viernes, 05 de octubre de 2007

Relatos de ADÁN ECHEVERRIA


La imposibilidad de perderte




Cuando dijiste que no éramos amigos entendí que era mejor seguir los planes solo. Decidí no hablar de la realización de mis fantasías. Tuve que agarrarme al recuerdo de Paco. La tarde cuando los agentes llegaron por él y lo sacaron de su oficina, había dicho: “Cuando robes... hazlo solo...” y este recuerdo hizo que me diera cuenta qué debía hacer contigo. Paco intentó expulsar el rencor acumulado hacia sus compañeros que compartieron aquel fraude de computadoras y lo habían dejado solo durante la auditoría; a mi primo le costó la cárcel. Su excesiva confianza en ellos lo perdió. Pagó el resultado de ser tan putañero. En una ocasión le dije (pa que repetírselo): “Me vale que andes con hombres, pero que no te gigoleen, no seas pendejo”. ¿De qué sirvió? Yo era el menos indicado para aconsejarlo. Desde la cárcel me depositó un buen billete, y le cumplí los encargos. Me encantó el rostro de esos mayatitos cuando les quebré la mandíbula. ¿Lo recuerdas?
Quédate sentado, no te me caigas. Mira a Patricia. Calladita como debió estarlo siempre. Mírala por última vez. La remojaré en agua caliente, mientras tú y yo vemos el video, hay que checar las partes que habrá que editar. Igual y esta película también la vendo. No por ti voy a abandonar el negocio. ¿Qué creíste? ¿Qué podías hacerme pendejo? Vamos Jost. La dulce Patricia, su primer y único video. Después de hoy sólo será una chica más de una película casera.
Sí, esos mayatitos. Me gustó ver como jalaban aire. Se veían como peces bagre intentando respirar sobre la playa. Paco era mi familia, por eso lo ayudé. Pero no creí tener que hacerlo otra vez, Jost. No estaba en mis planes. Te tuve confianza. Te platiqué la idea de ganarnos una lana utilizando la candidez de los feligreses, y estuviste dispuesto enseguida. ¡Cómo hemos disfrutado los billetes, Jost! El único sacrificio ha sido la faramalla de portarnos ante los demás como destacados líderes juveniles. Pero que chido es gozar a esas niñas de carita tierna que llegaban al grupo. ¿Acaso no te encantaba igual que a mí? ¿Recuerdas cuando Sofía se desmintió de toda esa basura de: Ni creas que me voy a acostar contigo... se dicen tantas cosas de ti? Fue el inicio del negocio. Y qué películas nos ha regalado la Chofi. ¿Quién podía imaginar el negocio que teníamos con los jovencitos que acudían a la iglesia?
Si algo debo agradecer a Dios, es la inteligencia. Me hace estar atento, para no cometer los errores de Paco, ni los tuyos. ¿De qué te sirvió sentirte culpable? Para este ritmo de vida hay que tener bien puestos los huevos. Me encanta pensar en ese pasaje cuando Salomón pide Sabiduría, me identifico. Es increíble lo fácil que es manipularles el cerebro a los jóvenes.
Tenemos todo controlado ¿por qué salirte? Te enseñé todas las mañas para convencer tanto a las niñas como a los jovencitos. Pa que negarlo, a todos nos mueve el deseo y la sexualidad. Usemos su mente, dije y te enseñé cómo. Para mí, el amor no es más que una utopía. Lo sabes bien. La amistad, Jost, eso es lo que no debe romperse. La confianza en los amigos, ya vez en que acabó Paco. Cinco años, y al salir se fue de acá, para no toparse con la verdad de haber mandado asesinar a sus amigos. La confianza entre él y yo sigue firme.
Paco no me va a traicionar. Me debe tanto. Nos hemos beneficiado. En el extranjero mueve las películas con agilidad y cuidado. Pero tú, Jost, de verdad te creí más astuto. No pensé que el amor te pegara tan fuerte. Sí, reconozco que Patricia es hermosa. Pero ¿y todo lo qué habíamos compartido? Para que esa noche me salieras con la estupidez de: “No eres mi amigo”.
¿Cómo pudiste dejarte manejar por Patricia? Te conocí tantas mujeres. Las tenías a la mano. El negocio funcionaba a pedir de boca. A la iglesia nunca van a dejar de llegar niñas tiernas, lo sabes. Y siempre ha sido chingón estrenarlas. La Paty te ha cegado y mírate ahora. ¿No respondes?, ¿qué vas a responder?
Por eso te advertí esa noche: “No me importa que estés loco por Patricia, aún así, no le cuentes nada de lo que hacemos. Si no quieres seguir, adelante, deja todo. Pero no me tuerzas. Se supone que eres mi amigo”.
Te olvidaste de esa niña que llegó exigiendo la ayudásemos o nos denunciaba. Sus papás la estaban buscando. Casi se te muere. Tuve que intervenir para limpiar las cosas: encubrir a la niña, hacer que saliera de la ciudad y se fuera a vivir con Paco al extranjero. Ayudé al estudiante de medicina a practicar el aborto. Volví a ver la sangre en mis manos sin sentir asco. Lo recuerdas, imbécil. Casi se nos muere. Una vez pasado el susto, cuando nos reíamos del suceso, me dijiste en la cantina: “No importa qué pase, siempre estaré contigo; si vuelas, volaré a tu lado. Si caes, caeré contigo”. ¿Lo olvidaste? Yo no. Para que por una zorra me digas: “No soy tu amigo, ni lo creas”. Chinga tu madre, Jost.
Por eso apenas tu relación con Patricia patinó, supe que debía actuar. Quizá no lo pensé al instante, porque la amistad que te tenía era gruesa, al menos para mí. Esa mañana cuando me pediste que hablara con ella, que habían terminado, quise actuar a tu favor. Aún me veo escuchando tu voz en el auricular: “Siempre toma en cuenta lo que dices, háblale. Hazlo por mi”. Vaya sorpresa con la chamaca. No pude más que pensar: Todas son iguales.
Tal vez si pueda verte, le dije a Patricia, después que se lanzó con descaro. No importaron los argumentos que le expuse, esos rollos de: “Todo lo que han vivido. No dejen que se vaya al caño”. Y, ah qué chamaca, solo repetía: “Es a ti a quien siempre he querido”. Y tú enamorado de ella, pero que pendejo fuiste. No te preocupes Jost, nunca me han interesado las tontas. Casi me vomito por la cursilería. Que ganas de repetir los estúpidos diálogos de las telenovelas: “El hombre de mi vida”.
Cuando colgué el teléfono hice la reconstrucción. Según ella tú habías provocado todo el teatrito con esas mamaditas de querer ser seminarista: no mames. Si estabas hundido en el lodo igual que yo. Seminarista, mis huevos. Y con una hembra tan fogosa.
Si dudé. Lo sospeché todo. Recordé las palabras de Paco: “... hazlo solo... cuando robes... hazlo solo” Quizá sólo fue un momento nada más, pero lo hice. Y esa forma de ajedrecista que tengo al pensar. Me preparé para cualquier movimiento: ¿Y si están de acuerdo para sacarme de la jugada? ¿Qué hay con esta confesión insospechada de Patricia? ¿Porqué hablaste en la mañana pa decirme que tronaste con ella? Patricia jamás ha demostrado una actitud coqueta hacia mí. Por eso vine preparado. ¿Acaso creyeron que soy tonto?
Llegué a su casa a las cinco. La ciudad se inundaba por una lluvia que se dejó caer desde el medio día. Estaba empapado y me encantó la cortesía que tuvo Patricia al dejar la puerta abierta. Por el interfón me pidió que subiera la escalera de servicio. Caminé con sigilo y al llegar arriba, la vi. Estaba de pie junto al espejo, desnuda, peinándose. Hicimos el amor al menos dos veces. Siempre alerta por si llegabas por la espalda. No fue así. No había plan. Eso dijo Patricia. Repitió que me quería e idioteces como esa, pero el enojo que traía pudo más que sus ñoñerías. Ahora su piel irá quedando suave por el agua de la tina en que la he remojado. No merece ver la película. Esto es entre tú y yo.
Se que todo debió quedar en haberme cogido a tu novia como venganza. Pero ella insinuó que estaba enterada de “a qué nos dedicamos” y quería ayudarme a continuar. ¡Qué descaro! Así fue, tu zorrita quería meterse al negocio y reclutar otras niñas de la escuela de monjas donde había estudiado la prepa. Quizá era buena idea. Pero no soporté que le contaras todo.
Mira la pantalla, ¡mírala! No cierres los ojos. Cuando entré a su cuarto se cubrió las tetas y se metió al baño. Aproveché para poner la cámara entre las cosas del tocador. Voy a adelantarla. No te quiero aburrir con la parte erótica, ¿para qué? Quiero que veas el momento clímax. Acá... Es ella suplicando. Ese es el momento cuando, ya enojado por sus idioteces, la tomo de los cabellos. Mete las manos para defenderse. Sí, esta parte es chida, cuando la golpeo con la lámpara. Ahora le hago el amor ya muerta. Bueno ¿qué?, uno tiene sus gustos. Hay que explorar de todo. Lo vez. Es la sangre de su rostro embarrada en mi pecho. Ahora te hablo por teléfono. Voy a adelantarla de nuevo por que no pasa nada mientras te espero, y eso será aburrido para los compradores. Lo editaré.
Ah que mi Jost, ni siquiera lo dudaste, ¿eh, puto? No tardaste en llegar. Abres la puerta y miras a Patricia sentada en el colchón. Ve el asombro de tu cara. Ella recargada en la cabecera, no te devuelve el saludo, no contesta. ¿Acaso notaste la rigidez de su rostro? ¿Qué quieres? No soy buen maquillista; se le ve bien, ¿no? Estoy seguro que no te diste cuenta que estaba muerta. ¿Lo hiciste? ¿Qué vas a contestar ahora? Corres hacia ella y ahí voy detrás de ti con el cuchillo en la mano, ni siquiera lo imaginaste: una... dos..., caes de rodillas... cuatro... seis...
Claro que no. Ahora puedes ver que no necesito a nadie.




La última cena


Caminamos por la avenida donde la luz mercurial y los espejos de la música espantan el sueño. Cada dos esquinas el mordisqueo sobre el cuello y labios. Llegué pasadas las doce a Playa del Carmen. No sabía de la nueva terminal de autobuses, así que tuve que caminar unas veinte cuadras para llegar al embarcadero y poder cruzar a Cozumel. Habían transcurrido unos tres años desde mi viaje anterior. Terminaba mi tesis de maestría sobre genética de pecaríes, y el último criadero seleccionado de estos tayasuidos, de los que debía obtener muestras sanguíneas, se encontraba en esa Isla. Lo había visitado sólo una vez, cuando viví allá una temporada, al acabar mi matrimonio.
Pocas cosas me asustan, pero deambular de noche en este pueblo me hace estar alerta. Tal vez mi precaución se deba a su cosmopolitismo. Tantos gabachos, y sudamericanos que vienen huyendo de la caída económica de su país. Los bares y las licorerías permanecen abiertos las veinticuatro horas, con el consentimiento del cuerpo de policía local. Hay que andarse con cuidado.
La labor iba a ser sencilla, planeaba cruzar en el último ferry que, según yo, zarparía a la 1:30 de la mañana, alquilar una habitación sencilla en la Cabaña del Amanecer, en la 10 norte, y esperar que aclarase para ir a casa de los Coldwell, y muestrear a los animales de su criadero; ahí me esperaría Humberto, un veterinario que me ayudaría a sujetar los pecaríes para que pueda inyectar el sedante. Por más que me apuré, al llegar al embarcadero el ferry de las doce había partido, y el próximo saldría hasta las seis de la mañana. Estaba encabronado, por lo que decidí tomarme una chela en algún bar. Dejé las maletas en un casillero que renté en el a-d-o y vagué por la quinta avenida hasta encontrar un sitio que llamara mi atención.
—Eso de andar copiando en todo a los gringos, “la quinta avenida” ¿qué originales? Y aquí me tienes en El Cielo, le había comentado a Lilia cuando la conocí.
El lugar estaba repleto pero logré colarme hasta la barra y pedí una cerveza. El hombre a mi derecha dijo: llegas tarde, terminó la barra libre. Volteé a mirarlo y con desgano indiqué que no importaba.
— Ves esa pelirroja, lleva rato ligando. Buenísima, ¡si no tuviera ya una piel! Le acabo de mandar una copa. Quédate, si viene decimos que tú la invitaste.
Al salir de El Cielo, nos separamos de Ernesto, quien me había ofrecido su departamento para pasar la noche, y fuimos por mis cosas a la estación de camiones.
Lo que me dijo Ernesto en la barra no me inquietó lo más mínimo. No podía dudar. En un antro, a merced de desconocidos, hay que fajarse los huevos y que todo te valga madre. La mujer era todo un íncubo. A pesar de la penumbra, los ojos almendrados destacaban bajo los párpados ensombrecidos en gris y plata. Traía el pelo muy corto y desarreglado con esmero, su vestido color crema, cuyo escote terminaba justo en el inicio de unas nalgas robustas, le apretaba los muslos; la tela, sedosa, pegada al cuerpo, dejaba entrever el hilo dental que presumía. Ante la luz del bar creí que su piel era muy blanca, sólo después, cuando comencé a besarla me di cuenta que era trigueñita.
He intentado dejar de entusiasmarme por los tatuajes. Mi ex esposa presumía una ranita en el omóplato izquierdo, cuyo recuerdo me es aborrecible ahora por la falsedad que llegó a representarme. Se han hecho una moda cualquiera, hasta es interesante ver una piel sin marcas. Lo que me sorprendió era que la pelirroja tenía dibujada la cola de un alacrán alrededor de todo el cuello, cuyo cuerpo y tenazas le bajaban por el pecho; a simple vista, parecía lucir un collar de perlas negras. Definitivamente hermosa, y para mi fortuna, con los senos diminutos y respingados. Indiqué a Ernesto que aceptaba. Y ella vino hacia nosotros.
Una vez en el criadero de Cozumel, durante los muestreos, Humberto capturó los animales con un red de aro y pisándoles el cuello, los mantuvo inmovilizados para que yo aplicara el sedante, y pudiera sacar las muestras de sangre. Para experimentar he llegado a probar algunas dosis del sedante en mí, y pude descubrir que, bien aplicadas, se puede tener un viaje interesante, que con un poquito más se puede adormecer los músculos, y los sentidos siguen alerta.
Primero la pantomima y luego las presentaciones: era Ernesto; la “piel” que lo acompañaba se llamaba Diedry, una negra enorme, que me hizo pensar que él debía ser buen amante para servirse a semejante hembra. Lilia, indicó mi pareja cuando nos dirigimos a bailar.
El día de trabajo en el criadero de Cozumel pudo hacerse largo, pero la capacidad de Humberto para someter a los animales resultó decisiva. Fue en esas faenas cuando pude ver sobre su pecho el brillo malta de un enorme escarabajo grabado en la piel aleteando sobre mis recuerdos y doliendo en mis neuronas.
Ernesto ofreció seguir la fiesta en su departamento frente a la playa, en la zona norte del poblado. La terminal de camiones queda en la misma dirección, pero en paralelo, a unas siete u ocho cuadras, y como tenía que ir por mis cosas, me escribió la dirección en una servilleta y se adelantó con Diedry.
Cuando llegamos al departamento me percaté que Lilia sí me había sacado sangre de los labios y de la oreja con sus mordidas, y esperaba desquitarme. Ernesto y Diedry nos dejaron en la sala. De mi maleta, sin que Lilia se diera cuenta, saqué un frasquito de ketamina y una jeringa, de las que uso para anestesiar a los pecaríes.
Me escabullí al baño a curarme la oreja y aproveché para preparar la dosis y esconder en la manga de mi camisa la jeringa. Regresé y comencé a besarla recostados sobre el sofá. Cuando Lilia me arrancó la camisa del pecho, puse la droga detrás de una almohada, recosté su cabeza y continué besándola. Fue al momento que sus uñas se enterraron en mi espalda, cuando la penetraba hasta el fondo, que le mordí el cuello, tomé la jeringa y la inserté en una de sus enormes nalgas. Continúe lamiendo y enterrando suavemente los dientes, mientras su cuerpo se iba durmiendo entre mis brazos.
Le introduje el miembro en la boca y me daba risa su rostro descompuesto y el extravío en los ojos por el viaje que daba inicio. Se que no se dio cuenta cuando le arranqué los pezones. Y mientras mis dedos hurgaban su entrepierna, a dentelladas fui arrancando y saboreando cada trozo de carne de su vientre sudado; como pedacitos de coco iba degustando esas piezas que luego tragaba. Uno tiene que haberse acostumbrado al agridulce sabor de la carne cruda para disfrutarlo. Lo que me sigue emocionando fue su expresión cuando pudo darse cuenta que algo pasaba, se percató de mi boca y dientes ensangrentados; sin lograr inclinarse a ver qué era exactamente. Fue mucho mejor cuando sus ojos se abrieron al máximo y pudo elevar el grito al verse herida.
Luego de divertirme un rato, fui sobre su cuello para apagar sus latidos, ¡qué instante tan hermoso!; la sangre corría con lentitud sobre las tenazas del alacrán. Es tranquilizador dejar que los miedos escapen de uno y vayan a guardarse al cuerpo de la presa. Es la mejor manera de sentirse libre.
Al medio día regresé a Playa del Carmen, en el ferry México III, desde la Isla de Cozumel. Me despedí afectuosamente de Humberto. Me sentí agradecido por su ayuda para deshacernos de todo el material que utilizamos, donde, sin que se diera cuenta, ya se lo contaré cuando lo vuelva a ver, puse las jeringas utilizadas en aquellos compañeros de El Cielo. Es extraño, pero estoy seguro que Humberto quiso flirtear conmigo. Quedamos en ir a cenar alguna vez.
Quizá pude seguírmela cogiendo, pero los gemidos de Diedry y los resoplidos de búfalo que emitía Ernesto desde la habitación, me desconcentraron. Eso, sumado a la terquedad de la pelirroja por gritar, sus tenues arañazos, y ese pequeño impulso por levantar la cadera y darme profundidad, mientras se le escapaba la vida, me hicieron terminar pronto, y una mujer no me interesa después de eyacular.
Preparé otras dos dosis y me arrastré hasta la cama. Eran hermosos cogiendo. Debía asegurarme de salir ileso de este incidente. Estaba satisfecho, así que solamente me comí sus ojos y sus lenguas, cerré el departamento y los dejé gimiendo a su suerte. Aún conservo la llave.
Camino por la quinta avenida y muchos locales aún se encuentran cerrados. Miro la quietud del pueblo. Tratándose de un crimen de esa naturaleza, es obvio que la gente tenga miedo. Comienzan a notarse los policías y militares por las esquinas. Resulta irrisorio. Voy bajo el gigantesco sol hacia la terminal de autobuses, en mi nevera llevo las muestras de sangre de los pecaríes que vine a buscar. Humberto también se ha quedado en la memoria. Todo el viaje a Mérida pensé en ese tatuaje de escarabajo rojo que le cubría parte del pecho, cuyos élitros parecían agitarse, cada vez que movía los brazos. Lo contemplé largamente durante las capturas. Fijé en la memoria la forma en que se adhería la piel sobre los omóplatos cuando atrapaba a los animales con la red.
Espero afuera del laboratorio la amplificación del a-d-n de los pecaríes. Mientras consumo un cigarrillo voy de la piel de Lilia hacia el pecho de Humberto. Pienso en esos pequeños senos, de pezones respingados, el olor de sus brazos y el amargo sabor de su sangre, también en el grosor de la espalda y el movimiento de cintura de Humberto. Conservo la marca de los dientes de Lilia en mi oreja, hay que saber llevarse. Humberto llegó en la mañana, me habló por teléfono desde el hotel. Esta noche cenaremos juntos.



Adán Echeverría. Mérida, Yucatán (1975). Escribe poesía y cuento. Biólogo con Maestría en Producción Animal Tropical por la Universidad Autónoma de Yucatán (UADY). Integrante del Centro Yucateco de Escritores, A.C. Ha cursado además un Seminario de Literatura (2004), impartido por el Mtro. Jorge Pech Casanova, y un Diplomado en Periodismo, Protocolo y Literatura (ICY, CONACULTA-INBA y Editorial Santillana, 2005).
Ha publicado los poemarios El ropero del suicida (Editorial Dante, 2002), Delirios de hombre ave (Ediciones de la UADY, 2004) y Xenankó (Ediciones Zur-PACMYC, 2005), y el libro de cuentos Fuga de memorias (Ayuntamiento de Mérida, 2006). Compiló junto con Ivi May el libro Nuevas voces en el laberinto: Novísimos escritores yucatecos nacidos a partir de 1975 (ICY, 2007). Participa en los libros colectivos Litoral del relámpago: imágenes y ficciones (Ediciones Zur, 2003), Venturas, nubes y estridencias (ICY-INJUVY, 2003), Los mejores poemas mexicanos. Edición 2005 (Fundación para las letras mexicanas y Joaquín Mortiz-Editorial Planeta, 2005).
Becario del FOECAY (2003), del PACMYC (2004), del Programa “Alas y Raíces a los Niños Yucatecos” (2005), del Fondo Nacional para la Cultura y las Artes (FONCA) en la categoría Jóvenes Creadores en la disciplina Novela (2005-2006). Ganador del 1er. Certamen de Poesía Joven Jorge Lara (2002). Segundo lugar en el Premio Nacional de Poesía Rosario Castellanos y Mención de honor en el Premio Nacional de Cuento José Amaro Gamboa, ambos convocados por la UADY (2004); Mención de honor en el Premio Estatal de Poesía José Díaz Bolio (2004). Mención de honor en el Concurso Nacional de Cuento Carmen Báez (2005), de Morelia, Michoacán
Forma parte del consejo editorial de la revista Navegaciones Zur del Centro Yucateco de Escritores, A.C (CYE). Ha publicado en la revista Acequias de la Universidad Iberoamericana de Torreón (Coahuila). En los suplementos Arena del periódico Excélsior y El Ángel del periódico Reforma y las revistas Tierra Adentro de CONACULTA, Alforja de poesía (UAM), SIC y los otros errores, Opción del ITAM, Blanco Móvil, Archipiélago, El Universo del Búho del Instituto René Avilés Fabila, Eje Central, Textofilia (Universidad Iberoamericana), Registro, Palestra, Erotana (todas del Distrito Federal); en la revista Salamandra de la Universidad Autónoma Chapingo, La Colmena de la Universidad Autónoma del Estado de México y Molino de Letras de Texcoco (Edo. de México); en La Manzana (Guadalajara, Jalisco), la revista Tabique (Cuernavaca, Morelos); en Luna zeta, Fandango y Plan de los pájaros (Oaxaca); en la revista Iguana azul (Puebla); en Aquilón, Viento del norte (Baja California); en Abisal del Instituto Quintanarroense de Cultura; la revista Cultura Veracruz (Veracruz), La Grieta (Tabasco), Oficio (Monterrey, Nuevo León) y en las revistas Puntos suspensivos, Pléyade y La cabeza del moro (Zacatecas).
Ha publicado también en los proyectos electrónicos Prometeo digital de la Asociación Prometeo de Poesía (Madrid, España), en el Proyecto Sherezade de narrativa contemporánea de la Universidad de Manitoba (Winnipeg, Canadá); en la Comunidad Literaria Ficticia (México). En la revista electrónica El Otro Mensual (EOM) del sitio Eldígoras (Barcelona, España); en la página Letralia. Ciudad de letras (Venezuela), en la revista electrónica The Big Times (Puerto Rico). Participa en el taller del CYE y coordina la Catarsis Literaria El Drenaje.

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