lunes, 05 de marzo de 2007
“La casa donde viven las dos viejas inglesas está en medio de un enorme lago de flores silvestres. Para llegar hasta ella hay que caminar medio kilómetro entre margaritas y amapolas. Ya al pie de los peldaños de madera que suben a la veranda, al visitante, cubierto de polen amarillo, lo posee una dulce sensación de irrealidad”

Las viejas inglesas toman té en el porche.
Un conejo blanco huye entre las flores
y en la mesa verde reposa Lewis Carroll.
Las viejas inventan, mirando visillos,
las hadas que filtra la luz de la tarde.
En los cuartos húmedos trasguean los recuerdos.
Si alguien lee a Charles Dickens, ellas aparecen.
Huele a naftalina y a violetas secas.
Un aroma a muerte o pasado inunda
la escalera rota, el jardín, las tazas.
Juegan a las damas. Regalan a un niño
el amor romántico de su juventud.
Viven olvidadas en la primavera.
Conduce hasta ellas un prado dormido
en la luz de Mayo que cierra los ojos.
Si alguien las comprende, se pierde en los libros
que hablan de las cosas que nunca se alcanzan.
Junto a la cancela, una joven triste
que murió hace tiempo, espera la noche.
Montado en un carro, pasa el aguador.

(De Maldevo)


Al final de esta calle hay una casa
donde no vive nadie.
Y en su patio un farol de luz amarillenta
que brilla débilmente entre geranios, retama y madreselva.

Al final de esa casa hay un reloj de péndulo
dictando su ritmo inexorable
a los muebles callados, los jarrones de china
y las camas intactas.

Al final, que ya entonces no existe, del reloj,
está la muerte. Y allí una puerta
para los que comprenden y los que no comprenden,
que da al jardín.

(De Maldevo)


La niña de los pájaros ha olvidado su nombre
y pregunta a la estatua reclinada de mármol
que le dice: Este sitio no finge su condena.
Cuando desaparezca, tú te vendrás conmigo.
La niña de los pájaros cantará esas palabras
cuando salte a la comba sin esperar el fin.
Y en el juego suave de la tarde que muere
con el vuelo que mima se salvará su alma.

(De La belleza es el ángel del misterio)


Se vestirá de estrellas la tristeza
y el mundo será una dulce geometría.
Caminarán los animales de las fábulas
por las fiestas de las avenidas
y los hombres, olvidados del día en que nacieron
y de sus domicilios,
parecerán niños de vacaciones.
La muerte
será arrastrada por el viento.

(De La belleza es el ángel del misterio)


Bajo la luna china de la noche estival te dibujaste. En el aire cantaba Li-Pó. Tú llenabas de vino fantasma su taza fantasma. Yo lo bebía enamorado.
¿Qué seda tejeré para decir aquellas noches? ¿A qué placer suave voy a llamar para que no se escape de estas líneas el aroma donde vibraba el nombre perseguido, ignorado, que huía con tu silueta por la senda del brillo del rompeolas?
En la nota de un saxo que sonaba en Calypso me perdí sobre el agua. (Al fondo me llamaban las sombras de los barcos). Tú pisabas medusas, descalza.

(De El mar tiene hoy color de estar pensándose)


La primavera se ha parado detrás de las ventanas y no ha querido entrar en esta casa. Yo lo había preparado todo para ella. Había guardado en el desván las cosas del invierno. Había puesto visillos y alegres cortinas de lino ligero para que la brisa fresca y leve de la tarde las moviera y entrara el sol y acariciase el rincón de la humedad. Pero el sol no ha pasado. No ha tocado, siquiera, el alféizar; ni el aire se ha atrevido a rozar esas telas quietas, serias como un niño enfermo.
Me he retirado entonces a mi alcoba, que es la habitación más lejana y oculta. Y allí, postrado en el centro de la penumbra, mis ojos fijos en la pared blanca de enfrente, he sentido dentro de mí un pájaro muriéndose. Por el ventanuco de la celda entraba la luz dorada del final de la tarde. A lo lejos, una casita pequeña vertía una delgada volutilla de humo en el cielo incierto de esa hora. Supe que allí, más allá de aquel sitio, un caminante venía hacia mi casa. Su figura, que yo no veía, aparecía y desaparecía entre los recovecos de la vereda que cruza la región. Hacía mucho tiempo que había partido y ahora llegaba ya avanzando en medio de las sombras .
La noche se fue cerrando poco a poco hasta borrar el día.
Afuera, la primavera arrastraba su aroma entre los callados almendros en flor.

(De El mar tiene hoy color de estar pensándose)


El agua fría que besa la arena es el símbolo de la resurrección. Su transparencia es la negación de la muerte. Su origen, el misterio, el miedo y la alegría de lo irreversible. Me he tirado de cabeza a una ola. Mientras mis ojos contemplan el silencio de las algas y los peces y, después, al salir, el aire y sus perfiles, recuerdo. Y no sé si sé.

(De El mar tiene hoy color de estar pensándose)



(Pueden entrar en la Web de Félix "El fantasme de la glorieta" desde aquí -enlaces-)
Publicado por gala2 @ 5:08  | POEMAS
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