Martes, 10 de febrero de 2009

 

FASCINACION

 

 

            “El Parador se ubica en un edificio del siglo XVIII, que fue convento de la Orden de Santa Clara. El solar se corresponde con el Foro Provincial de la Emerita Augusta romana y sus sótanos conservan restos del Templo de la Concordia de Augusto. Desde entonces el lugar ha sido basílica visigoda, mezquita árabe, parroquia, convento, jardín de antigüedades, sanatorio y finalmente el establecimiento hostelero actual. Tras la restauración de todo el recinto, se inauguró como Parador de Turismo Vía de la Plata el año 1933 para acoger a las personalidades que acudieron a la primera representación del Festival de Teatro Clásico.”  Estos datos los has leído de un modo distraído, después de haber tomado posesión de tu habitación. Y es que todo eso te lo sabes ya de memoria.


           
¡Porque cómo eres...! Ya has terminado la tesis sobre “Mitología romana. Culto religioso en Hispania” y por enésima vez estás aquí en el Parador de Mérida, en su patio, rodeado de columnas, plantas, ¿gentes?... No ves a nadie, tú sigues en Emérita Augusta. ¿Qué buscas?

            Pero, ¡despierta! Estás en el siglo XXI.

“¡Qué belleza cruza el patio! Por detrás, con esa corta túnica blanca, sandalias, ese peinado, es una auténtica roma…”  ¡Espera, estate quieto, no la sigas! ¡Es una visión! Si observas a tu alrededor nadie la mira.  “¿Cómo no se van a fijar en ella si su figura es escultural?”  Pues la ignoran. Pero tú la estás viendo. ¿Qué hace? Gira su perfecta cabeza, mostrando su perfil romano. ¡Se fija en ti! Te mira, sonríe. ¡Te hace una seña! Pero, quieto. Esto es una locura. En su rostro se aprecia entre las cejas una luna, va vestida de… Es Diana.

No puede ser. Hace un rato, cuando pasabas cerca del acueducto, te has quedado ensimismado mirando cómo las cigüeñas se iban recogiendo en sus nidos. Más tarde las has visto erguidas, elegantes, quietas, sobre esas piedras que perduran perfectamente ordenadas a pesar de los siglos. De pronto se ha oído tu voz, diciendo con admiración: “¡Son romanas!” Has atravesado el Arco de Trajano con orgullo de emperador, imaginando haber llegado, a través de la antigua Vía de la Plata, a la populosa Emerita Augusta.  Pero... ¡vuelve a la realidad! Estás en el siglo XXI,  no en el bullicioso Foro repleto de comerciantes y compradores, sino en el Parador que ocupa ese mismo lugar en esta moderna ciudad de Mérida. Su pasado te ha obsesionado de tal manera que te hace venir una y otra vez buscando su historia en cada rincón, en cada piedra. ¿Pero es el conjunto de sus avatares históricos lo que te fascina o una diosa?

Ahí está ella otra vez, asomando su hermosa cabeza desde la esquina. Te busca... ¿Se insinúa con esa sonrisa? Parece que nadie la observa. Tú sí. No vayas, es un sueño.  Ha desaparecido. Se vuelve a asomar. Se esconde. ¿A qué juega?  “¡Diana, Diana!”  No la llames. Te está mirando la gente, cállate. “¡Diana, Diana...!” Esa chica que mira, respondiendo a tu llamada,  ¿se llamará Diana?  Pero no es la “tuya”.

La “figura” ha desaparecido. ¡Siéntate! En el patio la gente continúa charlando, leyendo, algún niño jugueteando. “Ssssss...” ¿Qué oyes? ¿Un siseo...?  Ahí está otra vez, surgiendo entre las plantas. Te llama, quiere que la sigas. Esto es demasiado: observa las ninfas que pululan a tu alrededor como aves que quieren custodiarte en el recorrido que ella dirige... Este corredor lleva a las habitaciones. Ese señor que se ha cruzado contigo, te observa como si fueras flotando, nadie ve a tu compañía, sin embargo tú no sólo la ves, sino que sientes “algo” que te impulsa a seguirla. Es la puerta de tu aposento la que tienes delante de ti.

Tendrás que entrar y recapacitar en la soledad de tu habitación sobre lo que está pasando. ¡Sorpresa! La habitación no está solitaria, algo se palpa en el ambiente. Mira, observa, busca...  Por algún lugar debe estar Diana, pues en el sillón descansan su arco y una flecha. ¿Qué te decía?  ¿Ves? De ese rincón surgen las ninfas que bailan y bailan. El balcón está entornado, el firmamento iluminado con infinidad de estrellas. La luna muy pálida casi sin brillo y... ¡te vuelves a sorprender!, las ninfas van escapando una a una por la rendija que dejan las hojas de la puerta del balcón. Desaparecen. ¿Dónde está ella? “Ssssss...”  La diosa reposa en tu cama. Te llama, la luz de la luna se ha trasladado a su rostro, te está observando. No la mires, no hagas nada, primero aclara tus dudas. ¿Es un sueño? ¿Es una realidad? ¿Sabes qué te digo? Que qué más da. Haz lo que quieras.

No te hagas más preguntas y acude a su llamada. Espera, detente y hazte un interrogante más. Nos va a volver locos esta situación.  ¿Es la Diana mujer ésta que ves? ¿O crees ver a una diosa llamada Diana?  Entonces reflexiona: la cazadora es dura y puede ser vengativa si te considera superior a ella. Rememora lo que le sucedió a Orión, guapo, fuerte y diestro con el arco. Cuando Diana conoció sus cualidades, en un ataque de celos lo mató de un flechazo. Ten cuidado, ten cuidado. Bien es verdad que luego se arrepintió y pidió a su padre Zeus que lo convirtiera en una brillante constelación, luciendo radiante en el cielo. Pero qué tontería te estoy aconsejando... Estás en el año 2008, en Mérida, en una acogedora habitación. Sin embargo quien reposa ahí lánguidamente y  no hace más que mirarte es Diana, ¿pero cuál de todas ellas? 

Ten cuidado al observarla, no la irrites. Aquí se encuentra sola, no se ve la jauría de perros que le suele acompañar por los bosques... Los que destrozaron al cazador Acteón. Lo convirtió en jabalí la diosa, en un arrebato de ira, cuando se sintió observada mientras se bañaba en el lago. Pero ésta con esa mirada no puede ser aquella. Es de noche. Entonces... será la Diana que se pasea por el firmamento y que demuestra su romanticismo. ¿También su pasión? No, no te hagas ilusiones y pienses que ha venido a la tierra por ti. Como sucedió aquella noche en que miró desde el firmamento hacia aquí y se quedó tan impresionada de la belleza del pastor Endimión que se enamoró de él. A partir de ese instante aparecía noche tras noche en el monte Latmos para besarle en la frente mientras dormía.

¿Y por qué no puede ser? No eres perfecto..., aunque sí tienes algún atractivo.  ¿Es la casta Diana? ¿Será casta esta Diana? Te mira de una forma muy insinuante. “Ssssss...” Te llama, su figura se contonea. ¿Es un espejismo?   Acércate, no te quedes con la duda. ¡Te hace sitio a su lado! Alucinas.  No son alucinaciones. Su cuerpo se amolda al tuyo, al reposar junto a ella. Notas el frío de su pecho desnudo. No te detengas ahora, acaríciale. Su cara resplandece al sentir tus caricias, su mirada te está pidiendo más. ¡Siente! ¡Sientes! Su piel desprende calor, sensualidad. ¿Es verdad lo que está sucediendo? Acércate más. Sus ojos se entornan, sus labios se aproximan a los tuyos. Tienes que besarla. ¡Espera! Recuerda cuando bajaba a buscar a Edimión y sus ninfas sospechaban que había dejado de ser casta, por la radiante felicidad que reflejaba su rostro cuando volvía. Porque cada noche desaparecía y tardaba cada vez más en regresar. Las ninfas le dijeron a Zeus lo que pensaban. Estas envidiosas le pusieron furioso con sus cuentos y preparó su venganza porque ¡su hija siempre sería casta! ¿No te dormirá a ti para siempre como hizo con el pastor? Pero… ¡qué más da! Cuando sus labios rocen los tuyos olvídate de todo.   ¡Cómo se me ocurre recordarte estos sucesos en unos momentos tan maravillosos…! Bésale, entrégate. Se entrega.

            Una…, tres…, cuatro…, seis horas más tarde en la habitación  Nº 112 ¡Qué dulces sueños! ¡Qué hermoso despertar, con la luz de los rayos del sol entrando a través de los cristales del balcón…!   Ayer lo dejaste entreabierto y con las cortinas cerradas, ¡ahora están abiertas y el balcón cerrado! No, no mires, estás solo y tú no has sido. ¿Habrá sido Diana? “Diana, Diana, ¿dónde estás? La he sentido toda la noche, entrelazado su cuerpo con el mío. Y de pronto, entre sueños, me noté más ligero y un resplandor sobre mi rostro no me dejaba abrir los ojos. Luego seguí durmiendo, soñando.” ¿Qué buscas? Alguna prueba de tu “sueño”. Ahí tienes la almohada. “Milagrosamente”, ha quedado el hoyo con la forma de su cabeza y su fragancia.

 ¿Has despertado del todo o seguimos soñando? Ya no estoy seguro de nada, creo que ayer comenzaste a soñar nada más entrar en la ciudad. “Si verdaderamente eran sueños, bien que intentabas sacarme de ellos. ¿Por qué no me dejabas en paz? Era feliz.” ¿Soñando? “No fue un sueño” Quiero que seas realista y con qué autoridad puedo aconsejarte, si yo he visto, veo lo que tú.  Dejémonos de disquisiciones y ¡arriba! Que hay que desayunar, visitar el museo…

            Ahora, mientras tomas tranquilamente estas ricas migas, recapacita seriamente. ¿Qué has venido a buscar a Mérida? Ya sé. El pretexto es reafirmar algunos datos para tu tesis ya finalizada. La realidad es otra, vienes empujado por una fascinación. También has llegado huyendo de tu soledad; para refugiarte en tus mitos, en tus piedras. Estas cosas que durante dos años te han hecho compañía, han conseguido que olvides desilusiones.

            Dos horas más tarde, entrada al Museo Nacional de Arte Romano.

            ¡Qué calor, qué cansancio! Claro, te has empeñado en ir primero al Templo de Diana y con estas temperaturas... Después de llegar hasta allí la diosa no estaba. Para ti ha desaparecido de madrugada. Tú esperabas encontrarla en su templo, por eso has ido. Por lo mismo estamos aquí. Mira, mira la primera mujer de la fila para entrar. No estaba guardando turno, se ha colado. Ha pasado sin más y nadie dice nada. ¡Quieto! Ya está bien de juegos, pero... ¿Te parece que es ella? Su silueta, sus ropas... No vayas a correr detrás, vamos a ver el museo. Ahí la tienes, en el mural. ¿Ves? No es real, está plasmada en el mosaico. Sin embargo, ¡qué fascinación sientes por ella! ¡Qué digo! Su mirada se dirige hacia ti, sonríe, te guiña un ojo. Regresa a su estática postura. Mira a tu alrededor. Nadie se ha inmutado, su sonrisa, su guiño te lo ha brindado a ti.

            A tu lado se arrima una mujer joven, casi ni la miras. Ella a ti, sí. Observas de reojo su figura, su mirada, su peinado... ¿A quién te recuerda? Vuélvete con disimulo. La chica te hace un guiño de complicidad, insinuante. Te quedas atónito, ¿será...? Miras otra vez el mosaico, la figura. Percibes otra mirada, ahora ella te sonríe maliciosamente.

 

 

 

 Relato ganador en el “IX CERTAMEN LITERARIO DE RELATOS BREVES”, FEDERACION DE CASAS REGIONALES  (CASA GALICIA) -  SAN SEBASTIAN - DONOSTIA

 

 

 

 

 

 

 


Tags: GUADALUPE SERRANO

Publicado por gala2 @ 3:10  | RELATANDO
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Mi?rcoles, 06 de mayo de 2009 | 23:51
siento como poeta de jerez necesidad de recordar con lupe serrano berrotar?n sus ra?ces y las m?as; vuelvo f?sica y mentalmente a badajoz y hondarribia ahora (en nuestras ra?ces fuenterrab?a). agradecer?a dieran mi nombre a lupe para recordar tiempos idos y esperar pr?ximos. crist?bal es mi nombre y apellido cantos, y aunque no haya estado a su vista s? he estado en los lugares queridos en varias ocasiones. muchos besos a lupe. hemos vivido unas circunstancias curiosas que solo ahora reconocemos.