Mientras los sucios marineros
arrojaban besos a las vírgenes
y el canto de las sirenas era expulsado
por el rumor del mar de sus cabezas,
los labios de la noche
incitaban a un juego peligroso: La huida.
Después de robar una rosa marchita de una tumba,
te la ofrezco y tú plantas un rosal espinoso
alrededor de tu vida.
Y me acercaba a tus espinas merodeando como un lobo,
triste y loco a medias.
El cielo ocupa el mar para todos,
y yo vago perdido por las tabernas como un animal herido,
con una marca de tus dientes en el corazón.
¡Ay diosa mía, en tus ojos de noche me muero,
en tus ojos de noche y caverna!
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