Aprended a cantar, que el aire es vuestro,
dijo el último pájaro.
Y a un cielo más antiguo le pedimos
que cuide de nosotros y que nos proporcione
una hora tranquila
para los pensamientos desdeñados.
Le pedimos el poso de los sueños
en el lento café de la mañana
y un corazón humilde;
un brazo poderoso que nos permita, acaso,
recuperar las cosas que siguen enterradas
y ofrecerlas de nuevo
con la raíz al aire.
El pañuelo que se agita en lo hondo
y el temblor que no vemos, la paciencia
que nuestra mano necesita
para aguardar a oscuras a un poema
que siempre se ha inquietado ante nosotros.
Y porque la escritura
a lo mejor es sólo una cuestión de alianzas,
le pedimos también la encrucijada, el nudo,
el lazo verdadero.
Y una nube ligera.
Y algo de claridad
para que, cuando nada
tengamos todavía,
podamos consolarnos con el canto del gallo.
LAS ESTACIONES LENTAS
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