EL OLOR DE LA LLUVIA
Pocas veces he acariciado con mis manos
las pestañas de hierba recién heridas.
Nunca me preocupó la tristeza
de sus compañeras cercenadas,
pero aún con vida en el prado.
Aquel día rendí mis ojos.
Mis dedos, enfocados en ellas,
levantaron sus cuerpos acuchillados,
me miraron indiferentes,
y perfumaron mi savia
para siempre.
En su talle segado,
el olor de la lluvia.
La música de gaitas,
celta de origen,
se adhirió a mí
para siempre.
Pocas veces he acariciado con mis manos
un cabello recién lavado.
Nunca me cautivó tanto
el brillo caoba de tu mirada,
al contraluz del vapor de tu pelo.
Aquel día abrí mi memoria
enroscada en tu tropical sonrisa
y viajé un mundo de oleaje tibio
para descubrir eterno
el olor de la lluvia.
La música de gaitas,
celtas de destino,
abrazó mi pasión
para siempre.
Pocas veces he acariciado con mis manos
una piel recién amada.
Nunca me hechizó tanto el calor rojo
de tu hermosura,
tendido en el almidón del amor.
Aquel día el río azul de mi vida
se aposentó en un universo blanco
salpicado de estrellas brujas
para siempre.
En su infinito,
el olor de la lluvia.
La música de gaitas,
celtas de camino,
encendió mi ilusión
para siempre.
Pocas veces he acariciado con mis manos
la seda de tus labios.
Nunca me hipnotizó tanto el terciopelo
de su expresión,
la sonrisa de placer
bajo la llama de una vela perfumada.
Aquel día me empapó
para siempre
la música de gaitas,
celtas de amor.
Aquel día escuché
para siempre
el olor de la lluvia
en mí.
N i e b l a
Hubo niebla en el cielo ayer.
Espesa, cárdena. Pespunte
de harapos abatido.
Cuelga de los rugosos farallones
y patina entre la costra de los árboles,
encogiendo la savia hasta cristalizarla.
Hizo frío, aún se nota,
cuando los cantos rodados
tañen en los riachuelos.
Hay niebla en la autopista hoy.
Penetrante, gris. Un manto
de oscuridad bordado.
Enfunda el asfalto en la hora de la luna
y expande la distancia entre los peajes,
confundiendo los destinos hasta negarlos.
Hace frío, aún se nota,
cuando los laberintos
se evaporan en dilemas.
Hay niebla en el mar esta tarde.
Húmeda, añil. Salazón
de la piel extirpado.
Baña las costas solitarias de nadie
y desorienta los barcos en el crepúsculo,
alineando en los horizontes estatuas sin voz.
Hace frío, aún se nota,
cuando las quimeras
se dispersan en el tártaro.
Hay niebla ,aún, esta noche.
Fría, ambarina. Espectro
de aristas lacerado.
Dibujas el escalofrío que de la nada vino
e indiferente escapas
dejando, tras de ti, la yerma estatua de la soledad.
Sigue el frío en el ocaso,
cuando todo parece sin sentido hoy.
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