DEL SEXO DE LOS ÁNGELES
ENTRE las nubes, revoloteando,
una mañana descubrí a un querube.
Tras las dulces mejillas sonrosadas,
un par de alitas mínimas
agitaban un mar de nubes blancas.
Viendo tal aparato abanicándose,
quise aliviar al ángel sus calores.
Al alargar mi mano, rumbo al jardín protervo,
no hallé carne, sino un largo vacío,
insípido y helado como la eternidad.
Con pícara sonrisa me espetó: ¿Ves, imbécil?
Muy pequeña es la mano de los hombres
para abarcar abismo tan inmenso.
Carnalia, XXIII Premio Cálamo de Poesía Erótica, Cuadernos Cálamo / Gesto
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