¡Recobrad cuantos entráis toda esperanza!
Y abrid bien después los ojos de muerto bisoño.
Preguntáis por mi nombre: hoy lo lleva una lápida
en sólidas versales de aleación. Y no protesta.
Pues incluso la arenisca, si se trata
de ofrecer un buen plantío para un nombre
amerita más confianza que la carne.
¿Quién sabría decirme cuánto dura un nombre propio?
Lo que dura el propio cuerpo: exactamente.
Pero bien me entenderéis
vosotros que acabáis de abandonarlo: si nacisteis
en la parte soleada del planeta, con un poco de suerte
os quedaron vaciadas en un palmo de zinc
o ahuecadas en el mármol, junto a algún retrato oval
y quizá algún crisantemo
que, en el colmo de la dicha, alguien tira y renueva:
una prórroga piadosa por persona interpuesta
que dura lo que dura la persona. O algo menos, a menudo.
Sin embargo, lo normal, no lo ignoráis,
es que el nombre se os filtre por los poros del suelo
de una fosa común, se calcine en el lecho de algún lago desecado,
arda en piras comunales
o lo avente el simún sobre el campo de batalla.
O se quede para pasto de chacales y buitres,
trituradas sus letras junto al nombre
de los buenos vecinos o los malos vecinos,
junto al nombre de la aldea, de los vuestros,
los que habían de preservar vuestro recuerdo;
junto al polvo
del país, de vuestra raza.
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poema de Juan Carlos Gea, de su libro Occidente, Gijón, Trea, 2008. (portal de poesía)
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