Mi?rcoles, 21 de febrero de 2007
VIENTOS DEL PUEBLO ME LLEVAN


Vientos del pueblo me llevan,
vientos del pueblo me arrastran,
me esparcen el coraz?n
y me aventan la garganta.

Los bueyes doblan la frente,
impotentemente mansa,
delante de los castigos:
los leones la levantan
y al mismo tiempo castigan
con su clamorosa zarpa.

No soy de un pueblo de bueyes,
que soy de un pueblo que embargan
yacimientos de leones,
desfiladeros de ?guilas
y cordilleras de toros
con el orgullo en el asta.
Nunca medraron los bueyes
en los p?ramos de Espa?a.
?Qui?n habl? de echar un yugo
sobre el cuello de esta raza?
?Qui?n ha puesto al hurac?n
jam?s ni yugos ni trabas,
ni qui?n al rayo detuvo
prisionero en una jaula?

Asturianos de braveza,
vascos de piedra blindada,
valencianos de alegr?a
y castellanos de alma,
labrados como la tierra
y airosos como las alas;
andaluces de rel?mpagos,
nacidos entre guitarras
y forjados en los yunques
torrenciales de las l?grimas;
extreme?os de centeno,
gallegos de lluvia y calma,
catalanes de firmeza,
aragoneses de casta,
murcianos de dinamita
frutalmente propagada,
leoneses, navarros, due?os
del hambre, el sudor y el hacha,
reyes de la miner?a,
se?ores de la labranza,
hombres que entre las ra?ces,
como ra?ces gallardas,
vais de la vida a la muerte,
vais de la nada a la nada:
yugos os quieren poner
gentes de la hierba mala,
yugos que hab?is de dejar
rotos sobre sus espaldas.
Crep?sculo de los bueyes
est? despuntando el alba.

Los bueyes mueren vestidos
de humildad y olor de cuadra:
las ?guilas, los leones
y los toros de arrogancia,
y detr?s de ellos, el cielo
ni se enturbia ni se acaba.
La agon?a de los bueyes
tiene peque?a la cara,
la del animal var?n
toda la creaci?n agranda.

Si me muero, que me muera
con la cabeza muy alta.
Muerto y veinte veces muerto,
la boca contra la grama,
tendr? apretados los dientes
y decidida la barba.

Cantando espero a la muerte,
que hay ruise?ores que cantan
encima de los fusiles
y en medio de las batallas.

EL NI?O YUNTERO

Carne de yugo, ha nacido
m?s humillado que bello,
con el cuello perseguido
por el yugo para el cuello.

Nace, como la herramienta,
a los golpes destinado,
de una tierra descontenta
y un insatisfecho arado.

Entre esti?rcol puro y vivo
de vacas, trae a la vida
un alma color de olivo
vieja ya y encallecida.

Empieza a vivir, y empieza
a morir de punta a punta
levantando la corteza
de su madre con la yunta.

Empieza a sentir, y siente
la vida como una guerra,
y a dar fatigosamente
en los huesos de la tierra.

Contar sus a?os no sabe,
y ya sabe que el sudor
es una corona grave
de sal para el labrador.

Trabaja, y mientras trabaja
masculinamente serio,
se unge de lluvia y se alhaja
de carne de cementerio.

A fuerza de golpes, fuerte,
y a fuerza de sol, bru?ido,
con una ambici?n de muerte
despedaza un pan re?ido.

Cada nuevo d?a es
m?s ra?z, menos criatura,
que escucha bajo sus pies
la voz de la sepultura.

Y como ra?z se hunde
en la tierra lentamente
para que la tierra inunde
de paz y panes su frente.

Me duele este ni?o hambriento
como una grandiosa espina,
y su vivir ceniciento
revuelve mi alma de encina.

Lo veo arar los rastrojos,
y devorar un mendrugo,
y declarar con los ojos
que por qu? es carne de yugo.

Me da su arado en el pecho,
y su vida en la garganta,
y sufro viendo el barbecho
tan grande bajo su planta.

?Qui?n salvar? este chiquillo
menor que un grano de avena?
?De d?nde saldr? el martillo
verdugo de esta cadena?

Que salga del coraz?n
de los hombre jornaleros,
que antes de ser hombres son
y han sido ni?os yunteros.

A MI HIJO

Te has negado a cerrar los ojos, muerto m?o,
abiertos ante el cielo como dos golondrinas:
su color coronado de junios, ya es roc?o
alej?ndose a ciertas regiones matutinas.

Hoy, que es un d?a como bajo la tierra, oscuro,
como bajo la tierra, lluvioso, despoblado,
con la humedad sin sol de mi cuerpo futuro,
como bajo la tierra quiero haberte enterrado.

Desde que t? eres muerto no alientan las ma?anas,
al fuego arrebatadas de tus ojos solares:
precipitado octubre contra nuestras ventanas,
diste paso al oto?o y anocheci? los mares.

Te ha devorado el sol, rival ?nico y hondo
y la remota sombra que te lanz? encendido;
te empuja luz abajo llev?ndote hasta el fondo,
trag?ndote; y es como si no hubieras nacido.

Diez meses en la luz, redondeando el cielo,
sol muerto, anochecido, sepultado, eclipsado.
Sin pasar por el d?a se marchit? tu pelo;
atardeci? tu carne con el alba en un lado.

El p?jaro pregunta por ti, cuerpo al oriente,
carne naciente al alba y al j?bilo precisa;
ni?o que s?lo supo reir, tan largamente,
que s?lo ciertas flores mueren con tu sonrisa.

Ausente, ausente, ausente como la golondrina,
ave estival que esquiva vivir al pie del hielo:
golondrina que a poco de abrir la pluma fina,
naufraga en las tijeras enemigas del vuelo.

Flor que no fue capaz de endurecer los dientes,
de llegar al m?s leve signo de la fiereza.
Vida como una hoja de labios incipientes,
hoja que se desliza cuando a sonar empieza.

Los consejos del mar de nada te han valido...
Vengo de dar a un tierno sol una pu?alada,
de enterrar un pedazo de pan en el olvido,
de echar sobre unos ojos un pu?ado de nada.

Verde, rojo, moreno: verde, azul y dorado;
los latentes colores de la vida, los huertos,
el centro de las flores a tus pies destinado,
de oscuros negros tristes, de graves blancos yertos.

Mujer arrinconada: mira que ya es de d?a.
(?Ay, ojos sin poniente por siempre en la alborada!)
Pero en tu vientre, pero en tus ojos, mujer m?a,
la noche contin?a cayendo desolada.

Tags: Miguel Hernández

Publicado por gala2 @ 10:29  | POEMAS
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