Martes, 05 de febrero de 2008
Cuento 3

UN GOBERNADOR PARA DON ALFREDO




Cuatro Cruces, era un pueblo mon?tono y deslucido, se extend?a l?nguido en ambas m?rgenes de las v?as f?rreas.
El tren es su epicentro econ?mico y principal transporte, desde el comienzo marco las costumbres, los horarios y dispuso la ubicaci?n del villorrio, ya que la principal fuente de ingresos es la explotaci?n forestal la cual se comercializa o se transporta a trabes de este.
Al salir de la estaci?n y luego de cruzar por el molinete que hace de portacito giratorio y separa el predio de ferrocarril con el del espacio publico a trabes de un pasillo de durmientes viejos muy ?til en d?as de lluvias que comunica con la plazoleta ?Sarmiento?. Desde all? se puede divisar el m?stil del destacamento con sus paredes siempre blancas y al frente una gran planta de para?so, viejo y frondoso, bajo la cual era atado el montado del sargento. A la derecha de los galpones y una cuadra mas al fondo esta la oficina del Registro Civil y la Sala de Primeros Auxilios, cruzando la calle la Estafeta Postal y la Capilla. Mas all? el edificio mal pintado de la Municipalidad , la Escuela y el consultorio del doctor G?mez. Del otro lado de las v?as un sinn?mero de casas y algunas despensas, al los m?rgenes del ejido cerca del barranco, el Cementerio.
Todo el conjunto era un lugar sucio y desordenado. Las calles de tierra llenas de huellas profundas que la hac?an casi intransitables, las cunetas llenas de malezas y charcos de agua estancada que desprend?an un vaho nauseabundo, dando un aspecto detestable y ruin.
A muy pocas personas le importancia al aspecto del pueblo.
Los ?ltimos pobladores que se hab?an instalado all? son don Alberto y su familia.
El es delgado y alto de unos 50 a?os, nacido lejos de all? en un paraje cerca de Salada en la provincia de Corrientes. El y su esposa educaron a sus hijos como los educaron a ellos, con el mismo estricto respeto y costumbres en las relaciones cotidianas.
Todos los habitantes lo conoc?an como un hombre laconico, respetuoso y ajeno a las bromas, siempre de vestir sobrio y de estampa recia. A su arribo abrieron bar bien surtido y mejor atendido. Siempre hab?an despertado un cierto misterio sus procedencias. Quiz?s por sus costumbres austeras o por esas personas acaudaladas que recib?a a menudo en su hogar. Algunos comentaban que era un pol?tico retirado, otros que hab?a sido juez, y as? los m?s variados comentarios iban y ven?an.
En el ocaso de cada jornada, estando c?modamente sentado en su reposeer? bajo la morera y mientras tomaba unos mates imaginaba los cambios que podr?a realizar a favor del aspecto del lugar si a su cargo tuviese el municipio.

Desde los primeros d?as del mes de abril las se?oras mas devotas y allegadas a la capilla ayudaban al padre Mateo a preparar la fiesta y procesi?n a Santa Catalina, y don Alfredo pensaba, mas que un agasajo en honor a la virgen seria una ofensa pasearla por esas calles sucias y con las veredas descuidadas.
El martes, en horas de la noche parado tras el mostrador y dirigi?ndose a su hijo mayor pero levantando levemente la voz para hacerse escuchar ya que el muchacho estaba en el otro extremo del sal?n donde los presentes que beb?an en grupos o apoyados cansadamente sobre las mesas, dijo con voz firme -Juan, el lunes ira a la capital a llevar unos papeles a la casa de su padrino el diputado Jim?nez y a la vuelta aprovechando el viaje traer? mercader?as, carne y un gobernador as? el regreso coincidir? con los festejos patronales- su hijo con toda naturalidad contesto afirmativamente, y sin mas comentarios continuaron con sus labores habituales. De pronto el silencio aplasto hasta la ultima conversaci?n, luego de un largo minuto de mirarse unos a otro el murmullo fue creciendo hasta lo intolerable.
Al otro d?a como por arte de magia, todos colaboraban blanqueando los troncos de los ?rboles, podando o arreglaban los jardines o juntando basuras, nadie comentaba el repentino deseo de limpieza y orden pero todos trabajaban alegremente.
Los d?as pasaron y los preparativos religiosos llegaban a su punto culminante, el pasto estaba cortado dentro del ejido municipal, los edificios p?blicos pintados y las veredas aseadas.
Hoy es el d?a de la procesi?n, una multitud sale de la iglesia y con pasos apresurados se dirige hacia la Estaci?n a la espera del tren de las once.
Todo est?n parados en el and?n, al frente el se?or intendente con su traje gris impecable, acompa?ado de su joven esposa que es maestra y del Sargento jefe del destacamento, a la izquierda don Juan Alberto el Juez de Paz y el Padre Mateo. A su lado el doctor, el farmac?utico y el director de la escuela junto a un grupo de alumnos con sus guardapolvos blancos que portaban la bandera de ceremonia y junto a estos un nutrido grupo de pr?speros comerciantes, y de vecinos curiosos.
De lejos se oye el silbato y solo falta la ultima curva para entrar en la recta final. En el alero de la estaci?n la brisa hace danzar las cintas y las guirnaldas.

Paso un largo instante y nuevamente se oye el silbato, los hombres ansiosos se ajustan aun mas las corbatas y las damas se arreglaban el cabello.
El tren esta muy cerca y el maquinista puede ver a la multitud expectante inclusive o?r el coro de la iglesia. La maquina recorre los ?ltimos metros pesadamente dejando escapar bocanadas de vapor y al fin se detiene.
Todos se agolpan para ver a los pasajeros.
Se abre la puerta y baja Juan con la sorpresa dibujada en su rostro, tra?a como habr?a de esperarse grandes paquetes y se dirige el encuentro de su padre que lo espera sonriente entre la multitud. En ese instante don Alfredo Le dice ? Hijo, la pr?xima ves que vayas de compras a la ciudad y como de costumbre traigas una cabeza de cerdo, ya no la llamaremos el gobernador a esta como le dec?a su abuelo a esa parte del cuerpo del animal, no sea que alguien se confunda.-





Roberto Attias
Fontana-Chaco-Argentina
http://robertoattias.galeon.com

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Publicado por gala2 @ 10:42  | RELATANDO
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