lunes, 28 de mayo de 2007

Poemas de JESÚS SÁNCHEZ

Los Dos Patios de mi Infancia




"...Y al final de todo...
¿De qué me ha servido opaca la vida
sino para perder mis ojos,
de triste mi herida?"
De "Ciego", en el poemario "Mirando adentro")


Aquella madrugada
la parturienta oscuridad
buscó refugio
en un solitario patio
de Alcalá de Guadaíra,
que parecía presentir y anhelar
el parto de la noche:
el alto limonero,
desnudo de alegrías,
tenía sus ramas plegadas,
porque ningún niño
deseaba ascender por ellas,
y la aburrida parra,
perdido su color
porque ningún juego
bajo ella se desplegaba,
no sabía graduar
los contrastes de luces y sombras
según le correspondiese...

Aquella madrugada,
rodeada de sombras y de distancias,
una mujer daba a oscuridad
un cuerpo inanimado,
cuyo espíritu se negaba
a entrar en el mundo,
hasta que, a los nueve días,
unas manos, con un golpe seco,
le arrancaron los recuerdos
que en conservar se empeñaba,
haciéndolo sentirse
como una herida sangrante...

Y comenzó a llorar.

1. Los patios

Entre el adusto sol
y el verde patio
se extendía la parra,
dándole otros contrastes
al sitio donde yo jugaba
junto a un limonero,
rodeado de macetas abiertas
y de cerradas ventanas.
Aunque no me daba cuenta
modulaba el color
con que veía mis juguetes
y con sus claroscuros
variaba su disposición,
ajustándola a una secuencia
distinta de sombras y luces.

Al otro lado de la casa,
en la parte de atrás,
había otro patio,
desmembrado
e impersonal,
al que se llegaba
por un callejón lleno
de jaulas de pájaros,
con un pozo ciego
y un corral de gallinas.
Era otro patio,
que yo visitaba
cuando quería descender
al país de los nomos,
bajando por el precipicio
de su oscura garganta,
o me iba de caza
entre los emplumados dragones...

Entre los dos patios,
Pero sobre todo
bajo la sombra
de la parra,
al cobijo del sol,
pasé mi infancia,
aquellos distantes años
rebosantes de rubor,
de inocencia
y de aprendizaje,
en los que mis ojos
se abrían sorprendidos
ante cuanto veían;
y bajo sus contrastes
aprendí que todas las cosas
tienen una parte de luces,
pero también otra de sombras.

Al descubierto,
sobre la desnuda aridez
del patio trasero,
poblada por un fantasma
que evitar quería
que me tragase
la boca del pozo,
y por duendes y hadas
tan caprichosos
como imprevisibles,
aprendí a medir
la sombra que los sueños
dejan donde otra cosa
no crece.

2. Los cambios

A la hora de la siesta,
cuando a los demás
se les cerraban los ojos,
a un costado
de la parra,
en la misma habitación
donde se abrió mi herida,
huyendo de la calor
que nos envolvía,
tu y yo,
ajenos a la somnolencia,
fuimos dejando caer
todas nuestras ropas....

Yo tenía siete años;
tu, unos meses más.
Fue nuestra primera vez,
pero también la última
para ti...
Aunque no recuerdo bien
lo que pasó,
se que fue hermoso,
muy hermoso.
Pero tu te llevaste
ese momento
apenas dos años después,
cuando te fuiste
donde el dolor
no existe,
y me lo dejaste
todo a mí.

Un día,
un triste día,
la parra
ya no estaba,
el patio
había cambiado,
parecía otro,
sin un sitio
para mis juegos infantiles;
ya no era mi patio.
El alto limonero,
siempre en su centro
y ahora sin los límites
que le imponía la parra,
parecía más alto,
abriéndome sus ramas
tentadoras...
Entonces descubrí
cuán atractivo era
para mis ojos.

Encaramado,
cada pié
de puntillas
sobre cada ramal
en que dividía
su tronco
el limonero,
todo mi cuerpo
estirado
y mis manos
alzadas,
queriendo alcanzar,
sin que nadie me viese,
sus verdes limones...
¡Tan solo un segundo
los rocé,
apenas por un segundo
pude sentirme
tan robusto y tan alto
como mi limonero!

Desde aquella altura,
mis ojos abiertos,
como dos estrellas
que curiosas sobrevolaban
otras alturas menores,
descubrieron algunos misterios
que sus sombras proyectaban
como infantiles juguetes,
exploraron sus contornos
y, ya inservibles, los dejaron
sobre el veraniego campo de batalla
de la aridez que separaba
los oasis de las macetas,
o sobre las selváticas espesuras
que verdeantes se elevaban
desde las pluviosas tierras.

Desde aquella altura,
encaramado
sobre mi limonero,
con mis ojos maestreando
oficio de parra,
mi cuerpo todo extendido,
de puntillas y estirado,
en el fugaz roce
de mis dedos
en los verdes limones,
se entreabrieron,
ni siquiera un segundo,
las puertas de los recuerdos
que eran míos
y que una noche me quitaron
con oscura premeditación;
pero entonces,
justo cuando podía recuperarlos,
me caí, ¡oh, doble dolor!
desde mi limonero
sobre mi herida,

Aquel fantasma,
en el que todos creían
aunque nadie más veía,
acabó por apartarme
del patio de mi ilusión
por desarmarme
de mi afán aventurero
y por devolverme
al patio delantero,
a los claroscuros
de mi mirada,
en los que descubrí
los mágicos escaques
de un tablero de ajedrez;
y de cuanto
dejé atrás,
en el otro patio,
nada perdí.

3. La lluvia

A otras cosas
comencé a jugar,
no en un patio
sino en la vida,
no con juguetes
sino con personas;
y entre otras cosas,
aprendiendo a amar
mal amando,
te perdí, amiga,
por querer tenerte,
¡qué cosa más loca!

Las gotas de lluvia
debían de ser más ligeras
que el aliento de tu boca,
porque yo no sentía
cómo me iban mojando,
quizás por cómo estaba
de sumergido en los océanos
de tus nocturnos ojos,
intentando atrapar
los peces de tus suspiros...
Tirando de mi mano,
me llevaste corriendo
bajo un saliente rocoso,
y allí,
apartados de todo
cuanto nos fuese ajeno,
nos pusimos a bailar
siguiendo el ritmo
con que bajaban las gotas
de lluvia por las ramas,
besando las hojas
tan suavemente
como mi boca buscaba la tuya,
y con que los chorros
saltaban desde las rocas,
buscando impacientes
horadar la tierra,
como mis manos
arrugaban tus topas,
mientras caían los botones
como frutas maduras,
descubriendo el camino
hacia tus verdes limones...

Entre dos mundos,
entre dos vidas
y entre dos patios,
¿dónde sufrí
mi herida,
de dónde
manó la sangre?
Donde se cruzaban
la parra y el limonero,
en ese punto elevado,
la cruz de mis deudas,
donde mi mirada
reconoce mis contrastes,
brotó mi herida
y fructificó
como un ramo de mentiras.

¿Qué podría decirte?
con el roce
tan firme
de dos limones,
como abierta
era tu sonrisa,
llenaste de promesas
y de maravillas
los dos cuencos
de mis manos,
y con un fugaz beso
que me supo a amargo
de mí te alejaste,
diciéndome que no,
cortando el aire
con tu mirada: que no...
Aquella herida,
aquella natalicia borrachera
de mis rojas carnes,
aquí sigue,
como una resaca
abotargadora,
cegando
con el dolor
de sus mentiras
los poros de mis edades.

Crujió el aire
con los truenos,
se quebró
con los rayos
y se iluminó
cuando abriste
tus ojos;
sin darnos cuenta,
la lluvia
había inundado
nuestro baile...

Mi herida,
eso que no quería ser,
contando y sopesando
cada gota de sangre
con la que llenaba de contrastes
mi visión del juego;
mi vieja herida,
mi dolor,
obligándome a mantenerme
en equilibrio
para no caerme,
una vez más,
del limonero
en ese oscuro pozo
de mi ayer.

Empapado por la lluvia,
como si sudor fuera,
deseando,
necesitando
que tu fueras tu
y no una sombra
de mis siete años
ni un juguete
con instrucciones de uso,
luchando,
necesitando
salir del pozo ciego
que era mi vida,
guiado por tus ojos
y llevado por tu mano.



4. Mi herida

Las sombras
de los recuerdos que perdí,
la distancia
de la felicidad que antes gocé,
la frialdad
de la locura con que febrero
me acogió...
Todo eso,
en un solo momento,
un largo memento de nueve días
manchado en rojo
sobre pared blanca;
así es su sombra,
tan larga
como larga es la distancia
que llevo recorrida
y que aún no he dejado atrás,
y así es la mentira
que tan lejos me mantiene
de mi centro
y en cuyo interior
persisto.

Mi vieja herida
la alumbró
en un infantil intento
de protegerse,
en mis rojas carnes
clavó sus raíces
y de mi sangre
se alimentó....
¡Cuántos años
procreando,
cuántos parias
han brotado
de tan vieja mentira!
¡Tanta demanda
de protección,
tantas capas
de cuidadosas defensas
y tanta necesidad
de seguir cubriendo
la capa anterior!

Aquella herida,
esas mentiras
y este muñón,
este triste, grotesco
y deforme muñón
que me desequilibra
y me hace caer
sobre mi vieja herida
por el peso acumulado
en mi costado
con tanta farsa.
Por si, nada es;
sólo mi ceguera,
un sin sentido,
la oscuridad de una noche
de frío invierno
envolviéndome
y cubriéndome
con el velo
que me impedía recordar
quien yo soy.

...Y nos mudamos.
Calle arriba, muy arriba,
quedó aquella casa,
mi primer hogar,
con su alto limonero,
pero sin los claroscuros
de su graduada parra
y sin su fantasma.
Nos mudamos.
Atrás, muy atrás,
quedaron aquellos años
de mi infancia
y adolescencia
tan difíciles
como hermosos,
que sigo
llevando conmigo,
porque aún Algunas Noches
me veo encaramado
a mi alto limonero,
o sigo teniendo siete años
y sigo con ella...

Y me siento feliz.



INDICE

Aquella madrugada
I.- Los patios
Entre el adusto sol
Al otro lado de la casa
Entre los dos patios
Al descubierto
II.-Los cambios
A la hora de la siesta
Un día
Encaramado
Desde aquella altura
Aquel Fantasma
III.- La lluvia
A otras cosas
Las gotas de lluvia
Entre dos mundos
¿Qué podría hacer?
Aquella herida
Crujió el aire
Mi herida
Empapado por la lluvia
IV.- La herida
Las sombras
Si fuera capaz
Mi vieja herida
Aquella inocencia
Aquella herida
Como tres estrellas
Y nos mudamos




P#15.0.- Los Dos Patios de mi Infancia
Autor: Jesús Sánchez Jurado
(Enero-febrero 2003)

Publicado por gala2 @ 10:10 | POEMAS | 2 Comentarios | Enviar

Comentarios

Añadir comentario

  • Autor: nombre
  • Fecha: lunes, 28 de mayo de 2007
  • Hora:11:16
¿Quién eres, Jesús Sánchez? Conozco tus patios, la lluvia sobre los limones, ese devenir calle arríba, calle abajo. Gracias.

  • Autor: nombre
  • Fecha: miércoles, 13 de junio de 2007
  • Hora:22:32
Me gusta mucho cñomo cuentas aquellos momentos. Yo también soy de Alcalá de Guadaíra y conozco esos sitios de los que hablas, me parece estar allí, viviendo lo que cuentas. Espero leer mñas cosas tuyas.