Viernes, 01 de enero de 2010



Caminos lentos para las tardes de Fuego y Mar.


Cómo se nos enredaba el cuerpo
en las orillas quietas del lago Averno,
aquel agosto preferido
en que la luz nos hacía sombra
y tu imagen era una ciudad llena de columnas,
cercada de signos y palomas.
También fue nuestra la dicha
del sol en las aceras,
la pausa interminable de los acordeones
en un metro nocturno dirección a Roma.
Al final, vivir en prisión y hablar de uno mismo,
no fue tan terrible.
Detestamos los viajes con destino a pleamar,
al rugir de la noche
si es sólo un instante,
un perfil silencioso y sin alas.
Allí donde la tarde abriga tu nombre,
nos cubrimos el frío con las manos,
temblando igual que un día cualquiera
te toma en brazos las ganas de vivir.
Que se abandone

el amor y el vértigo,
como el día en que bajamos juntos
a las gradas del coliseo.
La primavera parecía
dotar al aire de lentos retrasos,
de enigmas vacíos:
la imagen del amor más íntimo
era una fuente impaciente
que mana agua de tu sabia.
Cuando nos fuimos abrazados,
dejamos en el aire
un dolor de barcos que no llegan,
una senda larga donde habitan
las lentas horas del olvido.
Pero aún así,
tus dedos me recuerdan a los astros
de silenciosas pasarelas nocturnas,
torciéndose apenas sobre tu tumba
en una delicia que pasa y nos ahoga.
Sobre las orillas de las playas,
el mar enciende la noche y se apaga,
lentamente formando constelaciones

que semejan guerras de seis días.
Tu cuerpo ha sido
un paisaje de aurora junto al mar,
mi dosis de amor y compañía,
que dibuja sobre el mundo
su fortuna amorosa y contenta.
Hoy me parece que la mitad del mundo
es una barca atada al agua
y sus cadenas ligeras,
dan como consecuencia
el dolor de una mirada.
Aquella mirada que pasa
Pero que con suerte libra al mundo,
De los tormentos abastecidos por tu vida.
La otra mitad es un reino que sueña
y se despierta
bajo sus himnos celestes.
Hay que regresar a veces
al sonido imposible de los barcos,
a las olas tranquilas
que en las largas noches
pasaron lentamente

de su interior veloz
a un eco pequeño a ras de cueva.
Bajaste luego al puente de las cañas,
esa transición de viento con raíces
que domina las playas de Punta Umbría.
Invadiendo todos los secretos de la tarde
y el recuerdo que fuiste
en miles de incendios repetidos.
Solo era aquella imagen
Tan sobria, tan brava.
Su vida tiene el riego
Que corren los países del sur,
Con sus llantos a fuego.
Lo apagan los comienzos de mar,
Que se apagan en el conducente
Cielo del atardecer.
Todo era tan hermoso,
Tan fugaz como la evolución
De las flores primeras.
Aquellas flores repetían con cautela,
El dolor del fuego veraniego.
A veces, el verano recoge

sus rayos de espejismo
y los envuelve en un temblor
de barca dorada
que es tu cuerpo a plena luz.

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