S?bado, 11 de agosto de 2007

YOSE ALV?REZ-MESA


ganadora del segundo premio en el concurso de relato V?ctor Chamorro de C?ceres




CUENTO

EL SICARIO



Siendo yo un ni?o de pecho ya apuntaba maneras de sicario. Con infinita paciencia y los pocos medios de los que dispon?a, comet? mi primer asesinato, aunque no por encargo, claro est?, sino motu proprio. Mi abuelo, un hombre repulsivo que me llenaba de babas cada vez que se acercaba a darme un beso, pag? el pato de su osad?a muy pronto. Fue mi primera v?ctima en una larga lista de nombres, que me sirvieron para perfeccionar m?todos y acumular toda la sabidur?a que en un futuro hizo de m? el mejor en su profesi?n.
El abuelo H?ctor viv?a conmigo y con mis padres en un bonito chalet en la zona residencial m?s exclusiva de Gij?n. Ten?a una salud delicada, por lo que se jubil? pronto, y se pasaba el d?a en casa ocupado en sus muchos quehaceres: descansar, leer libros de historia y, de vez en cuando, cuidar de su nieto.
Pronto le cog? man?a. Tanta, que en cuanto lo ve?a acercarse me pon?a a berrear con todos los decibelios que me permit?a la garganta. Esto empez? a cambiarle el car?cter, de por s? afable, y se volvi? taciturno y pusil?nime. Consciente del poder de mis llantos, empec? a cogerle desprevenido y a gritar a pleno pulm?n en cuanto se descuidaba, lo que ten?a al hombre totalmente desquiciado. Le daba unos sustos de muerte, tanto es as? que un d?a su coraz?n se colaps? y le llev? directamente al otro barrio.
Fue un gran triunfo; me llev? mi tiempo pero me deshice del problema, lo que me hizo ver el poder que me hab?a sido conferido. Desde entonces fui creciendo en el total convencimiento de que podr?a conseguir todo aquello que me propusiera. Al mismo tiempo, fui desarrollando una atracci?n muy especial hacia la muerte: ahora est?s aqu?, ahora ya no est?s y nunca volver?s. Para m? era una especie de juego del escondite hecho con mis propias reglas. Esto me hizo pasar ratos inolvidables en mis juegos infantiles, ideando maneras y trampas, para una vez planeado todo al mil?metro pasar a la acci?n. De ser adulto me hubiera dado cuenta de la mal?vola inteligencia que dirig?a mis pasos, pero como era un ni?o peque?o no era consciente de la gravedad del asunto. Sin embargo, instintivamente sospechaba que no estaba bien cargarse a la gente, as? que siempre hice que pareciera un accidente, para que nadie pudiera luego echarme las culpas. Ah? estaba, por otra parte, lo divertido del juego: el que no te pillen, el desaf?o de la impunidad.
Mi afici?n desmesurada me llev? a deshacerme en mi infancia de unas cuantas personas que detestaba muy especialmente: una ni?era pat?tica y absurda que se empe?aba en ba?arme a todas horas en mis lejanos 4 a?itos; un se?or que vino una d?a de visita y se empe?? en sentarme en sus huesudas rodillas; algunos ni?os del colegio absolutamente repelentes; un profesor impresentable con un flequillo salido de no se sabe d?nde, porque estaba casi calvo? En fin, personas desagradables que afeaban el paisaje. Yo estaba seguro de que el mundo estar?a mejor sin ellas.
Al hacerme mayor perfeccion? a?n m?s mi natural predisposici?n hacia el asesinato. En la facultad hice verdaderas obras maestras. M?s tarde me puse a trabajar en el bufete de abogados de mi padre, y aqu? fue donde empec? a aceptar encargos por cuenta ajena, bien remunerados, que me hicieron amasar una fortuna en poco tiempo. Me cas?, tuve un hijo, y segu? con mi oculta afici?n a ratos libres, sin que nadie sospechase de mi doble vida. Mi inteligencia era muy superior a la media, por lo que con el tiempo me hizo discurrir los m?s variados y complicados sistemas para llevar a cabo mis prop?sitos. Jam?s repet? uno de mis m?todos, y jam?s cay? sobre m? la sombra de una sospecha. Era listo, s?, muy listo, astuto y sagaz.
Y digo era porque todo eso se acab?. Quiso la mala suerte que una ma?ana que sal?a presuroso de casa, tropezara con un juguete de mi hijo y me cayera por las escaleras rompi?ndome todos los huesos. Me qued? inservible e inm?vil para siempre jam?s, abandonado en este lecho de postraci?n y olvido.
Aqu? me paso el tiempo esperando las visitas que me alejen de este mortal aburrimiento. Yo, que jam?s soport? a mucha gente alrededor, debo permanecer al lado de un mont?n de f?siles que no hacen m?s que recordarme el lugar donde me encuentro y las vidas que estuvieron en mis manos, ahora in?tiles. No tengo otra cosa que hacer que inventar modos y maneras de erradicar de mi entorno a todos estos despojos humanos, cosa por otra parte imposible dadas mis circunstancias. De todas formas procuran no molestarme, la verdad es que casi todo el mundo me da de lado. Supongo que alguien habr? filtrado informaci?n sobre mi persona, la gente habla tanto? y en este sitio parece que no hay secretos para nadie, todo acaba por saberse. No se acercan a m?, parece que me tienen miedo. Qu? idiotas, como si desde aqu? pudiera hacerles algo?
Los visitantes son otra cosa, hay gente interesante y me divierto sobremanera con su presencia y sus caras llenas de vida. Pero estamos en agosto y no viene casi nadie, todo el mundo est? de vacaciones, nos dejan abandonados en este lugar inmundo, con un calor infernal incrust?ndose en nuestros pobres huesos y sin nada con que mitigar este jodido infierno m?s que el eterno fluir de un minuto tras otro.
A veces vienen a verme mi mujer y mi hijo. Aunque cada vez con menos frecuencia. Es natural, se han acostumbrado a estar sin m?, de la misma forma que antes yo les era imprescindible. Lo que es la vida. Pero atenci?n, parece que alguien se acerca. Qu? alegr?a, son ellos, hubiera jurado que esta semana tampoco vendr?an. Vaya, hoy les acompa?a Samuel. Siempre me cay? mal, es un pedante que mira a mi mujer con ojos l?nguidos. ?l era mi siguiente desaf?o, ya lo ten?a todo planeado para el d?a de mi accidente, unas horas m?s y me hubiese deshecho de ?l. Qu? suerte ha tenido.
Mercedes parece recuperarse de mi ausencia r?pidamente. No se la ve tan apenada como los primeros d?as, es m?s, tiene el gesto de ?estar?a mejor en cualquier parte que aqu? haciendo el parip?. Pero me ha tra?do flores, qu? bonito detalle, las formas no han de perderse. Las deja sobre la repisa y dice ??lvaro, dale un beso a tu padre?; y ?l lanza un beso al aire con toda su gracia infantil. Mi hijo tiene 5 a?os muy despiertos. Va de la mano de Samuel como a la fuerza, y le mira de reojo con infinito desprecio. Bien por ?lvaro, se ve que hasta nuestras antipat?as coinciden.
Samuel se queda como en segundo plano, oteando a su alrededor con cara de grima, mientras Mercedes coloca las flores en un jarr?n. ?lvaro se acerca m?s a m?. Musita unas palabras mientras me mira con sonrisa maliciosa: ?qu? f?cil ha sido matarte, pap?. Y sopla para limpiar los restos de tierra que se acumulan en las letras de mi nombre. A los cinco minutos se van. Este calor?
Qu? vac?o est? el cementerio en agosto.




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Yose Alv?rez-Mesa

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Publicado por gala2 @ 14:54  | RELATANDO
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