La perfección del mundo
A ella que no sabe que este poema existe, sinceramente, con mucho dolor.
(Your perfect body and my perfect mind
“Indication” of L. Cohen)
Te vi entrando a tu casa de espaldas
como se entra al mundo desde una ventana,
sin mirarme, tratando de olvidar áspera mi soledad
resbalando por el costado del poniente,
saludé a mi discordia, humillado regresé a juntar mi olvido,
ese poso del anochecer.
Vi tu cuerpo al contorno de la sombra
que aislaba la luna de mis manos,
mientras hablaba a la otra sombra de un aullido,
tratando de mirar el reloj de tu casa, pero ibas de un lado al otro
y mis ojos borrosos no captaban la hora,
era tarde, como decir noche
en el cántaro del ave que entrecruzaba abismos.
Pero estabas libre,
herida de amor por los hombres que seguían tu belleza,
sordos e inútiles como cadáveres abiertos en las nubes.
Te vi entrando a tu casa de espaldas
y yo era el otro,
el fracasado, el loco,
el niño que dormía sosegado
por las desventuras de una tierra,
que borraba las larvas, los dientes
de un león maligno en tu ventana.
Vi tu cuerpo al contorno de la sombra,
tu hermana agitaba sus cabellos de dulce malignidad,
era el esgrima del demonio,
el abrazo de lo sagrado
en un cuerpo siempre ausente para un hombre
lleno de pesadillas reales como la vida en la soledad,
elogiando a lo extraordinario,
como ese quien tira pan al animal de una jaula o bebe
de vez en cuando su cicuta para amanecer con tu recuerdo en el dolor.
Yo sólo te vi entrando a tu casa de espaldas
como se entra a una salida o a la disputa de fecundar a una estrella,
de miseria, de hermano alga, de sol cuajado,
de alba que se bebe como leche de poeta.
No tenías ni un nombre en mi mano
y yo tenía manos sin nombre en tu puerta,
toc, toc, y la cerraste.
Tu hermana hablaba de cosas imperceptibles: fuegos,
miedos, acantilados serenos, cigarrillos, Dios y pianos.
Pero ya es ausente de toda esta vida,
y esa tarde que dije noche y dije luna,
será siempre estampa hundida en el desierto,
tu hermana quedará ahí: eterna de luz,
hablando no sé qué cosa, inventando atrocidades,
y quedarás ahí: eterna, de espaldas;
entrando para no volverme a ver donde nunca me viste,
pero siempre que entres a una casa
serás el arcano de un lobo que cambió de camino,
cada luna de marzo,
pues ahora entre los árboles,
distante al mundo,
a tu casa, el recuerdo se me lanza
como una bandada de animales rabiosos
y no quisiera terminar el poema,
porque cuando un dolor es tan grande
una sola espiga en el cielo se ata a escribir
por los restos de este poema incurable.
Y si me atraviesas por los jardines de la memoria, olvídame,
que yo he aceptado el olvido
como a la única forma de ir menguando el cierzo
que trepa inevitablemente por mi ventana,
y empiezo a recapitular: quizá tu espalda era perfecta,
y esa asimetría era la perfección del mundo,
y tuve que verla para ahora ir entendiendo todo o casi todo,
mientras tu hermana se duerme en mi cama
y tu espalda sigue entrando por esa puerta, perfecta,
aquella noche en que rocé mi mente perfecta con tu espalda perfecta.
Rolando Merayo, poeta y escritor costarricense, 24 años de edad,
para más de su obra visitar : rolandomerayo@blogspot.com.
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