Jueves, 01 de mayo de 2008


Historia de una tarde


"la luz se iba dorando
y tú también atardecías al contemplarte"
Luis Rosales

Ocurrió una tarde de diciembre
cuando los niños tenían vacaciones
y el frío se calentaba sus manos de granizo
en la hornilla de las castañas asadas.

Desde hacía un tiempo indefinido
se amaban. Era el suyo un amor de sombra
y de silencio. Casi nunca coincidían y metódicos
evitaban mirarse cuando se saludaban.

En el rostro de él la vida había dejado surcos
de tristeza, y el pelo ya albergaba hebras
de plata y nieve. Le pesaban los hombros
como si sobre ellos transportara la muerte.

Ella era la calma con sus hermosos ojos
soñadores abiertos a la vida sin tristeza,
y los años le habían bendecido su cuerpo
de diosa, de sol y madrugada salvadora.

Aquella tarde el sol era liviano,
y sobre la tierra se extendían las hojas
viajeras del otoño con su corazón arrugado
y caduco poblado ya de olvido sin afán.

Aguardaban los dos un taxi concertado.
Los hijos de la noche avanzaban,
y la ciudad vertía su complot de tinieblas
sobre los árboles fantasmas de los parques.

Fue un reencuentro inocente y fortuito
con todo el colectivo de la ciudad y su prisa
lleno de desamparo junto a un tren de cercanías.
Ocurrió que sus miradas se encontraron en silencio.

Y todo fue quebrado de voces trovadoras,
luminosas, cuando se reconocieron
como almas viajeras. Para corresponderse,
tuvieron que olvidarse de muchas horas muertas.

 

Plenitud

A Jesús


Escribe amor en mi epidermis el vuelo de las aves
cuando cruzan por Tomelloso bandadas de vencejos
y crece el jaramago en las lindes y en las siembras.
Deja elevarse en las golondrinas y en las tórtolas
el nombre de los invariables días que nos hemos amado
sin olvidar las ciudades donde descubrimos la vida.
Dibuja amor en las caprichosas formas de las nubes
la senda de la lluvia que hace renacer en los campos
de Marañón los brotes en los sarmientos de las viñas.
Aprecia en la besana asomarse las espigas del trigo
bajo el recio manto de la tierra y el cenit de la luz
que rezan humildemente a Dios por la cosecha.
Aspira desde la llanura el perfume de los pinos
y el agreste aroma de las acacias silvestres en flor
creciendo junto a los jarales encinas y amapolas.
Deja que con el agua del aljibe florezcan los ayozos
y se multipliquen las higueras para que en el verano
nos den sombra y nos sacien el hambre con sus frutos.
Mira como la tierra se renueva frente al amanecer
con mis manos entre las tuyas en plenitud de entrega
bajo el andar del tiempo que vendimia los días sin temor.
Y llega irresistible desde la orilla azul de la mañana
desandando el río de mis años con el milagro de un salmo
virgen en tus labios para la sed profunda de mi Ser.

 

 

 


Tags: NATIVIDAD CEPEDA

Publicado por gala2 @ 6:36  | POEMAS
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