Mi?rcoles, 24 de septiembre de 2008

      A EUGENIO

        /En cualquier elemento el hombre
        es tirano, prisionero o traidor...
                                             A. Pushkin/

        Yo estuve en México, escalé las pirámides
        impecables moles geométricas
        desparramadas por el istmo de Tehuantepec.
        Quiero creer que las hicieron visitantes del cosmos
        pues estas obras suelen edificarlas los esclavos
        y el istm0 está cubierto de hongos pétreos.

        Los ídolos de arcilla son tan fáciles
        de falsificar que propician rumores.
        Bajorrelieves varios, con cuerpos de serpientes
        y el alfabeto indescifrable de una lengua
        que ignoró siempre la conjunción /o/.
        їQué contarían si empezaran a hablar?

        Nada. En el mejor de los casos, las victorias
        sobre tribus vecinas y cabezas partidas.
        Que la sangre del hombre vertida en el altar
        del Dios del Sol le fortalece un mъsculo.
        Que el sacrificio nocturno de ocho jóvenes fuertes
        garantiza el alba con mayor seguridad que un despertador.

        De cualquier modo es preferible la sífilis o las fauces
        mortíferas de aquellos unicornios de Cortés, al sacrificio.
        Si te toca en suerte alimentar con tus ojos a los cuervos
        es preferible que el asesino sea asesino y no un astrónomo.
        En general, sin esos espaсoles es muy poco probable
        que hubiesen llegado a tener la certeza
        de que alguna cosa les había pasado.

        Es aburrido vivir, querido Eugenio. Dondequiera que vas
        la estupidez y la crueldad te siguen.
        Me da pereza encerrar eso en versos.
        Como dijo el poeta: «En cualquier elemento...».
        ЎQué lejos vio desde sus marismas natales!
        Yo agregaría: en cualquier latitud.

        /1975/

        /De "No vendrá el diluvio tras nosotros" (Antología 1960-1996)
        Versión de Ricardo San Vicente/

        

        

        AMICUM-PHILOSOPHUM DE MELANCHOLIA, MANIA ET PLICA POLONICA

        /(«Al amigo-filósofo, de la manía, de la melancolía y de la plica
        polaca»: título de un tratado del siglo XVIII que se conserva en la
        biblioteca de la Universidad de Vilnius. [Nota del autor.])/

        Insomnio. Un trozo de mujer. Un vidrio
        repleto de reptiles que se abalanzan hacia afuera.
        La locura del día se desliza del cerebelo
        al cogote donde ha formado un charco.
        En cuanto te meneas, el interior percibe
        como en este lodo helado alguien
        sumerge una pluma fina
        y lentamente traza «maldición»
        con letra que se tuerce en cada curva.
        El trozo de mujer con crema
        suelta al oído palabras largas
        como una mano en mugrientas greсas.
        Y tъ en las sombras estás solo, sobre la sábana
        denudo, como un signo zodiacal.

        /1971/

        /De "No vendrá el diluvio tras nosotros" (Antología 1960-1996)
        Versión de Ricardo San Vicente/

        

        

        CANCIóN DE AMOR

        Si te estuvieras ahogando, acudiría a salvarte,
                  a taparte con mi manta y a ofrecerte té caliente.
        Si yo fuera comisario, te arrestaría y te
                  encerraría en una celda con la llave echada.

        Si fueras un pájaro, grabaría un disco
                  y escucharía toda la noche tu trino agudo.
        Si yo fuera sargento, tъ serías mi recluta
                  y, chico, te aseguro que te encantaría la instrucción.

        Si fueras china, aprendería tu idioma, quemaría
                  mucho incienso, llevaría tu ropa rara.
        Si fueras un espejo, asaltaría el baсo de las seсoras,
                  te daría mi lápiz rojo de labios y te soplaría la nariz.

        Si te gustaran los volcanes, yo sería lava
                  en constante erupción desde mi oculto origen.
        Y si fueras mi esposa, yo sería tu amante,
                  porque la Iglesia está firmemente en contra del divorcio.

        /Versión de Alejandro Valero/
             
        


        


        CARTA A UN AMIGO ROMANO

        /(De Marcial)/

        Sopla el viento hoy, las olas se encaraman.
             Se acerca el otoсo y trocará toda la vista.
        Y, Póstumo, este mudar de tonos te llega más al alma
             que ver cómo se cambia de vestido la amiga.

        De una doncella gozas hasta un punto cierro,
             que no supera el codo, la rodilla.
        Cuánta más dicha en la belleza ajena al cuerpo:
             a salvo del abrazo, la perfidia.

        *

        Te mando Póstumo, estos escritos.
             їY en la capital? їLa cama te hacen blanda, o te resulta dura?
        їQué es del César? їSigue aъn con sus intrigas?
             Con ellas sigue, imagino, y con su gula.

        Me encuentro en mi jardín, arde una tea.
             Sin una amiga, sin siervos, sin afectos.
        Y en lugar de los pequeсos y grandes de la tierra,
             suena en concierto un zumbar de insectos.

        *

        Aquí yace un mercader de Asia. El mercader valía;
             era hábil, aunque fuera discreto.
        Murió deprisa: de unas fiebres. A hacer negocio había venido
             y no, ciertamente, a acabar en esto.

        Junto a él yace un legionario bajo un cuarzo grueso.
             Dio gloria al Imperio en la batalla.
        ЎPudo caer tantas veces! Pero murió de viejo.
             Tampoco aquí, mi Póstumo, hay norma que valga.

        *

        Tal vez una gallina, en verdad, no llegue a ave,
             mas hasta con su seso te lloverán los palos.
        Si por fortuna en tierras del Imperio naces,
             mejor que vivas junto al mar, en un rincón lejano.

        Lejos del César, de fieros nubarrones,
             de la adulación, el miedo, la premura.
        їQue todos sus gobernadores, dices, son ladrones?
             Mejor quien roba que el que tortura.

        *

        Acepto esperar contigo que pase el aguacero,
             hetera, pero sin regateos de mercado:
        cobrar de quien te está cubriendo el cuerpo
             es como reclamar las tejas a un tejado.

        їTengo goteras, dices? Mas їy la prueba del delito?
             No he dejado charco alguno en mi vida.
        Verás, el día en que encuentres un marido,
             como te dejará las sábanas perdidas.

        *

        Ya ves, ya hemos recorrido media vida.
             Como me dijo un viejo esclavo en la taberna:
        «Mirando alrededor tan sólo vemos ruinas».
             Dura opinión, lo reconozco, pero cierta.

        Estuve en las montaсas. Un ramo aderezo con las flores.
             Un jarro he de hallar, llenarlo de agua fresca...
        їPor Libia cómo va, mi Póstumo, o dónde te encuentres?
             їSerá posible que aъn siga la guerra?

        *
        їRecuerdas, Póstumo, la hermana que el gobernador tenía?
             Aquella delgadita, pero de gruesas ancas.
        Llegaste a dormir con ella... Ahora es sacerdotisa.
             Sacerdotisa, Póstumo, y con los dioses habla.

        Ven, tomaremos vino, de pan acompaсado.
             O con ciruelas. Me contarás las nuevas.
        Te pondré el lecho en el jardín, bajo el cielo despejado
             y te diré cómo se llaman las estrellas.

        *

        Mi Póstumo, pronto tu amigo, amante de las sumas,
             su vieja deuda pagará a tanta resta.
        Encontrarás dinero bajo el cojín de plumas;
             para el entierro al menos basta, me parece.

        Ve en tu yegua negra donde las heteras viven,
              allá, donde la villa alcanza la muralla.
        Y págales lo mismo que por su arte piden,
             para que por suma igual lloren mi marcha.

        *

        El verde del laurel que el temblor alcanza.
             De par en par la puerta y polvo en la rejilla.
        La silla, abandonada, vacía la estancia.
             Y una tela que bebe el sol del mediodía.

        El Ponto ronca sordo tras los pinos negros.
             Combate con el viento un buque junto al cabo.
        En un reseco banco se sienta Plinio el Viejo.
             Murmura quedo un mirlo en un ciprés crespado.

        /Marzo de 1972/

        /De "No vendrá el diluvio tras nosotros" (Antología 1960-1996)
        Versión de Ricardo San Vicente/

        

        

        DIVERTIMENTO MEXICANO

        /A Octavio Paz

        Cuernavaca/

        En el jardín donde M., un /protegé/ francés
        mantuvo a una beldad de espesa sangre indígena
        hoy canta un hombre venido de muy lejos.
        En el jardín tupido como un trazo cirílico
        un mirlo nos recuerda al ceсo cejijunto.
        El aire de la noche suena como cristal.

        El cristal ya está roto, notémoslo de paso.
        Aquí Maximiliano fue emperador tres aсos.
        Introdujo el cristal, la champaсa, los bailes
        y todas esas cosas que adornan la existencia.
        Pero la infantería de los republicanos
        lo fusiló después. Dolorosos graznidos

        llegan del denso azul.
        Los campesinos sacuden sus perales.
        Tres patos blancos nadan en el estanque.
        El oído percibe en la hojarasca
        la jerga de las almas que conversan
        en un infierno densamente poblado.

        *

        Omitamos las palmas. Destaquemos el sauce.
        Imaginemos que M. deja a un lado la pluma,
        se despoja, sereno, de su bata de seda
        y se pregunta lo que hará su hermano
        Francisco José (también emperador),
        mientras silba, quejoso, /Mi marmota./

        «Saludos desde México. Mi esposa
        enloqueció en París. En las afueras
        de palacio oigo tiros, crepitan las llamas.
        La capital, querido hermano, está rodeada
        y mi marmota, fiel, permanece conmigo.
        El revólver, de moda, ha vencido al arado.

        Qué otra cosa decirte, la caliza terciaria
        es famosa por ser un suelo hostil.
        Agreguémosle a esto el calor tropical
        donde los disparos son la ventilación.
        Se resienten mis pobres pulmones y riсones,
        sudo tanto estos días que se me cae la piel.

        Como si fuera poco, se me antoja largarme,
        extraсo demasiado nuestros tugurios patrios.
        Envíame almanaques y libros de poemas.
        Todo parece indicar que ya di con la tumba
        en donde una marmota será mi compaсía.
        Mi mestiza te manda los debidos saludos.»

        *

        Julio llega a su fin y se oculta en la lluvia
        como un conversador entre sus pensamientos,
        lo cual, por supuesto, nada afecta a un país
        con mucho más pasado que futuro.
        Una guitarra gime. Las calles tienen lodo.
        Un paseante se hunde en un velo amarillo.

        Incluido el estanque, todo se ha enyerbado.
        Alrededor pululan culebras y lagartos.
        En las ramas hay pájaros con nidos y sin ellos.
        Todas las dinastías declinan por la cifra
        tan grande de herederos y la falta de tronos.
        El bosque nos invade como las elecciones.

        M. no reconocería el lugar. No hay bustos
        en los nichos, los pórticos están desvencijados,
        los muros desdentados muerden la ladera.
        Puedes saciar la vista, mas no los pensamientos.
        El parque y el jardín se convierten en selva.
        De los labios se escapa una palabra: "Cáncer».

        /1975/

        /De "No vendrá el diluvio tras nosotros" (Antología 1960-1996)
        //Versión de Ricardo San Vicente/

        

        

        EL BUSTO DE TIBERIO

        Yo te saludo, pasados dos mil aсos.
        También tъ fuiste marido de una puta.
        Es algo que tenemos en comъn. Por lo demás,
        en torno a ti está tu urbe. Estruendo, coches,
        chusma con jeringas en hъmedos portales,
        ruinas. Yo, un viajero del montón,
        saludo ahora tu busto polvoriento
        en la desierta galería. Ah, Tiberio,
        aquí no alcanzas ni los treinta. Del rostro
        mana la confianza de quien domina el mъsculo
        más que el futuro de su suma. Y la cabeza,
        que el escultor cortara en vida,
        muestra en esencia el augurio del poder.
        Todo lo que queda bajo el mentón es Roma:
        provincias, cohortes y también rentistas,
        más un sinfín de infantes que besan tu aguijón
        -placer en clave de la loba
        que alimenta a los críos Remo
        y Rómulo-.(ЎLos mismos labios!,
        musitando, dulces, inconexos
        entre los pliegues de la toga. ) A fin de cuentas:
        un busto en seсal de independencia entre cuerpo y cerebro.
        De hecho, incluido el del Imperio.
        De dibujar tъ mismo tu retrato,
        sería todo él circunvoluciones.

        Aquí no alcanzas ni los treinta. Nada
        en ti detiene la mirada.
        Ni, a su vez, tu firme observar
        está dispuesto a detenerse en algo:
        ni en rostro alguno ni en un
        paisaje clásico. ЎAh, Tiberio!
        ЎQué más te da lo que rezonguen
        Tácito o Suetonio en busca de las causas
        que te hicieron cruel! No hay causas en el mundo,
        tan sólo efectos. Los hombres son sus víctimas.
        Y sobre todo en las mazmorras donde todos confiesan;
        no en vano confesar bajo tortura,
        como las confidencias del niсo,
        se torna monocorde. Lo mejor es
        no tener nada que ver con la verdad.
        Por lo demás, ésta no eleva. A nadie.
        Menos aъn al César. Al menos,
        tъ apareces más capaz de ahogarte
        en tu baсo que por una gran idea.
        Y en general, їser cruel no es acaso
        precipitar tan sólo el comъn destino
        de toda cosa, o la caída libre
        de un cuerpo simple en el vacío? En él
        siempre acabas en el momento de caer.
        No vendrá el diluvio tras nosotros

        Enero. Un aluvión de nubes
        sobre la invernal ciudad a modo de mármol sobrante.
        El Tíber, que huye de la realidad.
        Las fuentes, que echan agua hacia el lugar
        de donde nadie mira, ni cómo quien no ve,
        ni entornando la mirada. ЎEs otro tiempo!
        Y no hay modo de atrapar al lobo
        enloquecido. ЎAh, Tiberio!
        їQuiénes somos nosotros para ser tus jueces?
        Has sido un monstruo, mas fiera impasible.
        Pues la naturaleza, cuando crea sus monstruos
        -las víctimas jamás-, los plasma, no obstante,
        a semejanza suya. Más nos vale mil veces
        -si escoger nos es dado-
        que venga a destruirnos un engendro del infierno
        antes que un neurasténico. Con treinta sin cumplir,
        el rostro hecho en piedra, cara rocosa,
        creada para dos milenios,
        te asemejas a un instrumento natural
        de exterminio, y en nada a un esclavo
        de pasión humana alguna, o a un forjador de ideas
        y demás. Y defenderte de las invenciones
        es como proteger al árbol de sus hojas,
        con su complejo de que ellas son, entre susurros
        inconexos pero claros, mayoría.
        En la desierta galería. En mediodía gris.
        El ventanal tiznado con las luces del invierno.
        El ruido de la calle. Ajeno por completo
        a la textura del espacio, el busto...
        ЎNo puede ser que no me oigas!
        Pues yo también huí, sin mirar hacia atrás,
        de todo lo que me había sucedido; me convertí en isla
        con sus ruinas, sus cigьeсas. También me esculpí
        el rostro por medio de un candil.
        A mano. Y lo que llegase a decir,
        lo que haya dicho, a nadie le interesa,
        y no en su momento, sino hoy mismo.
        їNo es esto también un modo de acelerar
        la historia? їNo es un intento -logrado por desdicha-
        de colocarse el efecto delante de la causa?
        Y además, también en el total vacío,
        lo cual no garantiza un gran aplauso.
        їArrepentirse? їRehacer tu suerte?
        їJugar, como se dice, con otra baraja?
        Pero, їvale la pena acaso? La lluvia radiactiva
        nos cubrirá no mucho peor que tu historiador.
        їY quién vendrá a maldecirnos? їUna estrella?
        їLa luna? їUna termita enloquecida por
        las incontables mutaciones, de tronco fofo, eterna?
        Todo es posible. Pero, cuando, como un objeto duro,
        se tope con nosotros, ella también, tal vez,
        algo turbada, detendrá la excavación.

        «Un busto -exclamará en el lenguaje de las ruinas,
        del mъsculo abreviado-, un busto, un busto.»

        /1985/

        /De "No vendrá el diluvio tras nosotros" (Antología 1960-1996)
        Versión de Ricardo San Vicente/

        

        

        EL EXPLORADOR POLAR

        Todos los perros devorados. En el diario
        no queda una hoja en blanco. La foto de la esposa
        se cubre de palabras a modo de rosario,
        clavado en su mejilla el lunar de una fecha dudosa.
        Le sigue la foto de la hermana. Tampoco la respeta:
        Ўse trata de la latitud alcanzada! Y, cada vez
        más negra, por la cadera trepa la gangrena
        como la media de una corista de varietés.

        /22 de julio de 1978/

        /De "No vendrá el diluvio tras nosotros" (Antología 1960-1996)
        Versión de Ricardo San Vicent
        

        

        EL NUEVO JULES VERNE

        3. Conversación en el salón de pasajeros

        «El archiduque? Un monstruo, sin duda! Aunque, si bien lo
        miras,
        es imposible negarle al hombre cierta virtud...»
        «Los esclavos critican al seсor. Y los seсores, la esclavitud.»
        «ЎQué círculo vicioso!» «ЎNo, más bien un salvavidas!»
        «ЎEspléndido jerez!» «Toda la noche sin poder dormir.
        Qué sol más horroroso. Me ha quemado los hombros, el bandido.»
        «ї... y si se ha abierto una vía de agua? Como he leído, puede
        ocurrir.
        ЎFigъrese que se ha abierto una vía y empezamos a hundirnos!»

        «їHa naufragado alguna vez, teniente?» «Nunca. Pero me mordió
        un tiburón.»
        «їSí? Qué curioso... Pero, imagínese que empieza a entrar
        agua... Y figъrese que...»
        «Quién sabe, tal vez el trance obligue a asomarse a la cubierta
        a la del I 2-B.»
        «їQuién es?» «Viaja en el barco a Curaзao, es hija del gobernador.»

        * * *

        4. Conversaciones sobre cubierta

        « Yo, profesor, también de joven tenía el ideal
        de descubrir alguna isla, no sé, algъn bacilo, una fiera...»
        «їY qué se lo impidió?» «Es que la ciencia me supera.
        Y luego además, esto, lo otro.» «їPerdón?» «ЎAaah... el vil metal.»

        «Porque, Ўїqué es el hombre?! ЎNo más que un mosquito, la verdad!»
        «Y dígame, /monsieur/, їen Rusia qué, resulta que hasta tienen
        goma?»
        «ЎVoldemar, estése quieto! ЎMe ha mordido, Voldemar!
        No olvide que si yo...» «/Cousine/, їverdad que me perdona?»

        «Oye, chaval.» «їQué hay?» «їQué será eso, lejos? їVes?»
        «їDónde?» «Allí, a la derecha.» «No veo.» «Ah, diría...
        Parece una ballena. їNo tiene nada para envolver?» «No, sólo
        el diario del día...
        ЎPero si crece! ЎMira!... Es inmens...»

        /1976/

        /De "No vendrá el diluvio tras nosotros" (Antología 1960-1996)
        Versión de Ricardo San Vicente/

        

        

        EN LA REGIóN DE LOS LAGOS

        En aquel tiempo, en el país de los dentistas,
        -sus hijas mandaban a Londres los pedidos,
        sus tenazas izaban bien sujeta en bandera
        una muela del juicio que no tenía dueсo-,
        yo, ocultas en la boca unas ruinas
        más limpias que lo estaba el Partenón,
        espía, bandolero, quintacolumnista
        de una podrida civilización -de hecho
        profesor de bellas letras-, vivía
        en un college junto al principal
        de los Grandes Lagos, adonde
        me habían llamado a emplear el potro
        con los adolescentes del lugar.

        Todo lo que escribía en aquella época,
        se reducía sin remedio a puntos suspensivos.
        Aterrizaba en la cama con lo puesto.
        Y si me daba por examinar el techo,
        de noche, en busca de una estrella,
        ella caía, acorde con la ley del fuego,
        por la cara a la almohada sin dar tiempo
        a que yo formulara siquiera un deseo.
        /
        1972

        De "No vendrá el diluvio tras nosotros" (Antología 1960-1996)
        //Versión de Ricardo San Vicente/

        

        

        ME HAN CULPADO DE TODO...

        Me han culpado de todo, salvo del tiempo,
        yo mismo me he solido amenazar con un duro rescate.
        Mas pronto me arrancaré, como se dice, los galones,
        y me convertiré en una simple estrella.

        Y brillaré en el adiós como un teniente de los cielos,
        cuando oiga el trueno, me ocultaré entre la nube
        sin ver cómo la tropa, bajo el empuje de los saldos,
        huye bajo el acoso de la pluma.

        Cuando alrededor ya no hay lo que una vez estuvo
        no importa si es un /blitz/ o si os cogen prisionero.
        Así el escolar, al ver en sueсos el tintero,
        mejor dispuesto está a multiplicar que tabla alguna.

        Y si, por la velocidad con que va la luz, no esperas premio,
        al menos el blindaje del comъn no ser
        valore tal vez los intentos de mudarlo en cedazo
        y por la brecha que abrí me dé las gracias.

        /1994/

        /De "No vendrá el diluvio tras nosotros" (Antología 1960-1996)
        Versión de Ricardo San Vicente/

        

        

        MI VERSO MUDO, MI CALLADO VERSO...

        Mi verso mudo, mi callado verso
        pero aciago -mal le pesen las riendas-,
        їa dónde de este yugo iremos a quejamos
        y a quién decir la vida que llevamos?
        Por mucho que, pasadas ya las doce, buscando
        detrás de la cortina, con cerillas, el ojo de la luna,
        expulses de los restos de tu mueca opaca
        con la mano, en la mesa, de la locura el polvo.
        Por mucho que embadurnes este engrudo escrito
        más denso que la miel, їcon quién quebrar
        en la rodilla, o en el codo al menos,
        una vez más, el trozo ya cortado, mi callado verso?

        /De "Parte de la oración" 1975 - 1976
        Versión de Ricardo San Vicente/

        

        

        MЪSICA SUECA

                                                 /K.J./

        Cuando la nieve cubre el mar y el crujir del pino
        deja en el aire más honda huella que el trineo,
        їa qué azul pueden llegar los ojos?, їa qué silencio
        puede caer la voz desamparada?
        Perdido de vista, ignorado, el mundo exterior
        ajusta cuentas con la cara, como con un rehén de Mameluco.
        ...así en el fondo del océano fosforescea el calamar,
        así el silencio se embebe de la entera rapidez del sonido,
        así ya basta una cerilla para poner el fogón al rojo,
        así, tras el latir del corazón, el reloj de pared,
        al detenerse en éste, seguirá andando en el otro
        extremo de la mar.

        /1978/

        /De "No vendrá el diluvio tras nosotros" (Antología 1960-1996)
        Versión de Ricardo San Vicente/

        

        

        NO HAY SóLO ANDAR, TAMBIéN SILENCIO, EN TU RELOJ...

        No hay sólo andar, también silencio, en tu reloj,
        que además ignora el caminar en círculo.
        Así en su caja hay gato y hay ratón,
        nacidos, se diría, el uno para el otro.
        Tiemblan, escarban, yerran en qué día están,
        mas sus roer, enredos y trajín constantes
        apenas se aprecian en un hogar del campo,
        que suele cobijar cientos de seres vivos.
        Allí en la razón cada hora se borra
        y los rostros etéreos de los aсos perdidos
        se escapan -más aъn si se acerca el invierno,
        que llena el zaguán de cabras, gallinas, carneros.

        /1963/

        /De "No vendrá el diluvio tras nosotros" (Antología 1960-1996)
        Versión de Ricardo San Vicente/

        

        

        PARTE DE LAS ORACIóN

        Desde ningъn lugar, con amor, tal día de martubre,
        querido, muy seсor, cariсo -quién seas
        tanto da, si no es posible ya
        recordar los rasgos-; la verdad
        este ni suyo ni de nadie fiel amigo, le saluda
        desde uno de los cinco continentes, fundado por cowboys;
        te he querido más que a un ángel, que al mismísimo,
        y hoy por eso estoy de ti aъn más lejos;
        entrada ya la noche, en lo más hondo de un dormido valle,
        en un villorrio con nieve hasta el pomo del portal,
        y retorciéndome en la sábana de noche
        -como en adelante al menos no se indica más-,
        con un mugido «tu», ahueco la almohada,
        sin límite ni fin, y más allá del mar,
        tratando en las tinieblas y con el cuerpo todo,
        de repetir tus rasgos como un espejo loco.

        * * *

        El norte pudre el metal, mas del cristal se apiada.
        Enseсa a la garganta a decir: «ЎDéjame entrar!».
        El frío me educó, me puso la pluma entre los dedos
        para una vez cerrados poderlos calentar.

        Mientras me hielo, más allá del mar
        veo el sol ponerse, y nadie alrededor.
        La suela resbala en el hielo, o es la tierra misma
        la que se va abreviando bajo el tacón.

        Y en mi garganta, donde se pone la risa,
        o la palabra o el té caliente,
        cada vez la nieve resuena más precisa,
        y como tu explorador, negrea un «adiós».

        * * *

        Reconozco este viento que embiste la hierba,
        inclinada a su paso como bajo el mongol.
        Reconozco esta hoja que cae en el barro
        como príncipe ruso en rojo estertor.
        En tierra extraсa desbordado en ancha saeta,
        por el pómulo torcido de un caserón,
        como al ganso por su vuelo, el otoсo distingue,
        abajo, en el vidrio, una lágrima en el rostro.
        Y alzando al techo los ojos en blanco,
        yo no canto a las tropas, olvidé cuántas son,
        mas de noche la lengua en la boca agita el nombre estepario
        como el sello que entrega el rey oriental.

        * * *

        Es una serie de observaciones. En el rincón hace calor.
        Y la mirada deja huella en las cosas.
        El agua representa el cristal.
        Da más pavor el hombre que sus huesos.

        Noche de invierno con vino, en ningъn lugar.
        Veranda al embate de un salcedo.
        El cuerpo descansa en el codo
        como morena fuera del glaciar.

        Al cabo de mil aсos, de entre cortinas de moluscos,
        desde unos flecos, asomados, extraerán,
        con el mohín de «buenas noches» unos labios
        sin nadie a quien poderlas desear.

        * * *

        Porque el tacón deja su huella es invierno.
        Con abrigos de madera, helados en el campo,
        las casas se conocen por quién pasa por ellas.
        Qué decir del futuro al caer de la tarde,
        cuando en noche silente aparece el recuerdo
        de tus «espacio en blanco», mientras duermes,
        lanzado por el cuerpo del alma a la pared
        como en la pared la vela nocturna
        proyecta una sombra de silla,
        y bajo el mantel del cielo caído sobre bosque,
        sobre la torre del granero que alas de grajo tiсen
        no blanquearás el aire con la nieve punzante.
        

        * * *

        Un Laocoonte de madera, tras apear por un momento
        un monte de sus hombros, sostiene una gran nube.
        Del cabo llegan ráfagas de viento duro. La voz intenta
        retener las frases, chillando sin salirse del sentido.
        Se precipita el aguacero como espaldas en el baсo:
        maromas retorcidas azotan los lomos de los altos.
        El mar medinvernal se agita tras columnatas mondas,
        a modo de salada lengua tras los dientes quebrados.
        El corazón asilvestrado no ha dejado de batir por dos.
        El cazador no ignora dónde el faisán se esconde: en charco
        agazapado.
        Se alza inmóvil el maсana tras el día de hoy,
        como tras el sujeto el predicado.

        * * *

        He nacido y crecido en las ciénagas bálticas, al amor
        de las olas de zinc, que siempre revientan a pares,
        y es de aquí que provienen las rimas, y de aquí, la voz apagada
        que se trenza entre ellas como el pelo mojado
        si es que aquélla se llega a trenzar. Apoyado en el codo,
        no distingue el oído el fragor de la roca,
        sino el choque de telas, postigos y palmas, anota
        teteras que hierven, a lo sumo el gritar de gaviotas.
        El alma, en tan llana región, se salva de falsos manejos
        por no haber un rincón que te oculte y se ve aъn más lejos.
        Solamente al sonido el espacio es opaco,
        pues el ojo no ha de llorar por la falta de eco.

        * * *

        En cuanto a las estrellas, siempre están ahí.
        Es decir, si hay una, siempre viene otra.
        Y sólo así es dado mirar de allá hacia aquí;
        de noche, tras las ocho, refulgiendo.
        Mejor aspecto tiene el cielo sin luceros.
        Mas qué certeza habría de conquistar el cosmos
        si no fuera por ellas. Siempre que ni por un instante
        te alces del sillón, en la terraza.
        Pues, como dijo, en vuelo, el piloto a una estrella
        media cara escondida en la sombra:
        en parte alguna parece que haya vida,
        y en ninguna de ellas se fija la vista.

        * * *

        ...Y ante la voz de / porvenir,/ de la lengua rusa
        salen corriendo ratones, que en enjambre
        se ponen a roer un trozo suculento de memoria
        que es tu queso horadado.
        Tras tantos inviernos ya no importa
        qué o quién está en la ventana tras la cortina,
        y en el cerebro retumba ya no un do no terrenal,
        sino su susurro. La vida, a la que,
        como algo regalado, no le miran la boca,
        en cada encuentro muestra desnudos los dientes.
        De todo hombre siempre os queda una parte de oración.
        De hecho una parte. Parte de la oración.

        * * *

        No es que me esté volviendo loco, es el verano que me agota.
        Buscas en el cajón una camisa, y el día entero echado por la borda.
        Que llegue cuanto antes el invierno y cubra todo con su manto:
        ciudades, hombres, pero primero el verde de las hojas.
        Me echaré a dormir sin desnudarme, o leeré si quiero
        un libro ajeno, y entretanto los retales del aсo,
        como un perro que ha huido de su ciego,
        atraviesan la calle por el paso indicado.
                                                                                      
        La libertad es
        no recordar entero el nombre del tirano,
        y que sea la saliva más dulce que el almíbar,
        y, aunque estrujen tu cerebro cual cuerno de carnero,
        no mane nada ya del ojo azul.

        /1975 - 1976/

        /De "No vendrá el diluvio tras nosotros" (Antología 1960-1996)
        Versión de Ricardo San Vicente/

        

        

        POST AETATEM NOSTRAM

        /A A. Ya. Serguéyev/

        I. «Imperio -país para idiotas.»
        Llega el Emperador y el tráfico está cortado.
        Se apretuja el gentío
        contra los legionarios: canciones y gritos;
        pero el palanquín marcha cerrado. El objeto del amor
        no quiere ser objeto de curiosos.

        Tras el palacio, en un café vacío,
        un griego vagabundo jugando al dominó
        con un barbudo inválido. En los manteles
        descienden los despojos de la luz exterior,
        y el eco de los vivas mueve suavemente
        las cortinas. El griego, que ha perdido,
        cuenta los dracmas; encarga el vencedor
        un huevo crudo y una pizca de sal.

      &

Tags: Joseph Brodsky

Publicado por gala2 @ 4:29  | POEMAS
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