De esta parte (Prólogo del poemario
Vecindades del aire)
Hay libros que nacen del dolor, otros del amor o de su pérdida; algunos nacen de la observación y del estudio consciente de un fenómeno…, y los hay, como éste, que brotan tras la lectura de un poema: Todo comienza con la llegada de un libro en forma de regalo; la casualidad quiere que el libro se abra por la página 23 y que allí, “entre dos luces”, surja la magia: ese reverso del aire (que bien pudiera ser el otro lado del espejo o las fases de la luna), esas vecindades inapelables de la incertidumbre, necesarias para comprobar que la nada colinda con la nada.
Hablo del bello poema que J.M.Caballero Bonald incluye en su Manual de infractores, recientemente publicado. Los versos finales de este poema: detrás del aire, el aire, informan y cuestionan: de esta parte ¿qué queda? De esta parte queda, entre otras cosas, este poemario que tienes en las manos: concebido gracias a ese “rastro de cenizas”, a ese “largo velo incoloro” que es el aire atrapado por Bonald.
Los poemas contenidos en estas vecindades son fruto de la introspección, de una cierta persistencia en la meditación, y de una incorregible necesidad de la palabra cómplice, desertora, displicente…, irónica. Una “suite” de poemas en los que se muestran pequeñas cosas, minúsculas sensaciones procuradas por los mínimos detalles cotidianos: los externos (un ruido, un café, un libro, una carta, una alfombra, una rosa…) y los internos (el dolor, el desamor, el recuerdo, las pesadillas, la búsqueda de respuestas…).
Vecindades del aire está lleno de sugerencias, de preguntas, de dudas…; y concluye con la evidencia del vacío en el sentido más oteizano del término: ése que, desde el reverso del aire, procura una profunda sensación de levedad: la misma inconsistencia que, parafraseando a San Juan de la Cruz, permite el único vuelo capaz de dar sentido a nuestro paso por el mundo.
Sin embargo, Vecindades del aire no es, ni lo pretende, un libro “grave”; ni siquiera el carácter ontológico de algunos de los poemas consigue eclipsar los matices de su ingrávida fortaleza. Sus páginas son un guiño, un deseo manifiesto de complicidad, una invitación a la empatía.
Es un libro para quien conoce y frecuenta, como tan bien señala Bonald, “los intramuros irreparables de la soledad”: Poemas para leer siguiendo el orden deseado; versos para degustar sin prisas o para devorar si el tiempo apremia. Palabras para releer cada vez que necesites inventarte la vida: Vecindades.
Angela Serna
Txalaparta, 31/12/05
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