Jueves, 12 de noviembre de 2009

CREER  NACERTE.

 

 

Creer nacerte y ser mentira,

creer vivirte y no ser vivida,

es sueño y se humedece.

 

Detrás, atrás dejé las colinas

y las arenas donde los barcos se pierden.

Detrás, muy lejos, tierra o fuego,

está mi casa. Allí donde una piedra

grita y grita y pide abrirse...

agua o nube, --¡el viento la socava!--,

está tu casa y eras niña.

 

Creer nacerte y ser vivida,

sea yo agua y me despierte,

o estatua palpitando de repente.

 

Creer vivirte y no ser vivida,

que todo sea neblina, ceniza y se diluya,

porque tal vez, no resista yo la lluvia.

 

Lejos, aunque todo esté lejos,

yo creo nacerte y hacerte mía:

es sueño y se humedece.

                                          1

  

ERA LA TARDE.

 

Era la tarde,

el jardín, las sombras,

el sol, las palomas,

el bosque, los álamos.

Tú te llamabas Mar,

a mí, Cielo me llamabas.

 

Era verde el amarillo,

el rojo, el blanco.

Se lanzaban las ramas

al prolongado abrazo.

El humo, el fuego,

el cigarrillo, la mano.

Tú te llamabas Roca,

a mí, Tierra me llamabas.

 

Era la tarde...

como siempre, la tarde.

De nuevo la tarde,

y tú y yo en su seno,

bajo el árbol, esperando la noche.

 

                                          2

 

 

CANTA LA ALONDRA en la mañana

presintiendo agua de espejos.

 

Algas verdes para un corazón doliente

en la arena de otro mar

que jamás vi verde ante mis ojos...

 

Y cayeron las estatuas en el verde

oscuro de la noche... en los dedos

calientes, la luna y las estrellas.

 

Dientes dorados y uvas maduras para la piel

fresca, en la cama de otras sábanas;

piel que jamás vi húmeda ante mis horas.

 

Canta la alondra en los espejos

presintiendo el agua cerca.

 

                                   3

 

SOY.

 

Te diré

al oído

que soy

lo que tú quieras

                                          --álamo, lirio,

                                          rosa o casa o aposento—

pero sobre todas las cosas,

que en mí habita una triada

                                                      de vientre, pecho y cabeza,

sin olvidar las piernas

                                          ni el centro

que de ellas nace

                                    al contacto de los dedos.

 

 

 

QUIZÁS JUNTOS.

 

Escucho un sinfín de caminos,

lánguidos y breves, a través de las ondas

del silencio que dormita en las alcobas...

 

En mi soledad no distingo ninguno de ellos:

cada vez que los toco, se desvanecen.

 

Ven, toma mi mano,

quizás juntos alcancemos a caminar por ellos.


Tags: JUAN OROZCO

Publicado por gala2 @ 10:56  | POEMAS
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