidad, Gaitano Ugueto supo que no hab?a habido nadie en ella en mucho tiempo. Se distrajo detallando la cara del difunto; fastidiaba ver su condici?n de muerto bien vestido para la ocasi?n y el polvo uniformemente dispersado por su cara y traje. Se asom? luego por la ventana y vio que su tropa estaba toda acantonada en la casa de enfrente. Alcanz? a ver c?mo todos se movilizaban repentinamente. En ese instante reconoci? la voz del coronel.

??Garmendia, boludo! ?le grit? ?vienen entrando por detr?s!

Ugueto corri? a uno de los cuartos y vio un armario de madera con decenas de gavetas que copaba toda una pared. Sin pensarlo abri? una de las puertas angostas verticales y se ocult? en un recodo donde a?n colgaban vestidos en sus ganchos. En el piso sinti? aplastar con sus botas lo que parec?an unos zapatos de mujer. Durante dos horas escuch? detonaciones ininterrumpidamente, lejanas y cercanas. Luego sobrevino una pausa larga. Logr? abrir un poco la puerta del armario. Por la ventana de enfrente pudo ver que su tropa ya no estaba. Divis? algunos cuerpos ca?dos. Toda la casa de enfrente estaba agujereada por miles de balas que la impactaron. Escuch? risas y voces en acento del enemigo. Eligi? seguir escondido y se aprision? m?s a?n a la pared del fondo del armario. Escuch? tambi?n cuando dos soldados entraron al cuarto. Ugueto contuvo la respiraci?n; pod?a presentir las siluetas de los hombres a escasos metros. Se estaba reventando por las ganas de orinar. Aprovech? para tomar un bolso de mujer pl?stico que adivin? en la oscuridad y mear ah?. Por las voces calculaba que hab?a m?s de cincuenta soldados enemigos en la casa. Trat? entonces de ponerse m?s c?modo, igual tendr?a que quedarse ah? ya que pensar en escapar era un suicidio. Pas? otro par de horas hasta que un nuevo soldado entr?. Escuchaba ahora los resortes de la cama. La espalda de Ugueto comenz? a sudar. Un sonido de botas abandon? el lecho y se dirigi? a la ventana. No se escuch? nada por dos minutos. Luego las botas caminaron hasta el centro de la habitaci?n. Ugueto apunt? su fusil ametralladora hacia la puerta. Los pasos caminaron ahora hacia el rinc?n m?s alejado de la puerta principal de la habitaci?n. Escuch? el rasgar de un f?sforo. Al rato le lleg? el olor del humo del cigarrillo. Los pasos avanzaron hacia la cama donde se escucharon nuevamente los resortes. Pens? Ugueto en su coronel; no pod?a estar muerto. Aun ve?a su imagen como si le hablara en la oscuridad del armario:

??Decime negro vos sos un cag?n..., medio cag?n, tres cuartos...?

Casi pudo imaginar su propia cara haciendo pucheros. Por lo menos ?l puede fumar, pens? en el enemigo. Unos minutos despu?s escuch? nuevamente los resortes de la cama. El soldado se hab?a parado y los pasos fueron hasta el rinc?n ?ltimo del armario. Ugueto apret? su fusil ametralladora en el reducido espacio. Una bufanda perfumada de mujer cay? sobre su casco. Se escuch? abrir y cerrar una gaveta; luego otra. Cuando abri? la tercera se dio cuenta que el soldado hab?a organizadamente emprendido su est?pida tarea de venir abriendo cada una de las puertas y cajones en su direcci?n. Por eso orient? la punta de su arma hacia la peque?a ranura de luz que alcanzaba a ver. Las puertas sucesivamente se acercaban y Ugueto temblaba como la cola de un perro. La primera de las tres puertas verticales se abri? y cerr? casi al segundo. La bufanda de mujer hab?a impregnado su alma de un perfume intenso como de lirios encendidos.

Antes de abrir la segunda puerta vertical el soldado enemigo dio un chup?n a su cigarrillo y se detuvo a seguir con recio amor la letra de una canci?n que desde hac?a un rato sus compa?eros hab?an puesto en el viejo tocadiscos de la casa: ?Perfume de gardenias...?.

Ugueto crey? escuchar que llov?a e imagin? ver la sangre de su tropa lavarse en el suelo y la misma agua limpiar sus caras y remojarles los labios secos. Afinc? el pulso y se apoy? en sus rodillas mientras la manivela de la tercera puerta vertical del armario giraba. Sinti? el vago olor del sudor femenino entre los raudales arom?ticos de los lirios. Aun tuvo tiempo de imaginarse la cruz de la medalla reluciente del coronel, o al menos limpia de sangre bajo la lluvia.



***


MENCI?N HONROSA ESPECIAL en el Concurso de Cuentos nuestra palabra 2006. Toronto, Ontario, Canad?




Renzo Carnevale, es venezolano, graduado en Comunicaci?n Social en la Universidad Cat?lica Andr?s Bello de Caracas. Ha publicado en peri?dicos locales como Correo Canadiense en espa?ol y Corriere Canadese en italiano. He hecho carrera profesional en el campo del Fotoperiodismo, publicando fotograf?as para peri?dicos locales como el Toronto Sun, MulticomMedia, The Mirrow, y corresponsal?as para peri?dicos y revistas extranjeras.


Texto enviado por el autor

Tags: Renzo Carnevale

Publicado por gala2 @ 11:13  | RELATANDO
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