Desde la piel del aire
Conocí a Yose en el acto de entrega de los premios Ernestina de Champourcin 2005, galardón que obtuvo en la edición que conmemoraba los cien años del nacimiento de nuestra poeta vitoriana. Hoy, un año más tarde, Diputación Foral de Alava publica su poemario Estampas de invierno y ella me pide que lo acompañe con un prólogo. Desde hace tiempo sólo escribo sobre aquello que me conmueve, aquello que me permite ponerme en otra piel y que “presiento como un latido próximo”. Estampas de invierno me ha conmovido, me ha movido a caminar por él, con él, de la mano de su autora. Esta es la razón por la que he aceptado este honor que Yose me brinda. Intentaré transcribir en este breve espacio algunas de las impresiones que estas estampas atrapadas en el papel me han sugerido y algunas emociones que el hilo de la lectura ha ido hilvanando “sobre los dobladillos de la tarde”.
“No te conozco sin embargo /…/ nuestras soledades caminan paralelas”
Antes de conocer a Yose ya conocía sus poemas, y he de confesar que al leerlos sentí un ligero escalofrío por la espalda. Desde el primer momento sus versos se quedaron prendidos a mi piel, esa misma piel a la que Yose acude con frecuencia: “la piel del mundo”, “la piel de las palabras”, “la piel del aire”, “tu piel”, “mi piel”, “piel desguarecida”, “cansancio en la piel”…; una piel en la que me reconozco y desde la que comparto esa relación con ciertas zonas del lenguaje, ese caminar por un alambre arriesgado y esa espera náufraga presente en la poesía de esta autora. Me veo en la poesía de Yose como en un espejo, “espejo adormecido”, en el que, invertida, recupero mi imagen. Es como si “Entre dos luces” , Yose fuera capaz de captar “el reverso del aire, ese largo velo incoloro, ese rastro de cenizas pendiente del vacío” que, al igual que el vacío de Oteiza, tan consistente como la piedra o el hierro, se convierte en materia poética. Pues la poesía de Yose parece dar respuesta a la incógnita planteada por Caballero Bonald: “¿Ha valido la pena/ llegar hasta estas vecindades/ inapelables de la incertidumbre/ sólo para volver a constatar/ que la nada colinda con la nada?” Estampas de invierno demuestra que ha valido la pena aunque sólo sea para poder “aprehender” el “universo”: ése que conforman las pequeñas cosas cotidianas, esas diminutas estampas que, a pesar de sus paradojas o por ellas, descubren los secretos que habitan de este lado del aire o del espejo. Todas esas cosas (“brezo, rosal, coral o adormidera…”) bañadas (“pespunteadas, deshilachadas, sin costuras…”) por la sombra (“bruma, crepúsculo”) que resumen la esencia de lo que somos o aspiramos ser: “la nieve purifica los recuerdos”.
Como buena amante que es de la fotografía, en la poesía de Yose hay un lado “objetivo” capaz de atrapar los mínimos detalles que sólo un ojo entrenado puede ver. Hay además un componente “onírico” que dota al conjunto de una tonalidad “mágica”, acercándose o alejándose en función de las metáforas que filtran cada una de las reflexiones de la autora (la muerte, la guerra, el paso del tiempo, el miedo, la soledad, el amor, la esperanza, la melancolía…): sensaciones reunidas, en parte, en ese hermoso poema-epitafio titulado “la esquela”:
“cuando sea una esquela en blanco y negro/ escapado el color quién sabe dónde/ se acordarán de mí los infinitos/ juglares que mis ojos inventaron// cuando veas la esquela con mi nombre/ piensa que apenas tuve vida propia/ que fui engranaje en mecanismo ajeno/ y lo poco que viví me fue robado// y aquí continuaré amarrando instantes/ en los que nunca nada sucedió/ aquí estaré hasta el momento último/ esperándolo todo imaginando”.
Poema-epitafio y poema-poética donde la autora ofrece algunas pistas sobre su relación con las palabras, su única posesión: “todo cuanto yo tengo son palabras”.
Treinta son los poemas que configuran estas “estampas de invierno”, título también del primer poema: un largo poema estructurado en cinco partes escritas entre el martes 20 y el domingo 25 de noviembre de 2001, que contiene algunas de las claves del libro: escritura vertical atravesada por grandes blancos que son unas veces silencio, otras un murmullo o incluso un grito contenido: “un silencio azul como la luz, o los pasos, o los lazos de las trenzas, o el paisaje”, silencio “arropado por un suave murmullo de las olas”; un silencio al que “nada impide rebelarse”. Y unos versos cortos donde el endecasílabo convive con metros variables que se deslizan por la página de manera natural, imperceptible casi, allí donde el tiempo (“flecos de la luz”) y el espacio (“esquinas del día”) se conjugan un martes en un “aire espeso y puntiagudo” que cubre “la piel del mundo”. Allí donde “escapar es como aligerar el alma, sentir en las manos el tiempo caminando y reinventar los días”. Allí donde viento, agua, arena y fuego se alían en noviembre agitando todas las conciencias que, una vez abiertas las “fisuras”, confinan a un deambular sin “sueño” ni “recordar”, sólo “vacío”: “todos los deseos/ se desploman sin peso/ ni masa ni volumen/ y caen en el olvido/ como el aire en el viento”.
Treinta poemas que trazan el itinerario de un viaje al interior de “un lugar, como diría Claude Esteban , fuera de todo lugar” : la poesía. Esta poesía en la que Yose invoca recuerdos, esperanzas, temores… con palabras mimadas, acariciadas o fustigadas por el flujo y el reflujo que el mar, en todos sus alientos, arrastra al atardecer, “bajo el manto del tiempo”, al contemplar “el horizonte de ausencias y silencios”. El mar, la nieve, la naturaleza entera son aquí el imaginario geopoético de esta autora que consigue que los poemas fluyan en filigrana de página a página igual que lo harían las aguas de un río (“serpenteante río de plata”) deslizándose hacia el mar, que aquí no es el morir sino el resurgir de un paisaje que regresa cada invierno: “estampas que pasaron por aquí/ hace tanto tiempo vuelven// inviernos después el mismo agua/ el mismo río el mismo puente”. Un mar-poemario “batido por las olas de noviembre”, en el que cada etapa (fechas y títulos) está marcada por una respiración cambiante en función de las sensaciones y de la mayor o menor urgencia en plasmarlas en este libro que se deja leer como las fotos de un álbum, en el que espacios y tiempos transforman cada “retazo” de vida en preciadas gotas de poesía.
“Marzo no debe detenerse”
Auguro un futuro brillante a esta poeta que “rodea la cintura de los árboles” arriesgándose a que “la fotografía emane hasta mi orilla /…/ ensambladora de imágenes dispersas/ hasta hacer realidad un imposible.”
Deseo que a los ya numerosos premios obtenidos sigan sumándose otros muchos y que, más allá del mundanal ruido, siga profundizando en “esa luz de invierno” que el mar, su mar, le ofrece. Sólo así “abril” podrá desatar “los nudos de un febrero confuso”. Sólo así marzo no se detendrá y podrá responder sin temor “a la única pregunta que queda por hacer”. La única, tal vez, que conduce al secreto de la poesía.
Ángela Serna
18/09/2006
Poema de invierno
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