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El sombrero le daba una sombra asombrosa. Miró en derredor, encendió un cigarro, controló el tambor con sus dos balas frescas y callado cruzó la calle. Lo tentaron con un cheque de cuatro ceros por el paradero de una dama fácil que había levantado vuelo del refugio de un pesado con la ayuda de un rufián. Entró al bar a la hora en que los ebrios empiezan a sufrir con el pan amargo de la acritud. A cambio de un diez, el gordo Bétiga le sirvió la ginebra del desahogo y le señaló el sur de las desapariciones con el dedo mustio del aburrimiento. Caminó unas cuadras, y acercándose a la cerca cercana, oteó la mancebía y oyó los rumores cenagosos del desenfreno. Del otro lado del tapial, la ventana de la realidad revelaba los encantos pudendos de la que buscaba. Ahora el resto de la paga estaba al alcance de los ojos, y las manos treparon la pared, y el sombrío hombre con sombrero la saltó con la idea tibia y el corazón helado. Cuando se oyó el estampido, la mujer no supo que el grito de espanto había vuelto a su boca presionada por las manos que cruzaran el muro. Minutos después, el hombre guardó su treinta y ocho corto del cincuenta y dos con una bala fresca, y le ordenó a la fementida fémina que se enfundara. La hembra se encajó en su ropa costosa, se envolvió en un aroma dispendioso, se pintó los labios torvos como ceniza, tiznó sus mejillas, el contorno de sus ojos, y juntos salieron esquivando al punto que se desangraba con un lento hilo de sangre que, como ellos, buscaba la calle.