Viernes, 23 de octubre de 2009

SENDEROS

I

Volveré a escuchar tu voz...
a correr por las veredas solitarias,
a correr descalzo donde hay abrojos.
Volveré a estar cerca de tu pecho...
donde se anida la poesía
a caminar sobre el valle
a caminar sobre la montaña sin nombre
Volveré a amarte despacio,
para describir los tropos nuevos de tu sonrisa
a descansar en tus pies
a descansar sobre tu sombra
fundirme una tarde noche con la luz
de la tierra que se agota
en un suspiro del universo...
Volveré a escuchar tu respirar...
a descifrar tus caricias serias,
a descifrar tus gestos antiguos,
abrazarte hasta matar el tiempo
besarte hasta matar el espacio.
Volveré a enamorarme de ti...
a inventar tus primeras palabras amorosas,
a inventar tus primeras caricias
pintaré tus labios de todos los
reflejos para que tu beso
perdure toda la noche

II

Cuanta soledad le robé al mar de la tranquilidad, lo blanco, lo negro, todo era soledad. Hasta la música que se desplazaba a ras del suelo lunar. La soledad que se detiene en la espalda y que estorba, la que no puede escapar fácilmente...
Desde la luna te observo, los niños y niñas duermen en América, los niños y niñas que adoptamos en el Amazonas un verano lluvioso;  sobre tu vientre, que es la tierra, mi cabeza pesada, mi oído recibió el calor de todas las estaciones del año, mi mejilla se acomodó para descifrar las armonías de lo terso, lo terso era una invención tuya cuando naciste joven por vez primera, cuando Adán te acompañó por los bosques de la esperanza, por las veredas de tus sueños.
Soñaste un día que las montañas se cortaban la piel para realizar los primeros caminos, las primeras veredas, los canales que llevarían agua cuando sudaras, tu sudor recorrió el mundo y lo ahogó, el agua creó peses y raíces, agua que alimentó a las raíces de las circunstancias que me hacen recordarte y acariciar esta tranquilidad que se extiende como un mar infinito de soledad...

III

Corrías por la vereda.

Descalza corrías por la orilla del viento, me llegaba tu aroma de atardecer por la ventana, un aroma suave de  primavera y azucenas blancas...
Corrías fuerte, exasperabas a Afrodita porque  hacías sonreír a todas las yerbas mojadas, a los arbustos viejos, a los árboles jóvenes, a la alfalfa jugosa... Corazón ve despacio por la orilla del tiempo, recoge manojitos de flores amarillas y deposítalas en mi llano, cerca de tu paraje, déjalas caer en la tierra húmeda, en el surco anónimo, en los caminos polvorientos para que pueda olvidar tu nombre, olvidar tu sonrisa y tus labios, olvidar tu mirada, olvidar tu nombre, olvidar tu mano y tus dedos, olvidar todo y poder escuchar por mucho tiempo solo los ruidos de los animales abandonados en los campos y de luciérnagas asustadas de soledad.

IV

Dime cuál es la estación del año de este paraje. En estos parajes, dime en qué estación del año nos encontramos...
Recuerdo la canción que nacía del polvo, que nacía de veredas inhóspitas. Te acuerdas de la copla, cuando los pies sangraban porque caminamos a orilla del río. La copla se apodera de todo, hasta de las miradas. Dame tu mano y señala donde están los aserraderos para encontrar la vida muerta, para documentar como despedazan el futuro de nuestros hijos, los que solo se concentran en su provecho, que pedagogía debes enseñar para destruir lo que destruye en esta aula de la vía láctea.
Si parto de tus pies camino hacia occidente, si parto de tu garganta me llevará tu voz al oriente pero si se apaga, tu respirar de rumor de luna me orientará más allá del valle, podré llegar a todas partes muy rápido... Quizá descanse en el lomo de esa montaña azul o en la palma de esa mano que se forma en la cañada. Y cuando por fin llegue a mi casa y ya no existas, una tarde noche te volveré a imaginar, te inventaré como valle y te descubriré paraje donde las palomas blancas escapen,  las lechuzas canten y las estrellas se desvelen.

V

Las hojas se esparcen... se extienden más y más, se levantan y vuelven a caer, en silencio recorren 88 espacios de tiempo blanco y negro, mientras se acomodan en una ráfaga, dan vuelta y caen, las hojas caen más allá de tu sombra, más allá de la sombra de tu árbol; tus manos comienzan a recoger las hojas, empiezas a interpretar la sonata claro de luna. Tus manos serias bailan despacio, tus dedos finos se hunden en las teclas del viejo piano de cola. Te observo, cierras los ojos, te mueves ligeramente cuando aplicas el pedal de resonancia, sonriendo apenas. Hay un viento fresco que llega a mi rostro, el salón espacioso, los techos se sostienen por grandes columnas y éstas reciben la humedad de tu paraje. El viento fresco termina desdoblado los sentimientos, va empujando, arrimando los pensamientos hacia los huertos de la palabra extraviada. La tarde cubre los campos cultivados, deja su esencia de luz, mi brazo se extiende por la vía láctea, abrazo todo el calor que hay en ti, el instante se quiebra por la voz de la noche, por las reverberaciones de silencio de las montañas dormidas. Una armonía se apaga, mi mano se esconde en la noche, mis dedos tiemblan, mi sombra se extingue cuando el claro de luna se esparce en el universo...

 


Tags: josé ramirez

Publicado por gala2 @ 6:58  | POEMAS
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