Augusto Rodríguez
(Guayaquil, Ecuador, 1979)
Augusto Rodríguez es licenciado en Comunicación social. Entre sus poemarios están: Mientras ella mata mosquitos (2004), Animales salvajes (2005) y La bestia que me habita (2005). Varias antologías locales y en países como España, Uruguay y Argentina recogen parte de sus textos. Ha obtenido el Premio Nacional de Poesía David Ledesma Vásquez (2005), el Premio Nacional Universitario de Poesía Efraín Jara Idrovo (2005) y Mención de Honor en el Concurso Nacional de Poesía César Dávila Andrade (2005). Es el fundador del grupo cultural guayaquileño Buseta de papel. Editor de la revista literaria El quirófano.
BEBERÉ MI INFANCIA
La ciudad y Dios duermen
y yo solo soy un vagabundo
con horas extras que vive moribundo
en su quinta guerra mundial.
Soy un demonio de cuerpo invisible
que se sumerge en el dolor de sus asesinatos,
de sus heridas profundas, de sus úlceras.
Solo estoy en compañía de mis fantasmas
donde sólo beberé mi infancia.
Los muertos duermen, descansan en sus guaridas,
con hambre se vuelven cazadores violentos.
Lo sé porque yo también soy otro muerto,
que en cada estación va dejando un amor falso,
un hijo mal parido,
un muerto más para los obituarios.
La ciudad y Dios duermen
y yo solo soy un vagabundo
que tiene miedo de seguir viviendo
y que solo pretende cerrar los ojos
y descansar a orillas del río X
Me dicen que estoy muerto
pero que debo seguir viviendo.
Solo sé que beberé mi infancia
y desapareceré ante los millones de ojos
de buitres de esta ciudad.
ESQUELETOS ENTERRADOS
Ellos no llegarán a la cita
seguramente porque se fugaron
de la fiesta con la puta más barata.
Encontrarán alguna mesa
y beberán aguardiente
e intentarán cruzar al otro mundo.
Sé que no se escaparán
porque todavía les falta mucho por beber
por amar por copular por escribir.
Siempre los recordaré
como los pequeños magos de la miseria
que inventaron con su cuerpo desnudo
el mejor poema para ganar la victoria
como nuestros héroes,
para no quitarse las máscaras
ante los monstruos de cinco cabezas.
Pero un día no volverán
y yo tampoco volveré a verlos
como los he visto.
Sólo serán decenas
de esqueletos enterrados en este mundo.
Algun día se sentarán a la orilla del mar
a leer sus mejores poemas.
No seremos nosotros.
(Información cortesía de http://www.destiempos.com)