miércoles, 17 de enero de 2007

LA POETA CONCHA GARCÍA

ÁNGELA SERNA

CONCHA GARCÍA, POETA DE LAS MIL Y UNA VOCES

POESÍA ESPAÑOLA CONTEMPORÁNEA:


Esta es la cuarta escala en nuestro viaje a través de la poesía española contemporánea. Hoy atracamos en un puerto llamado Concha García donde nos detendremos con plena conciencia de que “la poesía también es cosa de mujeres”, algo demasiado obvio hoy pero que no siempre ha sido así en nuestro país ni en ningún otro. Recordemos que es en 1985 cuando se publica la antología de poesía que lleva por título Las Diosas Blancas , haciéndose de dominio público algo que muchas, y algunos, ya sospechábamos: también hay mujeres poetas. Años más tarde, en 1997, la editorial Hiperión publica la antología Ellas tienen la palabra , con un número de poetas lo suficientemente representativo como para confirmar que la poesía escrita por mujeres tiene un peso específico dentro del panorama poético español.

Es en Ellas tienen la palabra donde descubro a Concha García. Desde entonces he seguido su obra y he quedado atrapada en su poesía, especialmente en su poemario Arboles que ya florecerán que más adelante pasaré a presentarles.

LA AUTORA:

Concha García nace en La Rambla (Córdoba) en 1956. Desde su infancia reside en Barcelona, ciudad en la que realizó estudios de Filología Hispánica. Como a muchos otros escritores, a Concha García siempre le gustó mirar y escuchar cuanto ocurría a su alrededor, costumbre que inició en su infancia y que no parece haber perdido con los años. De hecho, considera que “la curiosidad y la ingenuidad fueron los estímulos y la fuente de su escritura”. También, como en muchos otros casos, Concha García confiesa haber sido una gran lectora hasta el punto de leer cuanto caía en sus manos, ya fueran cómics, el reverso de los cromos de las tabletas de chocolate, vidas de santos, o cualquier otra lectura que encontraba en la biblioteca de su abuelo. Algo importante en ella, que la diferencia de algunas mujeres poetas, es precisamente el hecho de que se identificaba más con los personajes masculinos, activos, que con los femeninos, mucho más pasivos y aburridos.

Su gran capacidad lectora y la necesidad de descubrir algo nuevo en la literatura la llevó muy pronto a elaborar su propia tradición, su propio canon de lecturas que, en buena medida, estaba constituido por autores extranjeros que le procuraban un punto de vista muy distinto al de la tradición española.

Desde sus inicios como poeta, Concha García construyó un sujeto poético afín a su experiencia, pero siendo consciente de que “a veces no soy yo quien habla, sino mis otredades” , haciendo suya la máxima que tan cuerdamente expresara el joven poeta Rimbaud a finales del siglo XIX.

También desde el principio, movida por un afán de innovación, intentó “subvertir el lenguaje cambiando la sintaxis, alterando el orden gramatical y mediante el empleo de neologismos y la fracturación de los finales” , característica ésta visible en todas sus obras.

Además de poeta, Concha García es una de las fundadoras del Aula de Poesía de Barcelona y de la Asociación de Mujeres y Letras, cuyo objetivo fundamental es dar a conocer la obra de mujeres poetas; también es colaboradora de los periódicos ABC Cultural y Avui en su sección de libros, así como codirectora de la prestigiosa revista Ficciones que se edita en Granada. Mujer implicada directamente en la promoción de la literatura escrita por mujeres, colabora activamente en los Encuentros de poetas que desde hace unos años vienen organizándose en nuestro país con una amplia representación de escritoras de todas partes del mundo.

LA OBRA:

Poeta desde casi siempre, Concha García ha publicado buen número de poemarios entre los que cabe destacar Otra ley (Víctor Orenga, Valencia,1987), Ya nada es rito (Editora Municipal, Albacete,1988), Desdén (Libertarias, Madrid,1990), Pormenor (Libertarias, Madrid,1993), Ayer y calles (Visor, Madrid,1995) y Cuántas llaves (Icaria, Barcelona,1998) , libro que precede al que analizaremos aquí. En 2001 presentó su primera novela que lleva por título Miamor.doc (Paza & Janés, DeBolsillo, Barcelona), una novela de gran contenido poético -no en vano está escrita con fragmentos no incluidos en su poemario Arboles que ya florecerán- que le da la oportunidad de mostrar explícitamente una historia de amor entre mujeres -punto de vista lésbico presente también en sus poemarios-.

Sus trabajos sobre poesía han sido publicados en revistas como Ínsula, Revista de la Universidad de México, Taifa, Zurgai, Cuadernos Hispanoamericanos, Texturas... Son varias las antologías , nacionales e internacionales, que acogen la obra de esta poeta galardonada con varios premios: “Barcarola” con el poemario Ya nada es rito (1987), “Jaime Gil de Biedma con Ayer y calles (1994), o Premio Poesía “Aula Negra”, Universidad de León, con el poemario Por mi no arderán los quicios ni se quemarán las teas (1984); en 1986 quedó finalista del premio “Claraboya”.

En la trayectoria poética de Concha García existen varios momentos clave marcados por sus poemarios Pormenor, que introduce un giro en su producción, y Arboles que ya florecerán, su último poemario y el más maduro de todos.

Con el fin de comprender la importancia de su evolución poética nos detendremos un instante en los poemarios Otra ley, Ya nada es rito y Desdén, concebidos por la autora como un tríptico: Escritos a finales de los años ochenta, estos poemarios se centran en el empleo de “una lengua desbordante y laboriosa que materializaba la singularidad de una voz que apostaba por marcar sus distancias respecto a la inteligibilidad del poema”. En los tres, incluso en poemarios posteriores, la autobiografía ocupará un espacio destacado, aunque, en todos ellos, se verá complicada e incluso expulsada del libro gracias a la utilización de mecanismos destinados a hacer desistir al lector de cualquier interpretación simplista en este sentido.

En los tres poemarios la autora analiza las cosas centrándose en los mínimos detalles; ahora bien, “quien escribía habla de la vida y de sus hechos, pero parecía hacerlo no con nosotros, sus lectores reales, sino con ese oyente inscrito en la propia escritura (...); es precisamente ese interlocutor implícito en la obra quien determina la condición formal de ésta”.

Pormenor será un poemario más reflexivo, en el que la escritura parece abrirse al diálogo no ensimismándose tanto. Aquí, aparece una mirada mucho más “relativizadora” (anclada en la monotonía característica en la producción de la autora, mucho más marcada aún si cabe). Y, aunque centrado en el desamor, como los poemarios anteriores, se observa una mayor madurez. Aparece también un sujeto poético múltiple y los otros encuentran, por fin, un espacio: su propio espacio. Por otro lado, se observa un descentramiento del sujeto poético, que ya se intuía en poemarios precedentes y que se acusará igualmente en poemarios futuros: En Pormenor “una mujer se ladea y piensa”, en Ayer y calles “ el sentimiento nocturno/ hace que se balancee la vida de los demás/ en la mía propia”. En Desdén “verla acercarse a los lindes de todo/ como si el centro fuese un lado...”.
Tanto en Pormenor como en los poemarios posteriores la mirada tendrá una gran importancia. La observación se revela como componente esencial para la escritura, y los otros (mis otredades incluídas) desplazarán, en alguna medida, al yo del poeta.

En todos los casos se pone de manifiesto la afirmación y presencia de un yo femenino fragmentado, consciente de que yo es otro, aunque este hecho sea mucho más evidente y necesario a partir, sobre todo, de Ayer y calles, tal y como señala la propia autora: “Ahora me interesa el juego a dos o tres voces, darles salida a todas las que soy”.

Son tantas las claves de la obra de Concha García que para entenderla parece fundamental reflexionar a partir de las palabras que Váquez Montalbán señala en el prólogo de Cuántas llaves: “De espaldas al camino, la mujer que protagoniza este libro de poemas se sabe personaje, es decir, un personaje explícito al servicio del relato de desencuentros esenciales. No estamos ante la complicidad del poeta convertido en punto de vista falsamente extranjero de sus propias experiencias, sino del poeta implicado en ellas...”

Y es que aunque no siempre obra y autor, en este caso autora, van de la mano, creo que no me equivoco al decir que en el caso de Concha García, la persona y la obra se complementan a la perfección: piel y poesía, metáfora y vida en perfecta simbiosis.

A partir de aquí, nos detendremos en Árboles que ya florecerán, por ser un compendio de los múltiples registros utilizados por la autora a lo largo de su trayectoria como poeta, al tiempo que el inicio de una evolución visible, sobre todo, en su escritura.

ÁRBOLES QUE YA FLORECERAN

Al leer Árboles que ya florecerán de Concha García se intuye, al igual que en la obra de Flaubert, la presencia de una música de fondo que, de manera casi imperceptible, se impone a la lectura y acompaña a la escritura formando parte de ella, pero siendo algo distinto a la vez. Creo, además, que Concha García, como Flaubert, piensa que se puede hacer una obra en la que todo pueda ser materia de escritura, y que también comparte con él la búsqueda de una cierta “imparcialidad” al pretender que el autor esté ausente, y si no ausente sí, al menos, que sea “invisible”: estrategia que domina magistralmente Concha García, quien parapetada tras esos “árboles que ya florecerán” de Clarice Lispector crea un yo, que son muchos yos al mismo tiempo, en una aparente disgregación que no es otra cosa que la cristalización del yo a lo largo de la existencia y de las sensaciones.

Arboles que ya florecerán se instala en el terreno de la no-certeza que el adverbio ya introduce en el sintagma: son 9 las ocasiones en las que explícitamente aparece la figura del árbol en el poemario y, salvo una alusión concreta al “álamo negro” (“y la posesión tiene forma de álamo negro”, p. 50), dos genéricas a los “árboles” (“Arboles deprisa son difuminados”, p. 44; “otros árboles/ de la misma familia”, p. 50) y la constatación “los árboles florecen cuando saben” (p. 47) o “los árboles florecieron hace tiempo” (p.61), en el resto de ocasiones, el término aparece acompañado del adverbio “ya”:

“Pero árboles que ya florecerán./ Estancamiento en la visita” (p. 29); “de pies en la sombra, sabemos/ que los árboles ya florecerán./ Estancamiento por distancias” (p. 32); “en un plato vacío, qué adorable/es mirarte. Arboles ya florecidos.” (p. 40); “en este lugar donde/ los árboles ya florecerán” (p. 67)

Pero, aunque instalado en la no-certeza, el libro, impregnado de una gran sensualidad, no renuncia al deseo-convicción de una cierta esperanza en el amor a través de los años: “árboles ya florecidos, árboles que ya florecieron, árboles que ya florecerán... pues sabemos que los árboles florecen cuando saben”; unos años que se rinden ante el pasado y el futuro y que abren una grieta en el presente, mucho más indefinible, mucho más efímero.

Todo el poemario se asienta en esa línea inconsistente de lo probable, en esa paradoja que produce el deseo y en la que siempre se sitúan los sueños (aquellos que se tienen despiertos), lugar privilegiado desde el que es posible recuperar los pedazos de la existencia y hacerse un porvenir en el que “los árboles florecen cuando saben” y como pueden, aunque ya florecerán o nunca florezcan:

...No quiero
que te distraigan las carcasas
de la fruta que se cayó hace tiempo
los árboles florecen cuando saben... (p.47)

Esos árboles, metáfora de la existencia o de las existencias del yo poético, se articulan en torno a los síes y noes que van surgiendo en el camino y que Concha García recrea sobre un escenario reconocible por las referencias a la ciudad, la calle, el autobús, los libros, etc. y por un léxico propicio a la empatía . Un escenario más complejo de lo que puede parecer en un principio, pues esa referencia externa, reconocible en las cosas y en los lugares, no es sino la carcasa, la corteza de lo que corre por el interior de un tronco que se resquebraja, se tambalea, se ladea y, en su “diagonalidad”, muestra la inestabilidad del ser.

Inestabilidad reforzada por la cita de Cioran que, junto a la de Clarice Lispector, ayuda a la poeta a construir parte del andamiaje del poemario, al tiempo que introduce una clave importante para el lector:

“Este es el drama de todo pensamiento estructurado: el no permitir la contradicción. Así se cae en lo falso, se miente para resguardar la coherencia. En cambio, si uno hace fragmentos, en el curso de un mismo día puede uno decir una cosa y la contraria. ¿Por qué? Porque surge cada fragmento de una experiencia diferente y esas experiencias si son verdaderas: son lo más importante”

El fragmento como único espacio desde el que mostrar, en aparente caos, los trazos, retazos y momentos de la existencia desde la contradicción y desde el recuerdo y la memoria: mirando hacia atrás, como si lo que queda delante, ese porvenir incierto, “no fuese considerado” y sin que por ello ese mirar hacia atrás, o desde atrás, suponga una renuncia voluntaria a lo que será, a lo que florecerá si es que un día florece. Pues la vida, aunque discurre inevitablemente hacia un mañana, no es una línea recta ni está inmersa en un único tiempo, cada experiencia es un fragmento de esa vida, “y esas experiencias, como dice Cioran, son lo más importante”:

En sombras emerge una conciencia
Tomando el sol con las dos,
Cambiamos de retrato y de poemas
De textura y de materia,
Nos regalamos antologías
De pies en la sombra, sabemos
Que los árboles ya florecerán... (p.32)

El poemario de Concha García, Árboles que ya florecerán, es la muestra de una poesía muy personal y, aunque encontremos en él ecos de las múltiples lecturas de la autora , entre otras de Adrienne Rich: las calles, los años, el paso del tiempo, la vivencia del amor... pues de alguna manera, los árboles de Concha García como los de Adrienne Rich “aún florecen cubiertos de cicatrices” , o ecos de un cierto Neruda trasmutado y trascendido , así como de ciertas vanguardias ..., no obstante, la autora crea un universo personal muy próximo del terreno biográfico, pero en un sentido diferente a lo que generalmente entendemos por biografía, pues, aunque anclada en la primera persona, Concha crea un espacio paradigmático en el que nada, ni siquiera ése, o esos yos, se muestran sin ambigüedad: nueva plasmación de la inconsistencia; podríamos decir, incluso, de un cierto misterio pretendido, que no premeditado, en el que los niveles de escritura y los registros de pensamiento tejen un pentagrama en clave de monólogo interior altamente connotado y renovado, acentuado si cabe por la utilización de la cursiva, marca indeleble de la diversidad de voces presentes en el poema.

En Arboles que ya florecerán no hay autocomplacencia, ni siquiera complacencia, sino una mirada exterior e interior al mismo tiempo: como un observarse desde fuera al tiempo que se vive desde dentro... experiencia que no se muestra en su devenir, sino en su reiteración, perduración en el tiempo: en otro tiempo: el de la fotografía, la memoria, el recuerdo, o lo que es lo mismo aquello que la memoria, siempre selectiva, construye y hace perdurar aunque sea lo más inestable: algo a lo que aferrarse: Un ejemplo claro lo encontramos en el poema de la página 42:

“Es un día cualquiera/ las ventanas abren/ paso a una luz/ bajo la mujer que/ de las briznas construye/ una maleta compacta,/ blusas sueltas y botones,/ qué decir de ellos/ si fueron la imagen/ más libre de la fotografía/ caída sobre el pecho./ Quiero deshacerme de todo/ ¿sabes? Así que lárgate/ mi delicadeza llega/ hasta la silueta de un sobre.”

Otros tiempos atrapados en el único tiempo posible: el que nos enfrenta al espacio: resorte que nos cuadra frente a la existencia. Y si una melodía o un sabor permitían al protagonista proustiano recuperar vivencias del pasado, en Concha García son los objetos, las cosas de un espacio a veces compartido, las que traen a la memoria algunos momentos de la coincidencia, sobre todo, amorosa :

no depende de una
ni de otra, ni de instantes
de días, ni de volcarse
calle abajo como con prisa,
sino de un ansia que se prolonga
hasta que se vuelca la silla
donde te sentaste
en una misma habitación... (p.53)

Y aunque el libro se sitúa fuera del tiempo cronológico, en un tiempo recompuesto y recuperable por los fragmentos de existencia, de la primera a la última página puede observarse una ligera progresión en espiral: si el primer poema está marcado por la terminología de la ruina: descomposición, apuntalar, resquebrajar, parapeto, estatua rota, amputación, etc. y por sensaciones como la desgana, la frustración, el dolor... , el último lo está por una cierta certeza del amor, el cambio de paisaje, un cierto renacimiento, una cierta esperanza: “árboles que ya florecerán”.

Y es que Árboles que ya florecerán está lleno de claves visibles a través de sus puertas y ventanas , de sus alusiones a la edad, a la muerte, a la desesperanza, al dolor: ese “álamo negro”; visibles a través de los contrastes: ausencia / presencia, estatismo / movimiento... :


“INMOVILIZADA por el amor
la única actividad natural
en permanente deslizamiento
cuerpo abajo (arriba un azul
enmarcado en ocho por catorce)
era que no se obstruyese
la naturaleza del amor... (p.30)

A pesar de ser una llamada al 112 (teléfono de urgencias), el poema brinda varias lecturas y permite observar, una vez más, la naturaleza de los límites: los de un marco, los de la edad, los del amor, los del deseo... Pero, pese a tantas limitaciones, el libro se clausura -queda abierto?- desde un “te quiero”:

... Te quiero.
Lo dice la voluntad de desasirme
y el edificio de enfrente
y el pertinaz son del cielo
que llega hasta aquí
en este lugar donde
los árboles ya florecerán. (p.67)

Un final de poema, y de poemario, que nos recuerda los últimos versos de “Le Lac” de Lamartine, en los que el poeta suplica a la naturaleza para que haga perdurar la huella de la amada y del amor compartido en el pasado: “que tout dise, ils ont aimé”, traducido en el poema de Concha García desde el convencimiento a través, también, de las manifestaciones externas al propio ser que siente y disfruta en el momento presente: “te quiero”.

Sólo me resta invitarles a leer los poemas de Concha García y a descubrir sus llaves, tantas como son necesarias para abrir las puertas de un poemario escrito probablemente, como decía Rilke, “desde una absoluta necesidad”.


NOTAS

Hiperión, Madrid.
Hiperión, Madrid. A cargo de Noni Benegas y Jesús Munárriz, con prólogo de Noni Benegas. En esta antología aparcen poemas de Eloisa Otero, Angeles Mora, Olvido García Valdés, Ana Rossetti, Amalia Bautista, Ruth Toledano, Julia Otxoa, etc. Todas ellas grandes voces de la poesía española contemporánea.
Ediciones Igitur/Poesía, Montblanc, 2001. Con prólogo de Olvido García Valdés.
Ellas tienen la palabra, p. 227.
Celan, Stevens, Rich, Bachmann, Trakl, Milosz, Holan, Ajmátova, Moore, Clarice Lispector, Pessoa, Eliot..., tal vez esta influencia es la que hace que todos los poemarios de Concha García contengan citas de autores que, de alguna manera, condicionan o predisponen su lectura.
Ellas tienen la palabra, p.227.
Op. Cit., p. 228.
Además tiene publicados Por mí no arderán los quicios ni se quemarán las teas (Margen, León,1986), Diálogos de la hetaira (Barcelona, 1986) y las plaquettes: Rabitos de pasas (Cuadernos del Mar, Valencia,1981), Trasunto (Ultismo, Madrid,1986), Horizontalidad (Fernán Núñez, Córdoba,1991), Y lo de ella (Barcelona,2001).
Conversaciones y poemas, Siglo XXI, Madrid, 1991; La prueba del nueve, (Antonio Ortega), Cátedra, Madrid, 1994; Ellas tienen la palabra, (Noni Benegas y Jesús Munárriz), Hiperión, Madrid, 1997; De lo imposible a lo verdadero, Antonio Garrido, Madrid, 2000; Historia de la literatura española, Crítica, Madrid, 2000. Entre la antologías extranjeras: Poesia espanhola de agora, de J.M. Magalhaes, Relógio d´Agua Editores, Lisboa, 1997; Agenda An Anthology of Spanish Poetry, Vol. 35. 2 London, 1997; Antología della Poesia Spagnola dal 1961 ad oggi. Nove Amadeus Edizioni, Citadella, Italia, 1996; Sette Poeti Spagnoli d´oggi, Emilio Coco, traductor. S.M.S. de Carolis. San Marco in Lamis (FG), Italia, 2001.
Arboles que ya florecerán. p. 9.
Op.cit. p. 10-11.
Op.cit. p. 228.
En unos casos la poeta se entretiene dando pistas al lector/a, mientras que en otros parece jugar a despistarle.
M. VAZQUEZ MONTALBAN, “Las manos llenas de llaves en una realidad sin puertas”, prólogo del poemario de Concha García Cuántas llaves, Icaria Editorial S.A., Barcelona, 1998. p. 7.
Marulho e silencio/ leve porcelana/ temple submerso/ trigo e vinho/ tristeza de coisa vivida/ árvores ja floresceram.
Concha García apuesta por un lenguaje próximo, acorde con los tiempos que le han tocado vivir. En este poemario la bebida, signo de socialización, de lugares de encuentro y diversión, ocupa un gran espacio, aunque en este caso representa el mundo cerrado y solitario del yo poético, como si la bebida formase parte del ritual de encuentros y desencuentros consigo mismo a través de la rememoración de momentos vividos y disfrutados junto al ser amado: la constatación de una soledad sin remedio.
Pues Concha García no tiene ningún problema a la hora de nombrar sus lecturas, sus gustos poéticos... y, lejos de quienes defienden una escritura “libre de influencias”, en ella hay guiños explícitos e implícitos a otros poetas.
De Veintiún poemas del Amor, de Adrienne Rich. También la poeta alemana Hilde Domin, como otros muchos poetas, utiliza la metáfora del árbol en su poemario publicado con el título Der Baum blüht trotzdem (El árbol, sin embargo, florece), aunque en este caso el punto de partida es bien distinto: el convencimiento. Uno de sus poemas, traducido al español por Rafael-José Díaz, ha sido publicado en el número 5 de La Ñ literaria que edita La Comisión de Cultura del Excmo. Ayuntamiento y Biblioteca Municipal de Dueñas y que coordina el poeta palentino Julián Alonso.
“Me gusta mirarte cuando me vacío...” (p.40) que reenvía a ese “me gusta cuando callas / porque estás como ausente / y me oyes desde lejos y mi voz no te toca... de Veinte poemas de amor y una canción desesperada.
“Apollinaire, Pound, Eliot... cuya raíz estaba ya en el romanticismo alemán, y, al tiempo, en la de una escritura de las mujeres que a lo largo del siglo XX ha ido abriendo nuevos modos de vida y expresión”, tal y como señala Olvido García Valdés en el prólogo de Arboles que ya florecerán.
Como ejemplo puede servirnos, entre otros, el poema de la página 34: “NO estar es la distancia/ entre la ventana y el regodeo/ de la memoria. Si lo sueñas/ todo parece. Emerge/ la imagen preponderante del porvenir/ inventado mediante saturaciones/ de lugares que no se han visto/ nunca. La verdadera dimensión/ de la realidad está atrapada/ en este recuerdo volátil/ de lo que viví apretada entre las sábanas”.
Una estatua descomponiéndose,/ todavía en el sofá./ Ahora la apuntalan/ como si fuesen secretos/ las hendeduras de lo que se/ resquebraja...
Si en el poemario anterior, Vázquez Montalbán señalaba “demasiadas llaves para una realidad sin puertas”, en éste ocurre algo similar con las puertas y ventanas, pero no por su ausencia sino por el hecho de convertirse en barreras que dificultan la comunicación con el exterior. Puerta-muro que impide penetrar en el mundo del yo poético.
Todas las oposiciones están marcadas por las oscilaciones del deseo.
Arboles que ya florecerán, op.cit. p. 67.
Si en Lamartine es la desesperación del poeta ante la pérdida inminente de la amada lo que le hace suplicar a la naturaleza en un intento de hacer revivir, perdurar el amor a través de los espacios compartidos, en Concha García son estos mismos espacios los que confirman, rubrican la existencia del amor o, al menos, de la posibilidad del amor. La desesperación en el primer caso viene marcada por la presencia del subjuntivo, mientras que el segundo es el indicativo, el tiempo de la certeza, el que predomina. De ahí la paradoja en este poemario que, marcado por el signo de la probabilidad en todo su recorrido, sin embargo se cierra con la certeza, la convicción. De ahí también su fuerza.

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Publicado por gala2 @ 17:16 | POETAS | 0 Comentarios | Enviar

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