domingo, 28 de octubre de 2007

Al busto de la reina Luisa de Prusia



En un rincón sencillo de un parque elegante,
casi al final de no sé dónde,
junto a un arrollo silencioso pero pretencioso,
sin plantas floridas, árboles joviales ni césped ceremonioso,
hay un pequeño busto de una reina joven:
es el de la reina Luisa,
una admirada reina de Prusia

Tiene el color metálico
del bronce de jardín olvidado,
esta sobre un pedestal sencillo
mal terminado,
justo a la altura de mis sentimientos,
pero por debajo de mi soberbia
de humano vivo
y sin estatua en un parque.

Yo la visito cada vez que lo siento,
con agradecimiento,
porque ella es reina
yo ni sé de aristocracias.
Le llevo alguna flor gratuita
cogida por ahí, al azar, sin meditarlo
y se la colocó en su pecho
ya sin pálpito, sin júbilo ni encanto.

La miro y nos miramos,
la hablo y nos hablamos,
¿qué nos decimos?
¡Hola que tal, bonito día; sí, yo también!
y cosas así por el estilo.
Otras veces ni la entiendo
porque se enfada con el viento
¡Ya ves! ¿qué le habrá hecho el viento?

En primavera es más amable
no habla, vive intensamente,
lo que me extraña enormemente.
Es hermoso escuchar su canto:
tan calladito y armonioso.
Manda callar a los pájaros que graznan
y solo le permite piar
a un gorrioncillo primerizo e inexperto

En verano, como que se ahoga
bajo ese sol tan bárbaro,
que no se compadece de su alma bronceada
ni de su piel metalizada.
Entonces sestea en su Mausoleo
a la sombra de la muerte,
junto a su esposo, otro rey de Prusia,
que también está muerto y enterrado.

En otoño la veo poco,
solo cuando el sol tibio calienta el sendero.
No me gusta verla tan muerta,
junto a tanta muerte recién sucedida.
Por entonces me dirijo a la vieja haya que preside el parque
¡Otro año, y van quinientos! -le digo
¡Otro año, y van quinientos! -me responde,
lo que me irrita enormemente.

En invierno parece como que duerme
porque ni se mueve, ni se siente.
No es bonito ver tanta muerte,
una sobre su pedestal, otra sin tanto miramiento.
No está bien que permanezca sola,
aterida, congelada y desdichada,
deberían de hacerle un palacio nuevo,
solo para su busto.

En fin, otro día que pasará
sin mi flor en su diadema.
¿Qué estará haciendo ahora,
tan tarde, tan oscuro, en su jardín tenebroso? ¡No quiero ni pensarlo!
Mañana sin falta le llevaré una rosa,
le diré que es por su cumpleaños.
Seguro que no se extraña,
¡qué sabe ella de nuestros calendarios!





(El busto está situado en el jardín del palacio de Charlotemburgo, en Berlín)

Tags: Jaime Despree

Publicado por gala2 @ 12:06  | POEMAS
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