domingo, 20 de enero de 2008
poemario


BAJO LA LUZ DE LA LUNA





Tantas Veces

Tantas veces paseamos
cogidos de la mano
recorriendo el andén,
tantos sueños tuvimos
bajo un cielo finito
esperando al tren,
que debimos correr
para cogerlo al paso
sin tener un mal trago
cayéndonos al río
de tan triste destino.

Tantas cosas dijimos
sobre como haríamos
un mundo mas hermoso,
que ahora estamos atados,
sin sitio ni descanso,
para hallar de algún modo,
un mísero acomodo
para lo que no hicimos
aunque lo prometimos,
que era algo tan liviano
como saber amarnos.


Ven

Olvídate de todas esas cosas.
Ven y cierra la puerta;
todos esos miedos, esas historias
déjalas ahí fuera.
Que en esta descorchada habitación
nos quedemos a solas
sintiendo como el fuego del amor
calienta la fría alcoba.
Al almanaque le he arrancado esta hoja
y el tiempo se ha parado,
porque hoy son nuestras todas las horas
que quedan del verano;
ven y cierrale la puerta al otoño,
que no robe las hojas
que aun le quedan al árbol de agosto,
mientras, como una esponja,
me empapo de tu entrecortada risa:
Ven, que la ultima será la primera.
Las vacaciones pasan;
treinta días corren sobre la arena
como vuelan las garzas
sobre el lago haciéndose el cortejo.
Mírate en mis pupilas
y aquí veras cuanto te quiero
para tan poca vida.
Ven y deja que vuele tu camisa
blanca como la cigüeña
con sus remeras plumas extendidas
sobre tu fértil tierra,
ven y desata el lazo de tu pelo,
sacude tu melena
como en la playa la lanzas al viento
mientras los ojos cierras;
ven y deja que estreche tu cintura,
que me apoye en tu pecho
y que respire la atmósfera tuya,
sin que mires al suelo.
No te fijes en las adustas grietas
que amueblan las paredes,
ni repares en otras menudencias;
solo en que quiero verte
mirándote en los ojos que reflejan
lo mas bello que existe
y que, acercándose hacia mi, se encuentra,
tan templada y tan firme.


Bajo la Luz de la Luna

En el reloj del viejo campanario
doce campanadas se habrían paso
espantando mi sueño
fuera de nuestro lecho.
Tu estabas profundamente dormida
y yo me fui a buscar una silla
sobre la que sentarme
cerca de ti y recrearme
en la hermosa ingravidez de tu sueño.
El calor llamaba a nuestro aposento;
buscando una bocanada
de aire, abrí la ventana
aquella noche de un doce de Mayo
y por su hueco se fue mi descanso.

Emanabas una placidez suave,
como la sabana que ajustarse
quería a tu figura,
o la almohada de plumas
que tu cabellera desparramaba,
como negra noche, sobre la cama.
La luna abrió sus puertas,
como si te quisiera
abrazar con tenue luz creciente,
lleno de movimientos
pulsantes de deseos.
Alzaste la cabeza y me atraiste
con tu mano como bandera firme
al centro de tu abismo,
en medio de mi sino:
tumbándome en la cama, me besaste
y con tu pelo mi vista nublaste,
anhelos de la espera,
vértigo de la entrega…

Con la cabeza cayendo al vacío,
me desperté, que me había dormido
y con tu amor soñado
entre tus verdes brazos.
La pálida luna te sonreía
desde su redonda distancia amiga;
vi como se inclinaba
hacia ti y te besaba
y como, de su vaporoso vaho,
se llenaba tu transparente halo;
su luz te desnudaba
de la sabana blanca,
cubriéndote de gotas de sudor.
Mi cuerpo rezumó roja pasión,
de cimbrearte mis dedos
e inundarte de besos.
Despertaste y me distes tu mirada
y tu sonrisa, como las mezclabas
para llegarme dentro,
el sabroso veneno
de tus gatunos ojos de café
endulzados con tu cremosa miel,
batida primavera
en tus labios de fresa,
penetrando por mi porosa piel,
llegándome al corazón otra vez;
e hicimos el amor,
uno al otro, los dos,
en un punto del infinito, teniendo
nuestro apoyo para tales requiebros…

Dormido, de la silla
en tus ojos me caía,
haciendo unos torpes malabarismos
para sostenerme en tu cielo erguido.
La luz lunar menguaba,
acariciando mansa
las ubérrimas tierras de tu vientre,
y tus manos, que buscaban dolientes
tus aguas constreñidas
en un área contraída,
las sísmicas contracciones sentían
y tu cuerpo entero se estremecía…

Pasando tu mano por mi barbilla,
sosteniéndola con una caricia,
dijiste unas palabras,
algo de embarazada.
El despertador estaba sonando
y tu te dirigías hacia el baño;
yo frotaba mis ojos
sin salir de mi asombro,
escuchando, desde el fondo, tu risa.
“Despierta, se hace tarde”,
murmurabas muy suave
a mi vera, mientras me sacudías,
“¿Cómo has podido dormirte en la silla?
Me han llenado unos sueños
muy movidos e inquietos,
esta noche larga como ninguna…”
y tu voz se perdió bajo la ducha.


Celos

No quiero que enciendas un cigarrillo,
tampoco que te muevas, amor mío,
pues tengo celos de que te distraigas
con otras cosas, estando saciada,
y no sientas mi piel junto a la tuya
transpirando tu calida frescura.
Quiero seguir abrazándote con fuerza,
echando un pulso con el que te espera,
para que sigas siendo solo mía,
alargando la noche todo el día,
pues no quiero que acabe el deseo,
sino que, una y otra vez, comencemos.
Adoro tu sonrisa y tu mirada,
pero odio cómo me dejas, mi amada,
murmurando entre gestos una excusa
para acudir presta junto a la cuna,
rompiendo el hechizo de la ilusión…
Aunque sea feliz viendo a los dos
que en este mundo más puedo amar
y acuda a abrazaros una vez mas.

Pero, cuanto te deslizas de nuevo
entre las rojas sabanas, presiento
el roce de tu piel sobre la mía
y el vértigo de los cuarenta días
asola, con su locura de amor,
los contrafuertes de mi corazón.


Tus Cabellos

El alegre baile de tus cabellos,
fogoso torrente vertido al aire,
abanderado mástil rompehielos,
marcando el ímpetu de tus andares,
rendido despertar de sentimientos
que rompen la avenida en dos mitades,
va sembrando música de deseos
en quienes se vuelven para mirarte;
labriega azada que ara el firmamento,
efervescencia roja de la sangre
caída en cascada de limoneros,
la añoranza de caricias pujantes,
el temblor de tus hombros recorriendo,
dúctil palpito imberbe de la carne
sonrosada en tus anhelados pechos;
airosa melena llena de cantes,
dibujándote va en un contorneo
la mirada que sueña con mirarse
en el azul profundo de tu cielo;
lluvia de espinas que quieren clavarse
en mis ojos cuando me das un beso;
vereda que hacia tu cuello me atrae
mientras, echada sobre nuestro lecho,
dejas que los contrarios se acompasen,
porque en tu interior se detiene el tiempo;
hoguera de mis noches invernales,
en la que hundo mis manos y me quemo;
bóveda de negra noche azabache,
arco iris por donde se sube al cielo;
enloquecido frenesí de amarte,
sobre el cóncavo infinito pendiendo
en locura de amor inabordable,
soñando con tu tesoro, me quedo.


Tus Ojos

Dobles piedras preciosas
tornasoladas con brillos de estrellas,
fértil caudal que brota
de un punto inaccesible de conciencia
confluyendo en torrente
sobre un lunar de mi carne entregada,
adivinando siempre
el por qué de mis cosas sospesadas;
platillos de las pesas
que miden la altura que me denota
por un pulso latente,
cuando trato de esquivar tu mirada;
dicción inteligente
que nombra cada razón por sus llagas,
negrura intermitente
que suaviza mis dolencias cardiacas;
viveza de la forma
que busca en su interior una respuesta
para que el tiempo corra
sin llevársela antes de estar dispuesta;
caricias que enamoran,
grito que clama justicia doliente,
risa de luz callada
derramándose en tus manos abiertas.


Fuegos Artificiales

Los fuegos artificiales
durante esta noche cierran
las fiestas populares
sembrando las estrellas
que nos alumbran en la madrugada.
Si es hermoso verlos en el cielo,
mucho mas es verlos en las aguas
que dejan en mi corazón el sello
de aves mensajeras
de tus buenas noticias;
pero a mucho mas llega
verlos en tu pupilas,
porque en ti se suman todos los fuegos,
los incorpóreos y los prendidos,
los que vienen de lejos
o que cierran camino…
Esta noche se hace grande mi dicha,
pues me consumo en llamas
viéndome en la manera en que me miras
latir en tus entrañas.


Aunque Quieras Negarlo

Por ahí vas diciendo
que nunca me has querido,
que son habladurías, un invento
de alguien que quiere mal a tu marido.
Y la gente me mira;
quiere que te responda,
que les cuente que ocurrió aquel día
en que mis dedos sellaron tu boca.
Aunque quieras negarlo,
tu amor no fue mentira;
yo sigo manteniéndolo callado,
recordando tu mirada encendida
en la playa de Rota,
una noche desierta
de artificios, que estábamos a solas
paseando por su salaciega arena.
Aunque vayas diciendo
que todo fue mentira,
lo que entonces compartimos lo llevo
grabado como una joya de mi vida;
y aun a veces me paso
los dedos por la boca,
como si el sabor a sal que dejaron
tus labios en los míos bajo las olas,
quitármelo pudieran.
No tengo mas testigos
de nuestro amor que las ciegas estrellas,
porque el viento borro nuestros sonidos
de los roncos rompeolas
en cuanto caído habías
en que te merecías otra cosa,
porque tu no eras cosa de poesías.

El juego del destino
tiene malas pasadas,
como la que hace unas horas nos hizo
llevándonos a la misma terraza.
Tu estabas tan radiante
como sabias estarlo;
yo, buscando mi sitio en alguna parte,
lo encontré donde lo había dejado,
en tus labios de dama
que, a un grupo de amigos,
obsequiaba su risa alborozada
y tus graciosos gestos femeninos.
¡Siempre tan natural
y con tanto dominio,
que hasta difuminabas mi verdad
entre las mil volutas de tus rizos!
Por un fugaz instante
que me supo a eterno,
nuestros ojos chocaron en el aire;
los míos se hicieron mas grandes, sintiendo
el desliz de mis dedos
sobre tu húmeda boca
para que no quebrases el silencio
ocultándome tu anunciada boda;
los tuyos, mas pequeños,
como si algo quisieras
rescatar del olvido en unos cuerpos
que aun sienten la humedad de la arena.
Conservaste la calma
y en dudas me dejaste:
¿fue solo un sueño o una destemplanza
de cuando te conocí en el baile?
No; tu insistente lengua
recorriendo tu boca
me hizo saber que también lo recuerdas
y que no fue para ti cualquier cosa
lo que juntos vivimos
en la playa desierta,
una noche vacía de artificios,
porque aun muy dentro de ti conservas
ese sabor salado
que tuvo nuestro amor
y que nos mantiene secos los labios,
desde que no nos besamos los dos.

Tags: JESÚS SÁNCHEZ JURADO

Publicado por Desconocido @ 15:41  | POEMAS
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