Espacio para la poesía de todos los tiempos: poemas, autores, libros, artículos... Todo lo que tenga que ver con el bello arte de decir con la palabra...
Lo besé con uno de esos de tornillo,
y sus labios húmedos y carnosos
se entreabrieron para que mi lengua
se entrecruzase con las suya en un ….
realismo mágico, cálido y acuoso,
sensual y apasionado como un vergel
lujurioso por su fertilidad maravillosa.
Este es mi signo: Yo soy Amor, el Amor,
que siempre sello con un beso
de luz sobre su boca y el músculo
que contiene el gusto. Luego, después de
acariciarlo diestramente, le dí la vuelta
y me resfregué por su piel, mientras
mis dientes mordisquearon con gracia
su cuello a la altura dl nacimiento del cabello.
Y como el león a la leona potente,
lo seduje bajo mi mirada, y le di placer
inigualable. Me puse posteriormente
frente a su rostro iluminado y su mirada
reluciente, y me dijo suavemente: ¡me gustas!
Este sentir de tu ambrosía que me llena…
y la tersura de tu piel me anima
a seguir acariciándote al tiempo
que tú también me acaricias, león mío.
Y lamí sus pectorales y le di pequeños
mordiscos con fruición y sin dolor, …
que esa presión sobre el músculo del pecho
es gozo pleno, y nunca sufrimiento, y
sus pezones se pusieron duros al acariciarlos
con mis dedos, inflingiendo dulces toques
precisos sobre ellos, inundando su tacto de gozo.
Una leve presión sobre la epidermis
puede hacer saltar chispas de deseo;
y si no, recuerde cuando alguien
le dio una palmada soer los glúteos:
y rebosaste de alegría, candor y euforia.
¿Qué me quieres, corazón, a la luz
de este amanecer de rosas con espacios
reservados tan sólo a nosotros dos? Si,
tendrás tiempo para mí, que soy limpio
y estoy limpio; ¡y yo, para ti, amigo!
Las barbas no serán impedimiento,
esta vez, para sobarnos con unas ganas
y un deleite incomparables hasta ahora …
para ti. Me mirarás dulcemente, hombre,
y te daré a beber el elixir de la nobleza.
Me tendrás…, no lo dudes, por encima….
y no sufrirás por mí, queriéndome.
Luego te arrodillarás ante mi, y
succionarás el glande de mi vigor,
para más tarde introducirlo en tu boca.
Harás una preciosa engalanadura
con tus labios, y la tibieza de la saliva:
se hará gusto y regusto por la sal.
Así, te cogeré por las axilas y te levantaré,
e iremos al lecho a pacemos mutuamente.
Los dos desnudos, al descubierto, sin problemas,
con la mirada limpia y el corazón sereno,
tierno al momento de mirarnos, contentos,
bellos, luciendo el fuego delicado y, a la vez,
tremendo de nuestro deseo eterno.
Yo quiero recordarte, Guillermo, en otro tiempo,
en otra edad más antigua: ¿en Roma quizás?
¡Oh Laureano!, ¿qué me recuerdas entre las hierbas
del monte Capitolino retozando en la primavera?
Es posible que César nos envidiase a ti y a mí,
en aquella época gloriosa para el cuerpo
abiertos a los besos y al placer de los perfumes
y a los bálsamos, allá en las Termas de Caracalla.
Y así te abro mi corazón esbelto y alto
como el sol refulgente y pleno, para amarte
sin prisas ni ocasos, por siempre.
Haremos el “sesentaynueve”, querido,
la luz se encenderá sobre nuestro entendimiento
y gozaremos con el recuerdo de amarnos.
Así mi verga entre tus dientes, y la tuya,
entre mis labios ternos y calientes, apoteósicos
como el buen hacer del vino viejo, criado
en la bodega antigua del solar del castillo
que nos entrega
a la visión de aquel existir.
… de nuevo estamos frente a frente, camarada,
abriendo el apetito de la cadencia lujuriosa
de la presencia en el Amor más puro
Es este mi lumen, cariño: ¡Doy Amor
por ser amado, y porque me lo dicta
el músculo aguerrido que tengo latiendo …!
Te quiero, sin conocerte incluso, y conociéndote,
porque te sé bueno, honrado y recordado
de otro tiempo más arcaico que este presente
en el que estamos hoy. Si, Guillermo, tú fuiste
Laureano… y yo, Andrés, el comerciante griego
de la ciudad eterna… A posteriorí te ví
en el Loira: ¿no me rememoras todavía,
tanto ha cambiado mi apariencia, escudero?
Ahora vienes de nuevo a mí, y yo te regalo
con todo mi cariño los besos negros del alba.