Martes, 20 de octubre de 2009

 

El río y el puente

 

te sigo y me sigues

por estas calles oscuras

 

te sigo y me sigues

sin preguntas

ni respuestas

 

cada uno es la sombra del otro

en busca de su propio cuerpo

 

sobre el río y el puente

se lamenta una trompeta

 

igual que nosotros se siguen

los gatos en los techos

 

y más allá los astros

y las estrellas.

 

 

Un puente que fuma

 

fumo en el puente

 

sueño que soy

un puente que fuma

 

otros hombres lloran

porque no sueñan

ni aman ni fuman

 

abajo el río fluye

y también sueña que es un puente

y también sueña que fuma

 

la niebla nos envuelve

la niebla nos confunde

 

el puente fuma

y sueña

que es un río

 

y el río fuma

como un hombre.

 

Quiero llegar a Ecbátana

 

Quiero llegar a Ecbátana

aunque ya no exista Ecbátana.

Apenas sé que Ecbátana fue

la comarca extranjera de Tobit,

que en Ecbátana, Sara –hija de Ragüel

fue entregada en boda a siete hombres,

y que en Ecbátana el sol

pesaba como bronce en la piel.

Quiero llegar a Ecbátana

acaso porque Ecbátana no es

más que una palabra. Y eso

ya es demasiado. Amén.

 

La casa y la hojarasca

 

La hojarasca y el agua detenida

son todo lo vivo y lo real

de este patio y de esta casa.

El resto son fantasmas.

Que lo diga sino el centinela rojo

que dormita en el torreón de la esquina

y que sueña con la próxima batalla.

La sombra del general

se mueve tras las persianas.

Con él van su kepí, sus charreteras,

su sable, sus botas, su capa.

En su recámara crepuscular

a la luz de una vela escribe

con mano trémula: “A la patria…”

El caballo blanco relincha,

agita su cola en el aire

espantando a una moca lunática.

Una criada vestida de luto, pálida,

prepara la mesa para la cena

a la que sólo acuden

entre candelabros dorados

el pasado, el polvo, la nada.

El resto son fantasmas.

 

 

Tras la frontera

 

Otros poetas

-los que viajan tanto no sé cómo-

describen pueblos lejanos

cuando hablan de sus amores en Wivenhoe,

de su aventura con una muchacha en San Francisco

o del recuerdo de una señora en Amsterdam…

En cambio yo, para hablar de ti,

no puedo describir Wovenhoe o San Francisco,

ni Amsterdam u otra ciudad ultramarina

porque nunca he salido de mi país.

Los únicos paisajes tras nuestro amor

son estas calles secretas en un barrio de Sudamérica,

los puentes que juntan la ciudad cortada

y desaparecen con la lluvia

y los ficus añosos y sus pajarracos

que nos protegen del smog.

Lo demás son el aire, la tierra y el agua.

Pero no la escarcha de Wivenhoe en invierno,

ni los barcos fantasmas que parten de San Francisco,

ni la niebla de Amsterdam después de las seis.




Juan Carlos Lázaro nació en Lima (Perú) en 1952. Ha publicado tres colecciones de poesía: Gris amanece la urbe del hambre (1987), La casa y la hojarasca (2001) y Entre la sombra y el fuego (2008). Poemas suyos han sido publicados en las revistas El caimán barbudo (La Habana), Zen (San Francisco) y Repertorio Latinoamericano (Buenos Aires). Dirige en Lima la revista de poesía Sol & Niebla.

 


Tags: Juan Carlos Lázaro

Publicado por gala2 @ 10:34  | POEMAS
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Comentarios
Publicado por nombre
Mi?rcoles, 18 de noviembre de 2009 | 13:29
OJAOLA fuera yo el afortunado al k siguieras.
eres la mejor profe del mundo
xssin tu brisa no bibiria sin tu olor no soi persona pero
sobretodo sin tus explicvsaciones tengo erdores
alex i martiii
Publicado por carmen lu sin
Lunes, 31 de enero de 2011 | 9:10

Admirable profe, pero no sé como hace para conciliar poesia con su especialidad en ideologias políticas, aunque no se al cual escoger, creo que al poeta.