LA PARED TRANSPARENTE
Concha García
Confieso que de la obra de Ernestina de Champourcin, cuyo primer libro fue publicado en 1926 En silencio no me gustaba casi nada. Me comprometí a participar en esta mesa porque considero que debemos rescatar del olvido histórico a muchas poetas que poco a poco van siendo borradas del mapa del campo literario.
Para mi sorpresa, después de este verano, a medida que me sumergía en su poesía comprobaba que la mayoría de poemas de juventud y madurez seguían sin interesarme demasiado, sobre todo por reiterar una y otra vez la asunción del papel de esposa feliz y la penetración cada vez con más fuerza en lo religioso y como mujer siempre renunciaba a su yo independiente. Reconocía, eso sí, su magisterio y su don para la palabra. Fui descubriendo que la poesía publicada a partir de 1978 con el libro Primer exilio me interesaba y me gustaba. Tenía ya más de setenta años cuando comienza a liberarse de la coraza que llevaba puesta a su yo poético cuya envoltura tenía el nombre de Dios.
Ernestina de Champourcín fue una de las poetas más importantes de la denominada Generación del 27 y una traductora importantísima, cuya labor no ha sido tampoco lo suficientemente reconocida. Segun José Angel Ascunce, la paradoja de esta situación se debe en primer lugar, a que ser mujer en una actividad, la literaria, considerada hasta hace poco como ejercicio exclusivo de los hombres, significaba un serio gravamen para la valoración objetiva de la propia creación literaria. Las presiones que recibió Gerardo Diego desde diversas instancias para excluirla de la obra antológica Poesía española (Madrid, 1934), como aconteció con otras poetas de su tiempo, es un buen ejemplo de esta realidad.
Si nos ponemos en lugar de cualquier mujer nacida en España a principios del siglo XX veremos que ella fue ciertamente afortunada. Pudo estudiar bachillerato en el Instituto Madrileño “Cardenal Cisneros” y también idiomas. Su educación fue trilingüe, razón clave para poder entender su importante trabajo de traducción en la obra de madurez. Leyó a los poetas románticos franceses desde muy joven, influencia natural ya que su apellido Michels de Champourcin, se remonta hasta el siglo XIII y procede de la Provenza. En el siglo XVIII la familia se estableció en Barcelona, de donde era natural su padre.
A partir de los 6 años se desplazan a vivir a Madrid. Cuando Ernestina era todavía muy joven puede establecer amistad con Juan Ramón Jiménez cuya poesía admiró siempre, y a su esposa Zanobia Camprubí, asistía a las lecturas poéticas en la Residencia de Estudiantes de Rafael Alberti, o a las tertulias literarias como las de Concha Méndez y Manuel Atolaguirre ya en los años treinta. Cuando en 1928 publica su segundo poemario Ahora, conoció al que sería su esposo al poeta Juan José Domenchina en el estudio del pintor Valentín de Zubiaurre, Ernestina además pertenecía a la sección de literatura del Lyceum Club Femenino de Madrid. Al casarse en 1936 con Domenchina, afiliado éste a la Izquierda Republicana como secretario del gabinete diplomático del presidente de la República Manuel Azaña, tuvieron que moverse al ritmo que imponía el séquito presidencial: pasan por Cataluña y el sur de Francia hasta llegar a México. Escribe el profesor Ascunce que “el exilio para la poeta no fue ni doloroso ni traumático como lo fue para su marido. De espíritu aventurero y amante de los viajes, la escritora alavesa tomó el destierro como un viaje de aquellos que imaginaba y narraba en tiempos de su niñez”.
En 1936 se publicó Cántico inútil, un poemario donde el desgarro existencial, el tema de la maternidad, la presencia de Dios como salvación, la queja constante y un lenguaje que toma el soneto o el romance como modelos, ciñendo aquellos versos a unos modos que no daban luminosidad a lo que decía, a pesar de que son versos sentidos, dolientes, anhelantes, la voz poética se dirige a un tú personal y hacia un todo La persona y la naturaleza aparecen como sujetos receptores de la palabra poética para llegar a un proceso de indagación poética donde destacan la idea de la eternidad y de totalidad:
Dios en mi para siempre, a pesar de tus manos
Y de tu ausencia viva, que ningún cielo borra,
A pesar del abismo que socaban tus besos,
A pesar de mi carne impregnada de ti.
Dios en tu frente, sonriendo en la cima
Que abrió sobre tu espíritu su claridad señera;
Dios en ti, a pesar de mi cuerpo encendido,
De mis labios que enturbian el agua de tus ojos.
Como muestra de los comentarios que su poesía despertaba a la crítica, os leo lo que escribió el influyente crítico Guillermo de Torre: “por más que lo intente la poetisa no logra ser intelectual, su sentimiento es demasiado fuerte para ser dominado” y escribe en El Sol el 13-6-1936: “Ya que la mujer nunca sabrá sofisticar mentalmente sus emociones, por la sencilla razón de que, como ha escrito Simmel, en la vida de la mujer se identifica profundamente el ser y el sexo”.
Según otro estudioso, Juan Cano Ballesta, en “Poesía Española entre pureza y revolución 1930-1936”, escribe respecto a la poesía de la poeta vitorina: “El amante esquivo es sombra que ella presiente, que se alza en la oscuridad. Ella espera anhelante que sea anulada y quede invadida de luz. La poetisa gusta también de la expresión material, dura, concreta, sangrante, metálica, creando con ella una poesía intensa y desgarradora.”
¿Realmente ella esperaba anhelante a que fuese anulada por el amado? Es algo que debería estudiarse. Tengo entendido que los poemas eróticos de Domenchina, su esposo, tenian la particularidad de estar bastante salidos de todo y ciertamente apuntaban a una misoginia implícita, pero este no es el tema que nos ocupa.
Hasta 1952 con la publicación de Presencia a oscuras pasan casi quince años desde el anterior libro publicado. Una serie de poemarios posteriores como El nombre que me diste, 1960, Carcel de los sentidos, 1964, Hai_kai espirituales, 1967, Cartas cerradas , 1968 y Poemas del ser y el estar, 1972, seguirá en ese tono donde la voz poética experimenta vivencias extremas de enajenación y sublimación. Desde la muerte de su marido, en 1959, su poesía cada vez se acerca más a una búsqueda mística del ser celestial. La poesía se hace ante todo oración y el destinatario es Dios.
Los anhelos del sujeto poético se quedan en un mundo para mi gusto demasiado connotado por lo religioso. La poeta no se enfrenta a su soledad cantándola o rememorándola, sino exorcizándola mediante dicha enajenación religiosa.
Presencia a oscuras
Sólo por aquel momento
Y aquella luz en la noche,
Aquella presencia a oscuras...
Aquella contigüidad
Más estrecha que un abrazo,
Aquella angustia trocada
En lumbre de amaneceres
Solo por aquella voz
Esencia de tus silencios;
Aquel ademán exacto
Sin volumen ni contorno,
Aquel estar junto a mí
Cuando todo me faltaba.
De esa experiencia íntima, “iluminación instantánea de la presencia divina”, dice el profesor Ascunce, nace la obsesión poética de la búsqueda de Dios. La búsqueda se convierte en un largo y penoso proceso interior de indagación expresado poéticamente a través del símbolo del camino. Aunque también se impone con fuerza otro de sus símbolos: el muro que no sólo ejemplifica la interrupción del camino sino especialmente el ocultamiento de la luz divina. El muro, que dará posteriormente paso a la “pared”, significa anulación del ser y negación de la divinidad, y sin embargo entre sus grietas entran resquicios de luz divina:
¿Dónde querrá que vaya, si no quedan caminos?
El que me dio termina contra la cal de un muro
Ese muro que quiebra la plegaria más honda
Y se yergue hace años, obstruyéndome el cielo.
En esta etapa poética, la presencia de Cristo, el Padre y el Espíritu Santo, ha dado como resultado que la crítica le llame un fundamento trinitario. El exceso de religiosidad, si no estuviera tan condicionado por las figuras del cristianismo, quizás habría seducido a mayor número de lectores contemporáneos.
Como he dicho antes, hay una poesía escrita a partir de 1973, cuando ella ya alcanza casi los setenta años, que es la que más me interesa. Y no sólo eso, creo que se debería rescatar en una nueva edición esta poesía que poco tiene que envidiar a la de poetas como la peruana Blanca Varela, o la argentina Olga Orozco. Su vuelo es alto y enigmático, en sus versos interroga acerca de lo humano y eso facilita los referentes al lector. Como apuntó la poeta alemana en su estudio sobre la lírica, Hilde Domin, hay que escribir acerca de lo veraz. Y en esa nueva etapa Ernestina lo logra porque sus versos connotan la veracidad de la búsqueda que lleva realizando desde siempre, pero esta vez, a solas, sin que la figura de Dios esté omnipresente.
Estamos ante una mujer que regresa de su exilio en México después de 33 años, de los cuales pasa 13 sin su esposo. En 1972 concretamente regresa a Madrid. Pero no se le da el reconocimiento institucional que cualquier poeta varón hubiese tenido.
En 1991 la editorial Anthropos, y gracias a la subvención del Departamento de Cultura y Turismo del Gobierno Vasco, edita Poesía a través del tiempo, con un estudio de José Angel Ascunce, una antología que desgraciadamente ya no podemos encontrar sino en algunas bibliotecas.
En el año 1999, año de su muerte, la Editorial Castalia edita la Antología de poetisas del 27 a cargo de Emilio Miró. Tuvo sus detractores en la prensa nacional, recuerdo un artículo cuando murió Ernestina de Miguel García Posada en el que la denostaba como poeta y desde luego no aceptaba que ninguna mujer estuviese en el parnaso poético del 27.
Primer exilio, 1978, La pared transparente, 1984 y Huyeron todas las islas, 1988 son un ejemplo de la más alta poesía de la autora que indaga acerca de lo humano y se detiene en la inutilidad de los movimientos apresurados. Cuando escribe Primer Exilio tiene más de sesenta años. Al llegar a Madrid después de su exilio, en 1972, ve un Madrid que no se parece al que dejó y esa experiencia desencadenará este poemario. Como escribe Asunce, la vuelta definitiva a España, más concretamente a Madrid, reverdece experiencias y vivencias de su pasado juvenil, propiciando recuerdos y evocaciones de su vida anterior. Los lugares, las personas, las cosas, etc., despiertan la memoria afectiva de la escritora, que propicia el recuerdo de hechos pasados, pero esta vez va a acercar los hechos, los objetos al poema, no habrá tanta distancia entre la voz poética y lo que nos dice, su poesía pretende más la búsqueda a través de lo humano, no sólo de lo divino. En Primer exilio logra una fusión sencilla e intensa que evoca un itinerario físico, tal como ha observado Emilio Miró, que va desde Madrid hasta México, pasando por Valencia, Cataluña y Francia- que era, a la vez, un éxodo colectivo, una tragedia histórica y un profundísimo desgarramiento personal. Se nos narran experiencias vividas en el largo viaje, pequeños sucesos, objetos humildes, y emociones diversas, algunas deslumbradoramente estéticas.
Buñols
Una grieta de luz
Abriéndose camino
De pronto
En nuestras sienes.
Las voces sorprendidas
Ascendieron de tono.
¿era cierto el paisaje?
Aunque sólo durara
Lo que un débil chispazo
Se nos impuso a todos.
Y fuimos otra vez
Andadura gozosa
De lo verde a lo azul
Y quisimos perdernos
En aquel vericueto
De trébol con rocío.
¡una grieta de luz
en la ya larga noche!
Todo el itinerario del exilio, escrito curiosamente al regresar a España, contiene una esencia de veracidad que sólo el poema es capaz de transmitir. La última parte del libro, “Poemas con Rilke al fondo”, un poema predilecto de Champourcín, reanuda el discurso meditativo. Pero es en la segunda sección de Primer Exilio “Etapas de un tiempo”, donde el profesor Miró ha visto el testimonio emocionado y dolorido y en donde el lirismo trasciende a la anécdota, y sobre todo en “El último diálogo” recreación de la última noche de la existencia de Juan José Domenchina, del que transcribo una estrofa:
Todo quedó en la noche
Porque al volver el día
La mitad del diálogo
Se había cercenado.
Tan sólo una palabra
Reiteración monótona
Medía dos insomnios
Paralelos, heridos.
Pasaron 6 años hasta que se edita La pared transparente. Ahora el muro se convierte en pared y la pared simboliza la muralla, con la particularidad de que desde la misma puede divisarlo todo:
Obstrucción
Todo es dique, muralla,
Bloque de soledad,
De asfixia, de silencios.
No hay sol que lo atraviese,
Ni llama que lo funda.
Ciudad desierta
Aquí no hay nada, nadie.
Entre tanto gentio
Nadie va, nadie viene.
Sólo se toca el aire,
Silencio en el bullicio,
Vacío en la palabra
Oquedad en movimiento,
Presencia sin personas.
Las calles son aquellas ya descritas por Baudelaire en 1851, “sea cual sea el partido al que se pertenezca, sean cuales fueren los prejuicios que le hayan alimentado a uno, no conmoverse ante el espectáculo de esa multitud enfermiza que respira el polvo de los talleres (...) Esa multitud suspirante y lánguida a la que la tierra debe sus maravillas”. La poesía de Champourcín adquiere conciencia de lo que ya escribió Baudelaire e interpretó Walter Benjamín. El héroe moderno era un hombre, una mujer de esa multitud. Todos los hombres de esa gran ciudad parecen seres sin corazón y rostros sin miradas –escribe J.A Ascunce-, representa la ciudad de la soledad, del silencio, de la desesperación y de la muerte.
Paisaje urbano
Largas calles sin rostro.
Hay cuerpos jadeantes
Que parecen buscar
Algo desconocido.
Van en serie empeñados
En ser iguales todos,
En fundirse en un solo
Deambular sin prisas.
¿Hacia qué? ¿Para qué?
¿es estar en la luna
pisar este desierto
de hombres y edificios?
No hay oasis frondosos
Donde la sed se apague.
Amar, correr, pasar
De un desamor a otro,
De soledades solas
A la atroz soledad
Compartida entre varios
(...)
La mirada de la poeta ya no se desvía solamente hacia la esperanza de que un Dios la reciba y la redima en un futuro. Ahora ésta también deambulea con sus semejantes y pienso que esa toma de postura le otorgan, a estos versos, una indiscutible modernidad. Ni el lenguaje resulta gastado a fuerza de los tópicos de siempre, ni el relato, en heptasílabos blancos, resulta abigarrado. Su ligereza nos parece afín porque el ritmo rápido y dotado de una mirada perspicaz aunque también crítica, se deja caer en la lectura con toda naturalidad.
La pared transparente podría ser ese bloque de palabras que se convertirán en poema en cuanto la mirada de la poeta sepa cómo colocarlas, descifrarlas. La pared, como la existencia, es un reflejo que sólo dura un instante:
Reflejo del que pasa
Y esboza una sonrisa,
No hay muchas paredes
Con un sol en sus entrañas
Una cruzó mi calle
En rauda primavera.
La poesía de Ernestina de Champourcín busca una verdad, y por lo tanto, sus versos contienen algo de sabiduría. “Se van concretando los recuerdos del exilio: la larga travesía por el mar, la llegada al puerto de Veracruz, el encuentro con una tierra de nuevos colores y nuevas fragancias, los años de vida en México que van calando como llovizna pertinaz hasta las médulas del corazón, el sentido de provisionalidad del exilio, la soledad y el vacío tras la muerte del esposo”. No estoy muy segura de que el exilio actuase tan negativamente en la vida de la autora alavesa, me decanto en pensar que lo que más le dolió a su regreso fue precisamente la pérdida de todo aquello: treinta años en un país son suficientes como para que una se sienta también parte del mismo. La vejez, la falta de fuerza, la melancolía, la certeza del paso del tiempo, todo ello formaba parte también de un muro:
De cara a la pared
Yo no quiero mirarla,
Ni mirarla ni verla
Y mis ojos se van
A llanuras de oro,
A horizontes sin sombra,
Y trepo hacia su cima,
Pero sube más alto.
Un resquicio, una quiebra
En su lisura blanca,
Un trozo solidario
Que florezca de musgos,
hormigas, mariposas (...)
¿No habrá quien la derrumbe? Se pregunta al final del poema. Sólo a través del amor puede pacificarse, esa razón de amor a la que se llega después de haber tenido la suerte de vivir una existencia tan completa. El mundo, poblado de nadas que tropiezan con las paredes, incapaz de comunicarse, permite una búsqueda de una pared transparente que le facilite la comunicación con aquello que amó y que ama. Sus creencias religiosas siguen inamovibles, pero se han suavizado, han adquirido ligereza, y el amor es menos egoísta puesto que no va a ese Dios trinitario, sino hacia una luz plena e indefinible.
Curiosamente a los 83 años otra obra, Huyeron todas las islas, sorprende a todos. La intuición de su muerte, la conciencia clara de que va a estar en paz consigo misma y de que por fin entrará en un diálogo con esa divinidad con la que dialogó siempre, sus poemas son nítidos y clarividentes. Contra toda esperanza de continuar viviendo mucho más tiempo, estos poemas son exquisitos hallazgos amorosos.
Cuando se nos revelan las rosas de aquel tiempo
Y entre las manos crujen
Unos tallos quebrados,
¿dónde pueden alentar lo que pasó
y adivino,
lo bello que persiste y es y será siempre?
No se cuentan los años: lo que queda es un zumo
De perfección extraña,
Lo que vale y sonríe porque ya es
Eterno.
Y no es en el aire, ni en el mar,
Ni en la hola donde puedan hallarse
Los relevos que faltan;
Y no es necesario que se trate de rosas,
Todo es flor si se quiere
Y se sabe cogerlo. (...)
La vida se resume en una sabiduría delicada que abarca cualquier acto, cualquier recuerdo, sólo hay que saber cogerlo, apresarlo. Como explica J.A Ascunce, en esta poesía se refleja que el hombre, mientras se vive, expresado simbólico de hiedra, asciende por el muro de la negación, imponiendo una marcha terca siempre encaminada hacia lo alto en busca de luz y de sol. La muerte es el tema de estos versos, pero también la reflexión sobre la existencia.
En 1996, con 91 años, un nuevo opúsculo, Presencia del pasado, constituido por 10 poemas escritos entre 1994 y 1995 que continúa con la misma indagación existencial desde un presente, abocado a su final, la sed de plenitud no cesa en las composiciones y con una de ellas quiero cerrar esta pequeña ponencia en homenaje a Ernestina de Champourcin
V
Y era todo distinto y todo transparente,
Claroscuro de ahora sin aquel gozo enorme
A nivel de alegría.
¡Qué sorda diferencia,
qué difícil plegarse a esta falta de cielo,
de horizontes borrosos
y caminos sin límites!
Plegarse al no tener,
Al no ser, al no oírse latir lo que nos marca el alma.
BIBLIOGRAFÍA
MIRÓ, Emilio, Antología de poetisas del 27, Ed. Castalia, Madrid 1999
ASCUNCE, José Angel, Poesía a través del tiempo, Ed Anthropos, Barcelona 1991
Ernestina de Champourcin- Centro Cultural de la Generación del 27- Málaga 1991
CANO BALLESTA, Juan, Poesía española 1930-1936, entre pureza y revolución, Ed. Gredos, Madrid 1972
CHAMPOURCIN, Ernestina de, Antología poética, Prólogo y selección de Luz María Jiménez Faro, Ed. Torremozas, Madrid 1988
BENJAMÍN, Walter, Poesía y capitalismo, Ed. Taurus, Madrid, 1990.
(Artículo del libro ACTAS DEL VIII ENCUENTRO DE POETAS, Diversidad de voces y formas, editado por Diputación Foral de Alava, 2006)