Jueves, 06 de noviembre de 2008

 

Cuento 27 - El sindrome triste
2008 ----- Buenos Aires (Argentina)
Certamen Internacional
– Antología --
”XVIII Certamen Internacional de Poesía y Narrativa”
'Editorial Los Cuatro Vientos'

 

No se la fecha exacta de aquellos acontecimientos aunque ya había cumplido mis 15 años en agosto, ahora con la distancia en el espacio y en el tiempo comprendo que fue el inicio de la culminación de todas mis tristezas en esa tierra de Dios.
Aun así puedo afirma con toda convicción que fue en primavera, pues eran días levemente calidos que servían de manto piadoso a la vegetación castigada por el riguroso invierno que asoló la región. Allí quedaron como mudos testigos las hierbas formando una triste alfombra de hojas muertas. Pero aun así debieron ser los primeros días de octubre, ya que emergían por doquier los primeros brotes que salpican el paisaje gris con botones cetrinos y verdes en todos sus tonos y matices.
El Riacho seccionaba el lote en forma oblicua, aun no era tiempo de crecida ya que parecía una estrecha lágrima sinuosa en el lecho lodoso, separaba nuestra casa de la de la abuela a la que se podía acceder por el puente que estaba más allá de la curva.
Para llegar allí teníamos que pasar cerca de las cruces del pequeño y antiguo cementerio que enclavado en una esquina de la chacra dominaba todo el paisaje. Este lugar por razones que nunca pude dilucidar me producía escozor a tal punto que tenia que cruzar cantando para mitigar mi miedo, por este motivo y porque consideraba que era un camino extenso cuando podía cruzaba otra forma menos ortodoxa y más acorde a mi carácter osado. Cuando se podía prefería tomas un atajo cruzando a trabes de los embalsados. Estos grupos de pastos enmarañados que solían flotar a la deriva estaban estancados en las orillas a causa de la poco agua y de las totoras que impedían sus libres derroteros y a los que llegaba pisando algunos trozos de ramas que había dejado allí formando un precario puentecillo sobre el suelo cenagoso, con cautela aplastaba los mazos de esa vegetación acuática con el pie a la vez que aguantaba la respiración con el afán de ser lo mas liviano posible y tras varios pasos largos ganaba la otra orilla triunfante, sin haberme mojado!
Esta danza sobre el agua y las hierbas podía ser admirada como la plausible obra de un equilibrista pero para mi solo representaba el arribo con prontitud a esa casa que era un autentico valuarte. Mientras marchaba silbando con la compañía atenta de Chiquito, ambos con el beneplácito que nos ofrecía la ausencia de mosquitos, los cuales en los próximos días nos acosarían con sus piquetes y ese zumbido que hería todos los silencios.
Nuestra chacra aunque solo tenía tres hectáreas estaba bien aprovechada. Sembrábamos para nuestro consumo y se vendía el sobrante de lo cultivado como maní, zapallo, mandioca, batatas, maíz en sus tres variedades más comunes y demás productos. La extracción del agua se hacia de un pozo aledaño al río, un rustico antepecho en cercanía a la boca hacia de un confiable brocal protector de posibles accidentes. Desde febrero a junio con el algodón obteníamos suficiente efectivo para comprar nuestras ropas y elementos diversos para el hogar. Y en todo tiempo cuidábamos las aves de corral y los cerdos.
Soy el único hijo de su primer matrimonio ya disuelto, tenia además otros hermanos y una hermanita de solo un año. Todo lo acontecido posteriormente no fue un hecho aislado y cuando recuerdo esos momentos tristes me produce la misma angustia y zozobra de aquellos años.
Ya en muchas oportunidades nuestra madre había demostrado su total falta de criterio para definir un acto de descuido como aquel, en que la pequeña había roto su mamadera mientras nosotros jugábamos.
Cuando encontré al pie de la cuna los vidrios dispersos me invadió el pánico, sabia que al llegar mi madre recibiría de ella un feroz castigo. Los junte y coloque en su camino al baño para que los viera y así pretendí mitigar su furia, pero ella sin medir palabras corto una rama de un arbusto y se me acerco con la clara intención de azotarme. Muchas veces había sido golpeado de manera impiadosa y en recuerdo a esos momentos huí despavorido hacia el monte intrincado y conmigo se fue la claridad del día. Una hora después cobijado por la sobra de la noche observaba a casa desde un árbol distante. Sabia que no podía quedarme indefinidamente allí y de volver el castigo seria mas cruento, así que fui a pedir asilo a mi abuelita que prontamente me cobijo en su hogar y prometió abogar en mi favor.
Una hora después llego mi madre despotricando y la suya la puso en su lugar a base de amenazas por sus acciones para conmigo. Volvimos juntos y durante todo el trayecto fue prometiéndome los más delirantes y crueles castigos que se podía imaginar y que yo sabía que no eran meras amenazas, me salve ese día porque al llegar estaba mi padrastro que en muchas oportunidades se porto como un rufián y como el se había ausentado por varios días tenia mas que explicar que yo. Luego de un áspero intercambio de palabras ella comenzó una nueva discusión y se olvido de mí. La violencia entre ambos fue creciendo y cuando la discusión llego a su punto mas desenfrenado el término el pleito a los golpes como era su costumbre, mientras yo lloraba amargamente atrás de la casa en la soledad cobijado por la oscuridad más absoluta.
Siempre que veo mi madre quedo perplejo recordando su temperamento, no puedo precisar en que momento de su vida perdió la risa feliz que nace de los acontecimientos cotidianos, la charla amena y el trato cordial con sus hijos, la recuerdo con ese humor parco con todos y aunque quizás para ella no fuera así, la sentía particularmente carente de afectos y sobrante de severos castigo, cualquier motivo esgrimía como justificado para asirse de un trozo de madera o cualquier elemento que hallare y golearme con saña sin medir palabras ni las consecuencias que quedarían marcadas en mi cuerpo a causa de su agresión rayana en la demencia.
Siempre planificaba poner varios kilómetros de distancia entre nosotros, uno de esos día que fui al pueblo aproveche para pedirle a mi joven tío albergue transitorio en su pequeña morada a lo que el aceptó con prontitud y alegría.
Caía la tarde con la lenta parcimonia campestre cuando asegure la valija al portaequipaje de mi bicicleta. Antes de retirarme avise a mi madre la decisión y ella ni se inmuto al oírla.
Me sentía encarnecido nuevamente por la ausencia de buenos augurios y con avidez pedaleé hacia el fin del lote tratando de eludir las ofensas que seguramente estaría pensando de mi y de saberlas me harían sentir mas aborrecido de lo que ya estaba. Luego de franquear la tranquera pase junto a la escuelita. Antes de proseguir mi viaje mire hacia la casa que fuera mi hogar, luego me conduje por el sendero visiblemente feliz y conforme de haber roto mis cadenas con incertidumbre comencé a cantar ya no para alejar el miedo sino como pregón de esperanza. Aunque el trayecto era largo la dicha me invadió y llore de júbilo por saberme un hombre aun con mis pocos años y aunque era bisoño en muchas labores poseía el estoico anhelo de aprender.
En cuanto a mi padrastro puedo decir que muchas veces me aconsejo bien aunque la mayoría de ellas me confundió con su comportamiento caótico hasta que un día me golpeo con brutalidad y supe definitivamente que no debía confiar. Aun cuanto a todas esas malas experiencia marcaron mi vida, nunca odie a mi madre y años después cuando tuve la oportunidad la traje a vivir conmigo en la cuidad donde aun permanece en una nueva casa que ella hizo construir en el mismo lote.
Concluyo el relato, estoy recostado en el sillón mirando por la ventana como el viento sacude los árboles situados a ambas márgenes de las aceras. En la calle desierta por la sensación térmica, un grupo de niños felices patean una pelota de cuero desgastada y ríen alegremente de las bromas que se gastan unos a otros. Mi amigo esta a mi derecha con comodidad en una vieja silla tapizada. En la penumbra de mi habitación me observa en silencio pues he terminado de relatar un trozo de mi niñez y ha quedado apesadumbrado por la intensidad de mi elocuencia. De pronto con calma me dice
– Esto que me has narrado fácilmente se puede catalogar como Síndrome de Estocolmo y aunque te parezca común en muchos hogares, no deja de ser una situación crítica y abrumadora, ni menos dramática.
Debió haber visto en mi expresión que no comprendía esa categorización de mis vivencias y sin hacerse esperar comenzó a explicarme ayudándose con ejemplos clarificadores, mientras me acomode a disfrutar de otra tertulia amena en su compañía.-FIN


 

ROBERTO ATTIAS

de Fontana-Chaco-Argentina

www.robertoattias.galeon.com

 


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Publicado por gala2 @ 6:47  | RELATANDO
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