Espacio para la poesía de todos los tiempos: poemas, autores, libros, artículos... Todo lo que tenga que ver con el bello arte de decir con la palabra...
He salido a la noche
para perderme en los desiertos
interminables de la soledad
y echar mis pensamientos a la luna.
En el largo camino,
-consolidado ya por la costumbre-
hay espacios poblados
por el ruido que el mar
deja en los brazos de la arena,
y otros de frondas vegetales
que sugieren jardines
de antiguos paraísos.
(Curiosamente,
coinciden con el nombre del lugar)
Luego cantan los grillos
que ocupan los solares
pendientes de especulación.
(Por cierto,
no sé qué harán los grillos cuando
alguien los cambie por alguna
solución habitacional)
Así mismo, me encuentro con alegres
cucarachas escurridizas
que se mueven en torno a las grasientas
-y a veces olorosas-
basuras de los restaurantes.
Después oigo el concierto de las ranas
croando bajo el puente
que media entre las partes
en que está dividida esta ciudad
de colores colgantes y vistosos.
Y enseguida me topo con la plaza,
casi siempre poblada de elementos
de variada naturaleza,
y la gran avenida que, a estas horas
-de silencio y de luz artificial-,
aparece más ancha y soberana
que la alumbrada por el sol
-y por los coches-,
a las claras del día.
Yo percibo estas cosas
en un plano difuso
de la conciencia,
con la excepción, acaso, de las ranas
croando bajo el puente,
porque son algo así
como un anacronismo
que rompe en dos mitades
no la ciudad, ya rota
por el río, sino la vida:
El pasado, tan simple,
tan natural y tan mestizo.
Y el presente, tan sordo y tan autista,
tan sumido en el fárrago y el vértigo.
Y al tiempo que estas cosas
existen con independencia
de mis particulares percepciones,
hay otras más sutiles, más etéreas,
que ocupan, de manera natural,
el núcleo vivo de mis pensamientos.
Y es justamente de estas cosas
de las que yo,
andante solitario y hombre libre,
me declaro gustoso dependiente
¿Y qué cosas son ésas?
–dice un suspiro de la noche-
A lo que yo respondo
con un interrogante sorprendido:
¿Y lo preguntas tú,
“luciérnaga interior
de mi postrado luto”?
Son estrellas que encienden en el pecho
los fuegos que devora el corazón.
Regreso, al fin, a casa,
pero antes de ocultarme entre sus muros
me siento con la Noah
en un rincón preciso
que ella acomoda para mí,
en la escalera,
entre su cuerpo y la pared.
Mientras me huele y la acaricio
la luna se derrama sobre el mar.
Pero a mí ya me ha dado,
tal como acabo de decir,
hora y media de íntima locura.