Se desplomó entre mis brazos. No podía sostenerlo. Pesaba incomprensiblemente como un náufrago que arrastra la marea a los acantilados. Recompuse como pude su camisa y anudé a medias su corbata. Lo senté en el sillón, frente a la mesa escritorio y procuré colocarlo en la postura más natural posible, como si la muerte lo hubiera sorprendido de un modo dulce, muy dulce: escribiendo su último poema. Sería una muerte muy literaria en una escenografía encubridora.
Es un fragmento de la novela Cómo matar a un poeta, de Manuel Jurado López, XII Premio Ciudad de Jetafe, Madrid, Edaf, 2008.
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