Mi?rcoles, 16 de abril de 2008

QUIERO QUE SEPAS
Por Elvira Medina Álvarez

¿TE ACUERDAS DE mí, madre? ¿Sabes quién soy? Estas preguntas se iban haciendo habituales con el correr de los días, con el correr de los meses y con el correr de los años.
Su mirada, que antaño había sido como un destello de luz, ahora se iba tornando opaca. Opaca como el fondo de la mar en donde no llega la luz. Una mirada extraviada, perdida, triste y lánguida que no se parecía en nada a la que yo recuerdo cuando estaba en su regazo.
Recuerdo sus lindos ojos azules. Azules como el cielo, azules como la mar. Una mirada serena que infundía tanta tranquilidad como la mar calma que tantas y tantas veces vimos juntos.
Sin embargo, ahora qué lejos queda todo eso. Qué lejos están mis recuerdos y los tuyos. Por más que intento juntarlos, siento que los tuyos vagan solitarios por un mundo que me es tan desconocido que me asusta. Un mundo de silencio. Un mundo en el que me pregunto si yo formo parte de él.
Como cada sábado, mis pasos van hacia ti. Voy a verte y a que me veas. Voy a sentirte y a que me sientas tan cerca de ti como cuando iba creciendo en tu vientre. Un vientre que me dio cobijo. Un vientre que me cuidó y protegió durante nueves meses. Y cuando fui creciendo, cómo me gustaba poner mi oído en él, ¿recuerdas? Sentía tu mano jugando con mi pelo. Tu voz contándome historias y recuerdos.
Pero hay un recuerdo y una historia que jamás se me olvidó. El día en que te casaste con padre. Me ibas contando con gran devoción todo lo que sentiste. Todas las alegrías que esperabas compartir con él. Todo el camino que ese día comenzaba para vosotros. Recuerdo cómo me ibas describiendo tu vestido de novia. Blanco, de sutil encaje y tul. Sencillo de líneas. Un vestido que se ceñía perfectamente a tu delicada silueta. Un velo con una fina diadema de flores de azahar. Era azahar porque os casasteis en primavera. Y en Andalucía, es la flor por excelencia. Delicada, olorosa, discreta y sencilla como siempre fuiste tú. Recuerdo que me decías que no necesitabas más perfume que el olor del azahar y el perfume del amor que sentías hacia padre.
Como el día de tu boda, hoy también es primavera. Primavera que para ti, quedó anclada el día de tu boda. ¿Cuántas primaveras se detuvieron ya para ti, madre? ¿Qué se detuvo y qué sigue transcurriendo ahora en tu vida?
Te encuentro sentada, como cada sábado, en tu silla, al lado de la mesa camilla y mirando a la ventana. ¿Quizá esperas que yo llegue? O tal esperas ver aparecer a padre. O quizá tu deseo es volver a encontrarte con él y retomar todas las primaveras que os robaron.
Tu habitación está igual que en la que fue nuestra casa. Así lo quise. Pensaba que si un día despiertas del viaje de silencio que emprendiste, te encuentres con tus cosas, con tus libros, con tus labores y con tus fotografías preferidas. Fotografías de tu niñez, de padre, de los abuelos, de tu boda, de mi bautizo...Fotografías que se fueron sucediendo en tu lugar favorito del mismo modo en que los años también se fueron sucediendo en nuestras vidas y en nuestra casa. Fotografías que fueron adquiriendo arrugas de vida, de sensaciones cuando las ibas mirando, de toda una vida plasmada en un instante. El instante que perdura hasta hoy y que perdurará más allá del tiempo.
Esta habitación donde ahora estás me evoca gratos recuerdos y aromas de mi niñez. El olor de flores recién cortadas, el olor a membrillos guardados entre la ropa. Porque aquí, igual que en casa, también hay esas flores y esos membrillos. Tus cansadas piernas no pueden ir a recogerlas al jardín. Ni pueden ya recoleccionar esos membrillos. Pero no importa, madre. Para eso, estoy yo. Para traerte, en cada estación del año, los mejores frutos y las mejores flores. Los mejores rayos de sol, las mejores hojas doradas también. Y cuando llega el invierno, aquí está mi cuerpo para darte el calor que necesitas. El calor que tantas veces sentí de ti y que ahora tanto necesito y añoro. Mi cuerpo será una cálida manta cuando el tuyo sienta frío. Mis manos calentarán tus manos cuando estén ateridas de frío. Y mi amor y mi corazón paliarán los aires fríos que están por llegar.
Te miro, madre, y no sé qué decirte. Te diría tantas y tantas cosas que antes me callé, que ahora duelen dentro de mí. Siempre callamos lo que debemos decir. El tiempo y el decir tienen que ir en conjunto, al unísono. Después, cuando el tiempo avanza, y, aunque los sentimientos sigan siendo los mismos, estas palabras que callamos no encuentran en este tiempo que estoy contigo modo de salir. Yo te hablo, pero no sé si me oyes. Te miro y no sé si me ves. Te beso y no sé si notas el roce de mis labios en tu rostro. Te estrecho contra mí y tus brazos siguen laxos y tendidos. Sólo una leve sonrisa surca tu boca. Pero me conformo con eso, madre. Saber que tu boca vuelve a sonreír sin hablar. Que sientes mi presencia, aunque no digas nada.
Sé también que en tu vida de ahora, en tu viaje que hace años decidiste emprender, sigo estando contigo. Quizá también esté en tu recuerdo como cuando era un niño. No lo sé, madre, pero estoy seguro de que sientes cuando te hablo, que te emocionas con mis abrazos, que, cuando rozo tu mejilla, una lágrima asoma en tus ojos. Ojos azules que ojalá algún día regresen de las profundidades en que ahora estás y vean la mar que tantas veces vimos juntos con padre.
Quiero también que sepas que en este viaje no estás sola. Padre te acompaña en las noches, en tus recuerdos, y yo aquí estoy para darte a manos llenas mucho menos de lo que tú me diste y recibí de ti. Un amor sin condiciones, una ternura extrema, una dulzura exquisita. Y, por encima de todo, madre, aquí está mi sonrisa de gratitud con la que te obsequio cada día que vengo a verte y a sentirte toda para mí.
Te quiero, madre, y que tu presencia me acompañe hasta que se cumpla mi destino.

FIN 


 


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Publicado por gala2 @ 3:48  | RELATANDO
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