Mi?rcoles, 06 de mayo de 2009

SOTOCORO
José Ramón Ramírez Peña



Estabas en el sotocoro, tus manos acariciaban el barandal, el cedro dejaba impregnada su alma en las líneas de tu palma, las manchaba de sabor antiguo de raíces y tierra húmeda, un trópico inédito... las cabezas de los clavos detenían tu mano y dejaban rastro de oquedad.Advertías que en la bóveda principal el gris predominaba y se volvía regio en las esquinas; los ángeles se desprendían de los óleos y de sus envolturas de yeso, corrían veloces a intercambiar un poco de aura por olor de incienso, sus alas hacían tanto ruido que espantaban a las palomas cuando éstas se acercaban demasiado al mercado celestial de aromas. Sus fatigas angelicales resbalaban en el dosel.Recuerdo como cayeron tus cabellos sobre tus hombros mientras tus manos los soltaban cerca de las sombras y como las puntas señalaban al piso, la simetría de las baldosas se distorsionaba a pesar de mi parpadeo, percibía composiciones de rombos oscurantistas, cuadrados patrísticos, pentágonos escolásticos, en el espacio las figuras se desdibujaban en trozos de centurias claro oscuras; recuerdo tu mirada concentrada en los relieves góticos de mi rostro.Tu boca se abrió, aspiraste, el suspiro corrió conquistando todo, como un cruzado pasó debajo de las bancas hasta los pedestales de los cirios... mi mirada intentaba sujetarse de tu cuello. Te admiraba, observaba tus ojos como se hacían más claros, nítidos, mientras los cánticos gemebundos trepaban el altar mayor. Las bancas de pino barnizadas detenían una soledad discreta, una soledad santa, casta. Las mujeres eran rezo, sus mantillas modelaban el aire. La piedra enfriaba mis pies 300 años… Mis alas no se extendían porque no había suficiente calor de invierno. Después…Me deslizaba, podía ver tu cabeza, observaba tu cuerpo lleno de luz que contenía una explosión de música barroca, tu vientre preñado de todos los hijos e hijas del universo medieval. El órgano te veía seriamente, vacilante, ansiaba tus manos, tus manos grandes y suaves, tus manos carnosas y sensuales, la piel tersa de tus dedos amorosos.La vida pasaba despacio, mi voz golpeaba las orillas del templo que era el comienzo de la curiosidad, un eco que resplandecía como plata y que se desvanecía con el paso silencioso de los primeros mineros, mi mirada subía por las columnas hasta los marcos de las ventanas embarrados de olvido, no podía tocar las paredes con mis alas porque los santos desesperarían, las palomas revolotearían más nerviosas.Solo vivir un instante para morir diferenciando el silencio de tu aliento…Suavemente te desprendiste del barandal, emprendiste un vuelo al centro del templo, del tiempo posluterano, un rayo de sol iluminó los colores de tu plumaje mientras te alejabas con un coqueteo austero por la entrada principal.


Tags: José Ramón Ramírez P

Publicado por gala2 @ 10:16  | RELATANDO
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