Jueves, 29 de marzo de 2007
ESTRATEGIAS DISCURSIVAS Y EL YO AGEN?RICO EN LA POES?A RELIGIOSA DE ERNESTINA DE CHAMPOURCIN*

Eukene Lacarra Lanz
Universidad del Pa?s Vasco


Me parece oportuno comenzar con las palabras que Ernestina de Champourcin escribe en 1934 cuando Gerardo Diego le solicita describir su po?tica y definirse a s? misma, como hizo con el resto de integrantes de la segunda edici?n de su antolog?a de la Poes?a espa?ola (1979, 484-485):

?Nac? en Vitoria el 10 de julio de 1905; este es el ?nico dato real y esencial de mi biograf?a. El resto es.... literatura, y no de la mas amena. Mi infancia y adolescencia constituyen el cielo verdaderamente intelectual de mi vida. Durante esos a?os he escrito y le?do en serio, c?micamente en serio. Mis mu?ecas y mis allegados tuvieron que sufrir las exuberantes y acaparadoras primicias de mi vocaci?n literaria. Pero esto es historia antigua, mejor dicho, historieta. En la actualidad no puedo o?r mi nombre, acompa?ado por el terrible calificativo de poetisa, sin sentir vivos deseos de desaparecer, cuando no de agredir al autor de la desdichada frase?.
??Mi concepto de poes?a? Carezco en absoluto de conceptos. La vida borr? los pocos de que dispon?a, y hasta ahora no tuve tiempo ni ganas de fabricarme otros nuevos. Por otra parte, cuando todo el mundo define y se define causa un secreto placer mantenerse desdibujada entre los equ?vocos linderos de la vaguedad y la vagancia?.

?Qu? es lo que mueve a esta mujer para expresarse de este modo tan contradictorio?
Ernestina de Champourcin, nacida en Vitoria en 1905 por una feliz casualidad (el ginec?logo de su madre pasaba sus vacaciones aqu?), se rodea de t?picos femeninos elementales a la vez que parece rebelarse contra los condicionamientos ideol?gicos que sufr?an las escritoras. La palabra poetisa ten?a un deje peyorativo, por lo que las poetas la recelaban y todav?a la siguen recelando (De Andr?s Castellanos, 2003). Ser mujer en la sociedad patriarcal confer?a y confiere unas se?as de identidad, unas expectativas de escritura femenina, contra las que le era dif?cil mantener una postura ecu?nime. La universalidad masculina se negaba y se contin?a negando con frecuencia de manera sistem?tica a las mujeres y estas palabras de nuestra poeta son una declaraci?n de hast?o y una protesta a la subordinaci?n de las mujeres. Sin embargo, y en contradicci?n con lo anterior, con su rechazo a definirse y su voluntad de ?mantenerse desdibujada?, se sit?a de lleno en la concepci?n tradicional de la mujer, pues se presenta no como sujeto sino como objeto informe e impreciso, cuya identidad no proviene de ella misma sino del var?n.
En esta y en otras autobiograf?as femeninas se unen t?pico y realidad y, como indica Mainer, se asoma ?una concepci?n amateur de las letras que parece tener que justificarse en sus m?ltiples dedicaciones? (1989, 15). La constante contradicci?n de Ernestina entre su voluntad de ser y su realidad de estar va a ser para ella un motor fundamental a lo largo de su vida. Nuestra poeta se encuentra sistem?ticamente tironeada por ideolog?as contrarias, lucha para no dejarse encasillar y aunque sin por ello renunciar del todo a la acci?n, evita definirse y hace todo lo posible por desdibujarse. Busca una neutralidad que no existe ni ha existido nunca, menos en los tiempos que le toc? vivir y una equiparaci?n gen?rica que hoy sigue todav?a inalcanzable. Anhela la independencia, pero le ata la realidad social de la que quiz?s no quiere desasirse. Quiere alcanzar el estatus de sujeto, pero se desdibuja y se mantiene en ?los equ?vocos linderos de la vaguedad y la vagancia?.
Su principal dedicaci?n es la de poeta, pero esquiva y rechaza el trabajo constante que implica el oficio, insistiendo que su poes?a no viene de la labor ni del esfuerzo:

?A m? la poes?a me viene, no s? de d?nde: creo en el Esp?ritu Santo y en la inspiraci?n <...> no soy de los que creen que se deba escribir todos los d?as. Yo tengo rachas: por eso entre mis libros hay tanta separaci?n? (Del Villar, 1975, 14).
En el tiempo que se me ha concedido har? una breve incursi?n en la vida, en la producci?n literaria de Ernestina de Champourcin con objeto de indagar en esas fruct?feras contradicciones, sin duda agudizadas por la aspereza de los tiempos que le toc? vivir. Aurora Albornoz cree necesario aproximarse a la poes?a tomando en consideraci?n la historia y apunta que ?la historia de la Espa?a de la posguerra hab?a sido un peso decisivo en la conciencia y en la obra de los poetas desterrados? (1976, 17) Se?ala que hay un antes y un despu?s de ciertas fechas clave, triunfo de los aliados, fracaso de las guerrillas o aceptaci?n de la Espa?a de Franco por las democracias occidentales, inseparable de la poes?a de muchos creadores. Iris Zavala, por su parte, se?ala que tambi?n ?los procesos econ?micos, las reformas jur?dicas y la nueva articulaci?n de relaciones sociales inciden de manera directa en las relaciones con la escritura? (1998, 7).
?Cu?l era la situaci?n de Ernestina en el Madrid de las tres primeras d?cadas del siglo pasado? Me parece evidente, aunque la poeta lo niegue, que todo esto hizo mella en la poeta y en su poes?a. De ah? que considere importante comenzar con su situaci?n familiar. Nacida en una familia de la alta burgues?a, cat?lica y mon?rquica, Ernestina vivi? una infancia y adolescencia muy protegida. Su educaci?n revela el gusto de su padre por las letras y las lenguas, y el deseo de hacer de la ni?a Ernestina una mujer refinada, que pudiera brillar en los salones de la sociedad conservadora a la que estaba abocada y asegurarle un matrimonio adecuado a la clase social a la que pertenec?a. As?, fue educada en casa con institutrices nativas en las lenguas francesa e inglesa. Su escolarizaci?n fuera de casa se limit? a los cinco a?os que asisti? a clases en el colegio de monjas del Sagrado Coraz?n. Para los doce a?os Ernestina ya hab?a hecho sus primeros pinitos literarios, escribiendo sus primeros versos y relatos breves en franc?s, lengua que la familia utilizaba en la casa en las cenas, siempre formales. Para los quince vio c?mo se le reduc?a de nuevo el espacio p?blico. Se le permiti? realizar los estudios de bachiller, eso s?, aunque era muy infrecuente en las ni?as de entonces, aunque sin poder asistir a las clases del instituto. De nuevo confinada en casa, su padre puso a su disposici?n profesores que le instruyeran, de modo que s?lo tuviera que ir al Instituto Cardenal Cisneros para sufrir los ex?menes (Ascunce, 1991, XIII-XIV, Comella 2002, 11-14).
La adolescente Ernestina sin duda se va dando cuenta de que el espacio p?blico pertenece por derecho propio a los hombres, de que vive en una sociedad donde las mujeres carecen de derechos b?sicos, incluido el derecho al voto y de que necesitan el permiso del padre o del marido para viajar. Es una sociedad que no ve con buenos ojos que las se?oritas de la buena sociedad, como ella, acudan a lugares p?blicos solas. Pese a estas constricciones, los libros de la excelente biblioteca paterna, que Ernestina lee con avidez, le hacen entrever unas fronteras m?s amplias de las que la sociedad permit?a a las mujeres y posiblemente alimentan una ambici?n de libertad dif?cil de compaginar con las costumbres de la ?poca y con los h?bitos de guarda y custodia que ten?an las j?venes de su clase. Su deseo de ir a la universidad y estudiar la carrera de letras se vio frustrado, en parte por las presiones de su padre, pero en parte tambi?n porque se rebelaba contra la imposici?n familiar de asistir a las clases acompa?ada de su madre, seg?n ella misma testifica a Ascunce en una entrevista que hizo en 1990 (Poes?a a trav?s del tiempo pp. XIV-XV). ?C?mo una chica de familia honorable iba a ir a la universidad?, se pregunta ret?ricamente Del Villar en una entrevista a Ernestina (1975,11). Probablemente la poeta considerar?a una humillaci?n ser escoltada, y antes de ser muestra fehaciente de la dependencia femenina de la que no pod?a sustraerse prefiri? buscar otras v?as de salida.
Por supuesto, que los prejuicios sobre la educaci?n de las mujeres estaban a la orden del d?a y a muchas j?venes se les disuad?a de proseguir estudios universitarios (Quance 1998, 188-189). La poeta Concha M?ndez, amiga de Ernestina, se?ala en sus Memorias (1990, 28) que la ?jubilaron? del colegio a los catorce y que ejerc?an tal control sobre sus lecturas que pr?cticamente no le dejaban leer ni el peri?dico. Sin embargo, desde 1915 exist?a en Madrid una Residencia de Se?oritas y en el curso 1919-1920 estaban matriculadas en la universidad espa?ola 439 mujeres (Scanlon 1986, 56).
Por suerte para Ernestina, su padre alent? con indulgencia su afici?n literaria, y financi? en 1926 la edici?n de su primer libro de poes?a titulado En Silencio, que con apenas 21 a?os publica en Espasa-Calpe. El libro obtuvo rese?as discretamente favorables y su dedicaci?n a la poes?a (en 1928 publica su segundo poemario, Ahora y en 1931 La voz al viento) le fue abriendo las puertas al mundillo literario. Conoce muy pronto a Juan Ram?n Jim?nez, poeta ya consagrado, cuya poes?a ejercer? sobre ella una confesada influencia durante toda su vida (Perlado, 1986); participa en tertulias literarias en casas de amigos, como los hermanos pintores Zubiaurre, en las reuniones en casa de Juan de la Encina y de Pilar Zubiaurre, o en las de los poetas Manuel Altolaguirre y Concha M?ndez y visita a Juan Ram?n Jim?nez y a Zenobia. Estos encuentros ser?n de gran importancia para su carrera po?tica, como ella misma se?ala en varias entrevistas. Por supuesto, ni ella ni ninguna otra mujer parecen asistir a las tertulias literarias de los caf?s, pues como dec?a Norah Borges: ?en aquella ?poca las chicas no ?bamos a los caf?s? (Bonet, 1992, 6). No obstante, a trav?s de estas reuniones en las casas de los amigos hace amistad con la plana mayor de los poetas de su ?poca, Rafael Alberti, Federico Garc?a Lorca, Rosa Chacel, Emilio Prados, Luis Cernuda, Carmen Conde, Pedro Salinas, Mar?a Teresa Le?n, Gerardo Diego y naturalmente con el poeta Juan Jos? Domenchina, en cuya compa??a puede visitar museos y exposiciones, es aceptada ocasionalmente en las tertulias y con quien acabar? cas?ndose (Sanz Hermida, 1991, 17-23).
El a?o de la publicaci?n de su primer libro, en 1926 Ernestina se une a Mar?a de Maeztu y Concha M?ndez fundadoras del Lyceum Club Femenino, del que Zenobia Camprub? fue secretaria y ella encargada de la Secci?n de Literatura (Sanz Hermida, 1991, 14-17). La fundaci?n tuvo gran eco en la prensa, aunque fue muy discutida por sectores tanto conservadores como de izquierdas. La neutralidad de sus estatutos, que exclu?an los actos pol?ticos o religiosos, no libr? al nuevo Lyceum Club Femenino de las cr?ticas de la iglesia ni de las feministas (Quance, 192). Ernestina misma se?ala en su entrevista con Ascunce (1993, 24) que los jesuitas les atacaron ferozmente y ?llegaron a la estupidez de decir que era un fumadero de opio?. Las actividades del Lyceum fueron sobre todo de car?cter cultural y social, donde se organizaban conferencias, exposiciones y actividades teatrales.
Parad?jicamente, su participaci?n en el Liceo femenino le debi? de ganar una cierta fama de feminista. Ante tales ?infundios? la poeta se revuelve inquieta, de nuevo echando mano de la indefinici?n y del equ?voco, pues, seguramente como mujer de la alta burgues?a, le ser?a muy dif?cil defender el feminismo. Cuando en 1975 su entrevistador del Villar aventura que igual es feminista Ernestina se explica as?:

Nunca fui feminista-feminista; ?las sufragistas inglesas me parecieron siempre rid?culas. Lo que s? me ha interesado, sin embargo, es que la mujer saliese del marco estrecho en que estaba metida. Me parece bien que la mujer luche por sus derechos, pero he visto que por lo general, la mujer luchadora se ve?a obligada a trabajar en su casa como mujer y en la calle como hombre, de modo que se mataba para nada y doblemente? (12).

Del Villar reflexiona la respuesta de la poeta y nos comunica: ?Al hablar con Ernestina se advierte que s? peca un poco de feminista. Es un pecado tan extendido entre las mujeres intelectuales que no vale la pena tenerlo en cuenta.? (12)
Este tono de condescendiente tolerancia de del Villar se funde con el tono condescendiente de la propia Ernestina hacia las mujeres. Sin embargo, cuando Checa le apremia la respuesta equ?voca se transforma en vehemente negativa.

?Do?a Ernestina, le digo, usted era feminista, estaba siempre defendiendo los derechos de las mujeres, ?es verdad??

Ella responde:

?No, es una mentira como una casa. Yo feminista en el sentido de que, de que creo que la mujer tiene sus derechos y hay que respetarlos. Pero no he escrito nada feminista, nunca. Yo me he dedicado a la poes?a nada m?s.? (Checa, 1998)

Esta posici?n vacilante de indefinici?n de ambas respuestas es muy propia de las contradicciones de Ernestina y perfectamente entendible. El feminismo todav?a estaba poco arraigado en Espa?a. Para Margarita Nelken era m?s una cuesti?n de la clase obrera que de la burgues?a. En su opini?n, las j?venes de la clase media ten?an primero que emanciparse de la moral y liberarse de los convencionalismos. Lo que s? es m?s sorprendente es el desprecio de Champourcin hacia las sufragistas, cuya lucha dio como resultado la conquista del voto de las mujeres, conquista ampliamente celebrada durante la Rep?blica. De nuevo se ve en las palabras de Ernestina una contradicci?n flagrante. De un lado, defiende su libertad, su igualdad con el var?n y los derechos de las mujeres. De otro, le falta la solidaridad necesaria con las mujeres. Es sin duda una actitud individualista y propia de una clase social privilegiada que miraba con distancia si no cierto desprecio a las dem?s mujeres.
1931 es un a?o de singular importancia para Espa?a y para Ernestina de Champourcin. Se declara la Rep?blica, las mujeres espa?olas consiguen el derecho al voto y Ernestina publica su tercer libro, La voz en el viento, que en palabras de Ascunce es un salto y un avance importante en la calidad po?tica, con que culmina el aprendizaje que suponen los dos primeros libros (1991, XXXIX). Tambi?n es la fecha tope que pone Gerardo Diego en su Poes?a Espa?ola. Antolog?a 1915-1931, que ve la luz en 1932, a?o que se ha considerado decisivo para la historia de la literatura espa?ola. El poeta Gerardo Diego, que hab?a obtenido junto con Rafael Alberti el Premio Nacional de Literatura de 1924-1925, y una peque?a camarilla deciden incluir en esa antolog?a a los mejores poetas de su tiempo y pese a las presiones para incluir o excluir y a las feroces cr?ticas que siguieron a la publicaci?n, este libro fue fundamental en la consagraci?n del grupo de poetas que despu?s se conocer?an como la Generaci?n de 27.
La segunda edici?n tampoco acall? las cr?ticas, ni en ella faltaron de nuevo las presiones. El editor aument? la n?mina de poetas, incluyendo entre ellos a Domenchina y a dos mujeres: Ernestina de Champourcin y Josefina de la Torre. As?, pues, Ernestina de Champourcin fue consagrada como poeta entre poetas cuando apenas contaba con tres libros de poes?a, los dos primeros, discretamente recibidos, y el tercero m?s elogiado, aunque sin llegar a conseguir las alabanzas que logr? despu?s su C?ntico in?til, publicado en junio de 1936.
Mainer afirma que la elecci?n de estas dos poetas no fue desacertada (1989, 1322). Es posible que su reconocimiento no careciera en su momento de cierta condescendencia. Ambas estaban en un estadio de iniciaci?n po?tica, tanto por la calidad como por el volumen de sus publicaciones y creo que en su inclusi?n influy? que ?tanto ellas como el mismo ant?logo part?an en el fondo, de considerar un estatuto especial para la presencia femenina?, como apunta Mainer (1989, 13).
El reconocimiento de la actividad literaria de Champourcin le abri? las puertas a otros aires, lejos de los ambientes mon?rquicos y cat?licos conservadores de la familia. Su actividad fue intensa. Colaboraba con revistas y peri?dicos --el Heraldo de Madrid, el El Sol, La ?poca, la La Gaceta Literaria, etc. -- como poeta y como cr?tica literaria. No era la ?nica, en absoluto, pero aunque otras mujeres tambi?n comenzaron su producci?n po?tica en estos a?os, Concha M?ndez, Rosa Chacel y Carmen Conde, son los ejemplos m?s evidentes, no se vieron igualmente reconocidas. Creo que su inclusi?n en la Antolog?a de Gerardo Diego m?s que su poes?a propiamente dicha fundamenta las palabras de Emilio Mir?. ?En las d?cadas de 1920 y 1930 publicaron libros varias poetisas, pero en primer lugar, sobresale el nombre de Ernestina de Champourcin? (1993, 3).
En los a?os de la Rep?blica corr?an en las reuniones literarias de los poetas otros vientos que alejaban a Ernestina de la ideolog?a familiar. ?C?mo podr?a haber imaginado su familia que la complacencia y ayuda que le ofrecieron al facilitarle la publicaci?n de su primer libro iba a alejarles de ella?. Las amistades de Ernestina eran ciertamente ?peligrosas? desde la ?ptica mon?rquica y conservadora de sus padres, como se percataron en 1936. La Guerra Civil divide a la familia del bar?n Michels de Champourcin, como dividi? a tantas otras. Ernestina recuerda que se qued? sola en casa:

?Cuando estall? la guerra estaba yo en mi casa con mi familia, de pronto me qued? sola porque ellos tuvieron que esconderse. Se fueron. Mi madre era parienta del embajador de Uruguay y estuvieron en la embajada.? (?Entrevista? Checa, 1998)

Su hermano Jaime fue oficial del ej?rcito de Franco y uno de sus cu?ados fue falangista y alf?rez provisional (Comella, 2002, 32).
Jos? Domenchina, el amigo m?s cercano de Ernestina, estaba afiliado a Izquierda Republicana y cuando estall? la guerra era secretario del gabinete diplom?tico del presidente de la Rep?blica Manuel Aza?a (Ascunce, 1991, XVIII-XIX). La poeta acept? la Rep?blica y se encontr? s?bitamente en un campo enfrentado con su familia. No es de extra?ar que los padres no aceptaran bien a Domenchina, y no s?lo porque no estaba ?bien visto? en su entorno que su hija se casase con un escritor, sino por sus evidentes relaciones y actividad pol?tica izquierdista. La oposici?n familiar al matrimonio no impidi?, sin embargo, que se casaran civilmente el 6 de noviembre de 1936 en v?speras de su salida a Valencia con el Gobierno de Aza?a, quien nombr? a Juan Jos? director del Servicio Espa?ol de Informaci?n en el Ministerio de Propaganda de Valencia, durante la guerra civil (Mil?n Malo, 1999).
Ernestina no vacila en tomar esta dif?cil decisi?n que le enfrenta a la familia, pero niega tajantemente que Domenchina fuera un hombre pol?tico. Insiste en que asist?a a las tertulias del Regina por inter?s literario, que se afili? as la Izquierda Republicana porque se afiliaron todos los de la tertulia y que Aza?a, le nombr? secretario no por pol?tica sino ?por unas razones l?gicas de amistad?. Coherente con esta singular visi?n de la realidad, la poeta tambi?n minimiza la labor pol?tica de su marido al aducir que en el Bolet?n de Informaci?n del Ministerio de Informaci?n y Propaganda que dirig?a Domenchina hab?a una hoja po?tica en la que colaboraron poetas como Juan Ram?n Jim?nez, A. Machado, E. Prados, Pedro Garfias y otros (entrevistas a Del Villar, 1975, 13, y Perlado, 1998). Es un nuevo ejemplo de c?mo Ernestina difumina o mejor emborrona la realidad, sin duda por la dificultad de eliminar por completo la ideolog?a aprendida y compartida en gran medida en la casa familiar y la nuevamente adquirida, que aunque le ha proporcionado una libertad inaudita para su anterior contexto familiar, no acaba de abrazar. Ernestina niega de nuevo encasillarse en uno de los bandos y prefiere seguir con los equ?vocos.
Ernestina que aspiraba a la simetr?a gen?rica en la poes?a y en la vida no encontr? el camino para hacer compatible el amor con su voluntad de la independencia y de erigirse en sujeto. De ah? las contradicciones que le proporcion? el simple hecho de enamorarse. La poeta del amor humano en su primera etapa (Antipo?tica, Ascunce, 1991, 5), lo rechaza para s?, al menos verbalmente, como un sentimiento de dependencia inadmisible. Para ella el matrimonio tradicional, hombre cabeza de familia, mujer obediente, sin duda le espanta. De ah? que reivindique el suyo como un acto no de amor sino de amistad entre iguales. Arturo del Villar en 1975 le pregunta si tuvo un noviazgo intelectual, Ernestina responde:

?No era un noviazgo. Nos molestaba que nos llamasen novios; ?ramos amigos, con unas aficiones semejantes. No hubo flechazo ni cosa por el estilo. Entonces lleg? la guerra y decidimos casarnos, el seis de noviembre del treinta y seis. En Diciembre nos marchamos a Valencia y de all? pasamos a Barcelona, siguiendo al gobierno republicano? (1975, 13).

En t?rminos similares se manifiesta en otra entrevista concedida en septiembre de 1989: ?Nunca fuimos novios; nos parec?a rid?culo. Ninguno le ten?amos amor al matrimonio? (en Sanz Hermida, 1991, 28). Hay en estas palabras una voluntad extraordinaria de persuadir, de gritar al viento que la suya fue una uni?n entre iguales, que su matrimonio nada ten?a que ver con la supeditaci?n de la mujer al marido, como era obligado, o incluso un acto de obligaci?n moral y econ?mica. En otra entrevista concedida un a?o antes (Ya 20-XI-1988) presenta su matrimonio como un acto de responsabilidad ineludible por su parte y con la finalidad de proteger a la madre y hermana viudas de Domenchina, a quien parece emascular con su actitud:

?Nos consider?bamos amigos en el sentido verdadero de la palabra <...> Su situaci?n familiar durante la guerra con madre y hermana viudas, no era la situaci?n m?s ?ptima precisamente, y a m? nunca se me hubiera pasado por la cabeza; la guerra y el exilio desencadenaron los acontecimientos? (en Sanz Hermida, 1991, 28).

Ermestina mostr? siempre un gran inter?s porque se difundiera la obra po?tica de su marido, y en 1975 consigui? cumplir su deseo y public? sus Obras Completas. Este inter?s, sin embargo, no le ciega la apreciaci?n. Por ello, no tiene pelos en la lengua al opinar sobre el libro que m?s fama dio a Juan Jos? Domenchina antes de exiliarse:

?Cuando yo le conoc?, en el a?o 30, acababa de salir un libro que fue muy elogiado por los cr?ticos, pero que a m? personalmente no me gusta: La corporeidad de lo abstracto. Era un libro muy duro, con un vocabulario dificil?simo? (Entrevista de 1986, Perlado 1998).

Como siempre, se esfuerza en guardar sus distancias y autonom?a, como sujeto pensante regido s?lo por la raz?n y no por la emoci?n. As? cuando en 1990 le preguntan sobre el car?cter de su marido hace esta descripci?n poco caritativa y un tanto ?spera:

? muy espa?ol, comod?n, ni muy estudioso, ni muy trabajador <... > no termin? ninguna carrera; a ?ltima hora hizo una carrerita de Maestro, que no s? qu? Ministro organiz?, y como el ten?a un t?o Gobernador, se fue a ?vila y all? aprob?, pero nunca ejerci? porque no le interesaba. Hizo alg?n a?o de Filosof?a y Letras, pero lo que le gustaba era escribir y escribir. Y era un ni?o muy mimado, el ?nico de su mam?, de esas mam?s insoportables espa?olas que todav?a hay por ah?, desgraciadamente? (Entrevista 1990)

Tambi?n manifiesta su independencia respecto de ?l al afirmar: ?nosotros dos -como matrimonio dedicado a las letras- nunca hemos sido bohemios. Yo s?; mucho m?s que ?l? (Entrevista 1986, Perlado 1998).
Las estrategias de indefinici?n que utiliza durante esta primera etapa para de alguna manera conciliar o tratar de controlar sus contradicciones, contin?an durante la segunda etapa del exilio, pero adquieren otro tono. Ernestina se convierte en una trabajadora, en una mujer que necesita trabajar para vivir y se da cuenta de que tampoco cargar con el peso de la econom?a familiar la sit?a a la par que al hombre. Su trabajo de traductora la aleja bastante de la poes?a durante un largo per?odo y cuando vuelve a ella en la d?cada de los cincuenta parece haber tirado la toalla de la simetr?a gen?rica y necesita de otras estrategias, otros recursos para dignificarse ante s? misma. En mi opini?n, estos recursos los encuentra en su presentaci?n agen?rica a partir de su reconversi?n cristiana en la religi?n cat?lica. La poeta toma el camino se?alado por la patr?stica como el m?s directo para la salvaci?n de las mujeres y al renegar de su cuerpo se transforma en la virago o mujer viril que la Iglesia aconsejaba. Mediante esta estrategia Ernestina por fin adquiere la anhelada equiparaci?n, pues como ya indicaban los Santos Padres, los hombres y las mujeres s?lo eran iguales en cuanto a la salvaci?n (McLaughlin, 1974).
Con el exilio se abre la segunda etapa en la vida y en la obra de Ernestina. Aza?a provee al matrimonio y a la familia de Domechina de pasaportes diplom?ticos para salir de Espa?a. Tras tres meses en Toulouse reciben una invitaci?n del poeta y diplom?tico Alfonso Reyes para ir a M?xico y ofrece a Juan Jos? el puesto de profesor en la Casa de Espa?a, del que era director. Aceptan encantados de poder llegar a M?xico ya con trabajo y sueldo, pero Domenchina pronto deja el cargo porque no le gusta. Ernestina interrumpe su creaci?n literaria y se dedica durante los 33 a?os siguientes a la traducci?n, casi a destajo. No s?lo traduce libros de sociolog?a, literatura, pol?tica, historia, fundamentalmente para el Fondo de Cultura Econ?mica de M?xico, sino que participa tambi?n en Congresos Internacionales como Jefe de Personal del Servicio T?cnico de Traducci?n. Este trabajo le lleva a recorrer los pa?ses americanos y tambi?n a viajar a Estados Unidos. Esta dedicaci?n se hace casi exclusiva durante los primeros trece a?os en M?xico (Sanz Hermida, 1991, 34).
Es al final de este per?odo, a finales del los cuarenta y principios de los cincuenta cuando Ernestina sufre una reconversi?n extraordinaria al catolicismo. De acuerdo a Comella (2002, 50-56) en estos a?os el matrimonio conoce al sacerdote del Opus Dei Ernesto Santill?n. Ernestina comienza a visitar la Residencia universitaria, dirigida por mujeres de la obra, donde conoce y entabla una buena amistad con dos mujeres del Opus, la mexicana Mago Murillo y la Espa?ola Guadalupe Ortiz de Land?zuri, cuyo padre militar fue fusilado en la C?rcel Modelo de Barcelona en 1936. En palabras de Comella: ?Con el tiempo la poeta se sinti? llamada a un mayor compromiso cristiano a trav?s de su trabajo ordinario y solicit? la admisi?n en el Opus Dei en 1952? (50).
Esta conversi?n desencadena una gran producci?n literaria, sin por ello abandonar el trabajo de traducci?n, que Ernestina continua haciendo. Inicia esta segunda etapa en 1952 con su libro Presencia a oscuras, editado por la editorial Rial, actualmente en manos del Opus Dei. Se trata del primer libro de poemas de Ernestina desde 1936. Esto significa que durante 16 a?os de casi completo silencio (apenas roto por los poemas que publica en las revistas Romance, Rueca y Las Espa?as) comienza una nueva eclosi?n po?tica de seis poemarios entre 1952 y 1972, todos ellos de tema religioso, a los que habr?a que a?adir la antolog?a de poes?a religiosa, Dios en la poes?a actual, que compila para la Biblioteca de Autores Cristianos y que se publica en Madrid en 1970.
La poeta pasa del amor humano, que era el tema fundamental de su primera producci?n, al amor divino, o al ?amor trascendente?, como ella lo denomina en su ?Antipo?tica? (Ascunce 1991, 3-4). Esta poes?a religiosa ha dado lugar a una variada investigaci?n. Sin embargo, ?nicamente Comella se?ala un dato esencial: la afiliaci?n de Champourcin al Opus Dei, que imputa a un ?reencuentro con sus ra?ces religiosas? (2002, 50). Mantenida esta informaci?n al parecer en secreto, algo, por otra parte muy frecuente en la Obra, los cr?ticos lo ignoraban y atribuyeron el cambio que sufri? su poes?a a varias causas: a ?una aguda crisis espiritual provocada por el destierro? (Quance, 1998, 198), al s?bito ?descubrimiento de Dios? (Ancillona, 1990, 105), al ?hallazgo de una patria nueva: Dios? (Ciplijauskaite, 1989, 122; o a una experiencia de ?vivencias extremas de enajenaci?n y sublimaci?n? que compensan de la soledad humana y le permiten ?superar las limitaciones y renuncias que la historia y la propia vida imponen? (Ascunce, 1991, XLV).
Ascunce se?ala que esta poes?a se convierte en un di?logo ?ntimo con Dios, pero que la forma dialogada del yo y el t? al no ser nunca respondida se transforma en un ?monodi?logo donde el yo-personaje po?tico asume en ocasiones el doble papel de emisor y receptor y en otros forma el c?mulo de sus anhelos emocionales? (XIVI). La lucha asc?tica, el dominio de las pasiones y apetencias, la renuncia del yo material, la simbolog?a, son elementos fundamentales de una poes?a que ?responde a los modelos cl?sicos y tradicionales de la poes?a m?stica? (Ascunce, 1991, LV y Cuenca Tudela 1989). Acillona subraya que en esta poes?a religiosa ?No habr? ni la m?s m?nima infiltraci?n existencial o social que rectifique la raz?n programadamente cat?lica de sus versos? y que es uno de los escas?simos ejemplos de ?poes?a cat?lica? (105). Ve como elemento tem?tico importante la renuncia y la anulaci?n del yo, la oposici?n materia-esp?ritu que da lugar a la desvalorizaci?n corporal, necesaria para el advenimiento divino. En su an?lisis de Presencia a oscuras aduce que es sobre todo un libro oracional donde ?el sentimiento y la expresi?n se subordinan a la ortodoxia religiosa que impregna cada verso? y que ?sorprende la rigidez ortodoxa de lo doctrinal (112). Rechaza que esta poes?a tenga que ver con el misticismo l?rico de san Juan de la Cruz y concluye que ?La poetisa, poeta desde su dolor al fin y al cabo, refleja en su poes?a una forma personal de misticismo, de misticismo anulador a lo femenino? (117) que la diferencia de la poes?a sacerdotal.
Concuerdo con Acillona en que la poes?a religiosa de Champourcin es fundamentalmente cat?lica, lit?rgica y oracional y que como tal tiene evidentes aspectos apost?licos, que son precisamente los que m?s se subrayan en la recepci?n de la poes?a por el Opus Dei y en la difusi?n que esta instituci?n hace de la poeta a trav?s de internet. Es de singular inter?s considerar la relaci?n entre la obra y Champourcin. En la actualidad, el Opus Dei ofrece bastante informaci?n sobre la que fue una de sus miembros. Me interesa especialmente la rese?a del libro de Comella, Ernestina de Champourcin, del exilio a Dios, que se encuentra en su p?gina http://www.opusdei.es/art.php La rese?a encabezada por el ep?grafe: ?La poetisa colabor? en la labor apost?lica del Opus Dei en M?xico?, nos ofrece entre otros ?datos? los siguientes:

?Casada con el poeta Juan Jos? Domenchina, tuvo que exiliarse a M?xico al t?rmino de la Guerra Civil. El dolor, sufrido junto a su esposo, se reflej? en muchos de sus poemas (?Adi?s a lo que fuimos./ Aunque t? me acompa?as/ s? que roza mi hombro/ otro t? diferente?). Pero el exilio ayud? a Ernestina a cuestionarse en serio su vida espiritual y reemprendi? la b?squeda de Dios, una de las constantes de su poemario.
Busc? la santidad (?nfasis en el original)
A principios de los a?os 50 conoci? el Opus Dei y, poco m?s tarde, solicit? la admisi?n. Procur? la santificaci?n del trabajo ordinario, como poetisa y traductora. Colabor? tambi?n en actividades de promoci?n social en un barrio marginal de la capital azteca. En 1970 tuvo oportunidad de saludar a san Josemar?a Escriv? en M?xico D.F., quien le dijo que conoc?a su obra po?tica y le ayudaba a hacer oraci?n.

Ciplijauskite se?alaba que hay cierta iron?a en que ?en una ?poca en que se habla m?s y m?s de ?la liberaci?n? de la mujer, Champourcin escoge el ?nico camino que se ofrec?a como opci?n a la mujer en los siglos anteriores: al morir su marido y quedarse sola, se vuelca hacia la religi?n? (122). Sus palabras son inexactas. Domenchina muri? el 27 de octubre de 1959, y puesto que el cambio de Champourcin se produce al inicio de los a?os 50 y se plasma en el libro que se publica en 1952, la opci?n de seguir el camino de la religi?n tiene lugar al menos siete a?os antes de enviudar. Concuerdo con esta cr?tica, sin embargo, en que toma un camino tradicional, al refugiarse en la religi?n.
Evidentemente, hab?a muchas maneras de estar y de escribir poes?a desde ese refugio de la iglesia. Ernestina pod?a haber tomado como ejemplo a Sor Juana In?s de la Cruz, la mejor poeta barroca de habla castellana. La ten?a bien a mano, all? en M?xico. Pero ?se no es su modelo, no pod?a ser su modelo. Cuando en 1991 Ascunce le pide que ahora, ya pasados cincuenta y siete a?os desde que en 1934 escribi? para la Poes?a espa?ola contempor?nea de Gerardo Diego, le resuma su concepci?n literaria sobre aquella ?poca que vivi? repleta de tensiones literarias y oposiciones ideol?gicas, Ernestina le responde citando literalmente la mismas palabras que escribi? en 1934:

?Cuando todo el mundo define y se define causa un secreto placer mantenerse desdibujada entre los equ?vocos linderos de la vaguedad y la vagancia? (1993, 24).

Es curioso que no haya cambiado, pero es evidente que hay un v?nculo entre ambas estrategias. Con la vieja la poeta estaba desdibujada y su cuerpo era tan poco visible, que quedaba pr?cticamente en la sombra; con la nueva estrategia se desprende de su cuerpo niega su g?nero femenino y trasciende agen?ricamente como mujer viril. La poes?a religiosa de Champourcin nada tiene que ver con la poes?a comprometida de Sor Juana In?s, a quien ignora por completo. En esta poes?a religiosa Ernestina va m?s all? de la representaci?n ?desdibujada? que ha perseguido siempre. Su rechazo a todo encasillamiento, sus contradiciones, sus conflictos entre el ser y el estar, entre la libertad y la sumisi?n se desvanecen en un yo agen?rico que aspira a despojarse de todo rastro material que recuerde su antiguo cuerpo feminino. La base doctrinal de su poes?a religiosa reside en la renuncia al cuerpo y a sus vanidades y apetitos para que su alma libre de ataduras pueda dialogar con Dios, o?rlo en el silencio y verlo en la oscuridad. Su representaci?n como un ente descarnado, la negaci?n de s? misma como mujer, hecha de carne, con lo que la carne conlleva en la doctrina cristiana, es condici?n necesaria para su liberaci?n ?ltima y para su transformaci?n en un alma pura agen?rica que dialoga con Dios. Es la transformaci?n de las v?rgenes, que dejaban atr?s su innata debilidad femenina para adquirir el vigor masculino de la virtud, es decir, para transformarse en mujeres viriles. Al haber renegado de su cuerpo en beneficio de su esp?ritu, trascend?an su naturaleza inferior y se transformaban en varones, como afirma San Leandro de Sevilla en el prefacio de De la instrucci?n de las v?rgenes y desprecio del mundo.
Los Padres de la Iglesia manten?an que si bien era evidente la asimetr?a jer?rquica de hombres y mujeres en cuanto a su creaci?n, es decir, en cuanto a su "naturaleza?, sosten?an que su simetr?a espiritual, en cuanto a la gracia y a la salvaci?n era no menos cierta. En otras palabras, afirmaban que hombres y mujeres eran distintos en cuanto a la creaci?n, porque la mujer se hab?a formado del cuerpo del var?n y estaba hecha a la imagen de ?ste, y s?lo en la uni?n con ?l pod?a decirse hecha a la imagen y semejanza de Dios (Ep?stola a los Corintios I, 11:3-12). Sin embargo, sosten?an igualmente que hombres y mujeres eran iguales en cuanto a la redenci?n, porque ambos pod?an salvarse.
El dualismo cuerpo-alma y la asimilaci?n de la mujer con la carne y del var?n con el esp?ritu sustenta y justificaba la "natural" subordinaci?n de la mujer al var?n. La asimetr?a gen?rica se reflejaba en la dualidad cuerpo-alma. (Ruether, 1974, 155-159). Por ello, s?lo por la renuncia del cuerpo la mujer dejaba de ser mujer y se asimilaba a las v?rgenes, verdaderas viragos que gracias a su renuncia eran liberadas de la doble maldici?n impuesta a Eva tras la Ca?da, es decir, de los dolores del parto y de la dominaci?n masculina.


BIBLIOGRAF?A CITADA

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*Este trabajo es parte del Proyecto de Investigaci?n: 1/UPV 00027.130-HA-15276/2003.


(Art?culo contenido en el libro: ACTAS DEL VIII ENCUENTRO DE POETAS, Diversidad de voces y formas, editado por Diputaci?n Foral de Alava, 2006.)
Publicado por gala2 @ 6:19  | POETAS
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Comentarios
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Jueves, 29 de marzo de 2007 | 23:11
Gracias, ?ngela, por este texto. Me ha interesado especialmente, porque aunque no sea de mi gusto su poes?a de inspiraci?n religiosa, siempre me ha interesado como persona y como testigo de su ?poca, si bien es cierto que a riesgo de aceptar todas sus contradicciones, no deja de ser un hito literario cuando menos significante.
Mariano Ibeas