martes, 16 de enero de 2007

EL POETA JUAN LÓPEZ DE AEL

JUAN LÓPEZ DE AEL, POETA DEL COLOR


POESÍA ESPAÑOLA CONTEMPORÁNEA:


Ángela Serna



En nuestro recorrido a través de la poesía española contemporánea hacemos hoy escala en Juan López de Ael, un hombre llegado a la poesía desde la pintura, o mejor dicho, desde las manifestaciones artísticas más diversas: pintura, poesía visual, escultura, libro objeto, etc. Un artista global que sabe plasmar con palabras todo el color contenido en una paleta, pues Juan López de Ael ha escrito con su pintura tanto como los buenos poetas han plasmado en sus libros. Hoy, además, ha hecho realidad el sueño de organizar su primer poemario, Sentado en el borde de un vaso, con el que quedó finalista en el “XXI premio de Poesía Ciudad de Benicarló” en su convocatoria del año 2001.

EL AUTOR:

Juan López de Ael nace en Quintanilla San García, Burgos, un 22 de junio de 1951. Aunque reside en tierras vascas desde muy joven, nunca ha perdido el contacto con sus orígenes y se siente, con los años, fuertemente atraído por sus raíces castellanas: una atracción que no es sólo telúrica, sino, sobre todo, espiritual. En Castilla se reconcilia consigo mismo y en su cielo y su tierra rojiza se sueña próximo de Teresa de Cepeda y Ahumada y de Juan de Yepes , o sentado a la sombra de un olmo leyendo a los clásicos, descubriendo en el murmullo del viento viejas leyendas y canciones de esta tierra luchadora y recia, marcada por su historia y su cultura.
Cuando llega a Vitoria-Gasteiz recibe clases de dibujo, escultura, cerámica y pintura en la Escuela de Artes y Oficios de la ciudad y en el taller de José Luis Alvárez Vélez. Corren por entonces los años sesenta. A finales de los 70 viaja a Madrid con la maqueta de un disco en la maleta para intentar abrirse camino en el mundo de la canción; la censura hizo que la música se perdiera una voz privilegiada, pero esta breve estancia en Madrid le puso en contacto con cantantes hoy consagrados como Ana Belén, Víctor Manuel, Luis Eduardo Aute, etc. y le proporcionó la ocasión de conocer y mezclarse con aquellos que desde su voz, opuesta a la del régimen, tenían algo que aportar en plena dictadura y en los primeros años de la transición. Sin embargo, serán los años ochenta, concretamente 1988, a raíz de los primeros encuentros con el escultor Jorge Oteiza, con quien mantiene una fluida y amplia correspondencia desde entonces, el año que marcará la puesta de largo de la trayectoria artística de Juan López de Ael: ese momento en que decide dar rienda suelta a su desbordante imaginación. Desde entonces no ha cesado un instante de crear en el sentido más amplio del término. También por entonces nace su otro yo: “María da Silva Andrade”, pintora portuguesa con la que realiza varias exposiciones y que, como nuestro autor, también escribirá bellos poemas más adelante. En los años noventa, a partir de 1992, Juan López de Ael entra a formar parte del Consejo de Redacción de la revista Texturas , siendo desde entonces uno de sus colaboradores más prolíficos.
Entre 1992 y 1996, la actividad de nuestro autor es frenética: exposiciones nacionales e internacionales, individuales y colectivas, colaboraciones en muestras de mail-art, y gran proyección en el terreno de la poesía visual, lo que le hace figurar en la práctica totalidad de las antologías sobre el género aparecidas en los últimos años en España... Ya entrado el año 2000, en octubre, inaugura una particular Galería: “Galería Itinerante Juan López de Ael”, un lugar destinado al encuentro de las manifestaciones artísticas plurales fuera de cualquier oficialismo.
Resumir la trayectoria vital de López de Ael no es tarea fácil: su gran capacidad intelectual y su desbordante “imaginario” hacen que cada minuto de su existencia esté cargado de poesía, pues Juan, como Rimbaud, no crea desde la carencia vital, sino más bien desde el exceso: exceso de vida y de sentimiento: demasiada espiritualidad en un solo ser.
Con todo, estamos convencidos de que el mejor retrato de este hombre es aquel que se desprende de su obra, por ello no seguiremos los senderos de la biografía, sino aquellos de su trayectoria artística.

LA OBRA

Consciente de la “inutilidad” del arte, pero convencido de que es lo único que puede “salvar al ser humano de la mediocridad”, Juan López de Ael no se resiste a la tentación de buscar más allá de los límites que “el arte oficial” suele imponer. No contento con dar forma a la materia pictórica sobre el lienzo, advierte enseguida el intrínseco carácter pluridimensional del arte, y su pintura, cada vez con más relieve, se quiere próxima de la escultura, de la escritura..., en un intento de romper cadenas y barreras expresivas. Por ello no tarda en incorporar a sus obras todo tipo de materiales que le llevan al collage, a la instalación y a otras manifestaciones en las que las fronteras entre la obra y el espectador son cada vez menos visibles y en las que la letra, el trazo, signo primero de escritura, aparece constantemente. Obras como “Poesía eres tú” o “Cromlech” exigen la incorporación del espectador para poder resolverse como tales: la primera atrapando la imagen del que mira, la segunda ofreciendo un espacio para ser recorrido y penetrado.
Cada una de las obras de Juan López de Ael es un pedacito de sí mismo, de sus contradicciones y de su imaginario “obsesivamente” recurrente: la dualidad, el vacío, la música, el sexo, o lo que es lo mismo Pessoa y su inseparable Lisboa, Oteiza, Amalia Rodrigues, San Juan de la Cruz... Un universo grandioso que nos descubre la “música callada” de un artista capaz de crear un lenguaje íntimo y personal.
Desde la pintura, el dibujo, el collage, la escultura, la instalación, la escritura..., Juan López de Ael constituye uno de los ejemplos más claros de lo que hoy denominamos experimentación artística, entendiendo el arte como algo global que abarca todas las manifestaciones expresivas.
La diversidad de soportes y materiales utilizados en su producción plástica, presente también en su poesía, supone la manifestación coherente de una forma de ver el mundo y el arte desde una heterogeneidad capaz de llenar el vacío existencial. Por ello, dicotomías, término que da título a una de sus obras más emblemáticas , no es una forma maniquea de ver el mundo, pues la estética de Juan López de Ael no expresa el blanco o el negro de la vida, sino que contempla las tonalidades, los grados y niveles que, entre un extremo y otro de la existencia, dibuja la contradicción del ser humano.
El soporte de la obra (lienzo, suelo, página en blanco...) y la materia que lo ocupa (pintura, objetos, letras) constituyen una única arquitectura-escultura-escritura poética más o menos figurativa, más o menos abstracta, pero siempre abierta a los cambios y modulaciones previstos: en unos casos por el autor y en otros incorporados por el lector-espectador, responsable último de la configuración y destino final de la obra, cuando no parte integrante de ella. Objetos que reclaman ser manipulados, lecturas que abren caminos diversos, espejos que nos atrapan, piezas transitables, etc., van configurando sin prisas un universo polimorfo, rico en códigos y consignas.
Cada línea, plano, volumen, signo... habla un lenguaje “global” cuando de López de Ael se trata. Un buen ejemplo lo constituye el montaje “Cromlech”, homenaje a Itziar Carreño : Partiendo de la idea del cromlech-círculo, básica en la búsqueda experimental realizada por Oteiza hasta el año 58 en escultura, Juan López de Ael establece una serie de correspondencias entre el círculo-fuego-escritura y el espacio arquitectónico en el que se instala la obra. En este caso, el autor escribe-pinta-esculpe sobre el suelo un cuadrado de textos sometidos a un proceso de fragmentación manipulando la tipografía, agrandándola, rompiéndola incluso. Así, los textos se convierten en tapiz-receptáculo-altar del círculo de cirios que con su llama zigzagueante envolverán el recinto expositivo y mecerán los textos, ilegibles en su mayor parte, del maestro Oteiza.
Dedicada a una persona muerta, el círculo-tiempo, atrapado en el cuadrado-espacio, se transforma en ofrenda y comunicación con la persona evocada. Pero, aunque así planteada, la propia obra rompe inmediatamente el espejismo de sacralidad inaccesible, invitando al espectador a fundirse con ella, a sumergirse en ella y a “vagar” entre los “límites” que sus muros de “vacío y silencio” dibujan. Lo pagano y lo divino no pueden separarse, constituyen por sí mismos, y en sí mismos, un microcosmos que no es la suma de ambos, ni siquiera su contemplación como contrarios, sino la síntesis de la expresión artística del individuo. Ambas manifestaciones tejen una misma tela que, en cada caso, se cargará de connotaciones espirituales y vitales, si es que ambas no son una sola.
Esta simbiosis está en la base de la obra poética de López de Ael, un hombre que ha mostrado su poesía visual, pictórica, verbal, en las revistas más representativas del ámbito experimental . Cada una de sus composiciones podría considerarse el “cántico-poético-espiritual” al arte y a la vida.

Hoy intentaremos centrarnos en su poesía, esos versos que, tal vez sin pretenderlo, nos introducen en el terreno de lo paradójico, ya que hablar de la poesía de López de Ael obliga a pasar del otro lado del espejo, como hiciera Alicia, y a ver las cosas sin prejuicios.
Aunque, como ya hemos dicho anteriormente, sólo tiene un poemario articulado como tal, su obra poética es muy extensa , por eso, intentaremos aquí dar algunas pinceladas sobre sus constantes.
Marcado por sus numerosas lecturas y relecturas de los autores clásicos, fundamentalmente de San Juan de la Cruz, así como por poetas como Pessoa, Eugenio de Andrade, Claudio Rodríguez, Blas de Otero, Gabriel Celaya, Federico García Lorca, etc., la poesía de López de Ael tiene un componente espiritual importante. Su poesía contiene ecos de tiempos pasados (Quién pudiera dormir/en tus pupilas,/descansar en su paz/hecho ya nada.) a la vez que utiliza un lenguaje rabiosamente actual, consiguiendo en cada poema atrapar momentos, sensaciones, imágenes que dan tanta perspectiva a lo representado que el lector/a termina por visualizar, antes que interiorizar, aquello que ofrece como materia poética. Sus composiciones podrían muy bien definirse como “poema-cuadro”, tal es la fuerza expresiva de su voz.
Juan López de Ael escribe movido por una fuerza interior que le lleva a poetizar su vida cotidiana, sus obsesiones, sus miedos, sus deseos. Se trata de una poesía de lo cotidiano, pero no de lo fácil aunque pudiera parecerlo; el más mínimo detalle de cada verso contiene, tal un palimpsesto, varias capas, ecos, referencias de lecturas, etc., que sólo un lector avisado podrá degustar y paladear en toda su extensión: Blanco de cal/sobre cal/en otra cal anclada./ Relámpago azulado/en la mirada/que un cuchillo de luna/va cortando.
Sus referencias a la plástica son evidentes no sólo por la capacidad de crear imágenes y de hacer del poema un cuadro, una fotografía, sino por la presencia de un léxico cercano, en numerosas ocasiones, a ese territorio tan conocido por el autor: Paisaje cotidiano/amarillo trigal/y al fondo un negro perla...
La forma es fundamental en su escritura : el lugar de cada palabra, de cada verso, la espacialización del poema en la página... son un encaje bien trabajado, cuyo resultado final no deja entrever las fases de elaboración:

Desde el otero de Alzuza
Oteiza dibuja
Un círculo
En el suelo...
El sol se está ocultando...
Te digo: Jorge, habrá que ir a acostarse.
Me dices: Pronto
Pronto

Repites: Pronto
Pronto...

Para López de Ael la poesía es más un medio que un fin y su disfrute se encuentra en los pasos intermedios más que en el poema terminado (si es que puede darse por terminado alguna vez). Lo que no impide que sea un escritor de impulso y de confección rápida, esa rapidez que muy pocas personas son capaces de alcanzar y que poseen quienes conocen bien el oficio.
En cuanto a la temática, una constante fundamental: su recurrencia a la muerte, la pérdida, la separación y, en contrapartida, su visión de la vida, de los objetos, de la cotidianeidad: Desde una botella vacía /que hay en el estante /paleta en mano, Goya me mira triste, /pensativo tal vez, /no comprendiendo nada /de esta larga tormenta /que sin cesar me mata. Temática reforzada por la presencia de un léxico también recurrente: el círculo, representando el vacio oteiziano en la mayoría de los casos, el color en todas sus gamas, desde los tonos cálidos a los más fríos, y los espejos , los que devuelven la propia imagen y los otros: escaparates, cristal en general...Vida y muerte, amor y muerte, el mundo cotidiano, constantes presentes en buena parte de nuestros poetas actuales.

SENTADO EN EL BORDE DE UN VASO:

Sentado en el borde de un vaso es un conjunto de fragmentos de existencia, una existencia que, en sus altibajos, va mostrando a un ser que sufre porque “sabe” y busca saber más; un poemario que tiene mucho de autobiográfico, aunque supere fácilmente los límites del yo (poeta) para mostrar un yo-plural, pues López de Ael se desdobla en varias voces que dan cuerpo a su preocupación más honda: el ser en su devenir.Y es que el sujeto lírico, en este caso como en muchos otros, “es un palimpsesto de rostros amados (...) es la voz del otro que me habla, es la voz de los otros que hablan en mí, y es incluso la voz que yo dirijo a los otros...” : Desnudo y frente al viento,/Paseabas airoso.../Tú preñado de rasgos/De todas las culturas,/Mi Dios adolescente...

El borde de un vaso -¿de un precipicio?- es la metáfora elegida por el poeta para introducirnos en ese territorio personal -y universal- del hombre enfrentado a sus dudas, a su propio dolor, a sus esperanzas y frustraciones. El hombre que, en su filosofía más primaria, se cuestiona sobre su esencia y sobre cuanto le rodea.
Este título contiene las leyes que van a regir todo el poemario: sentado -tal vez pensativo-, en el borde -ese límite en el que nos vemos obligados a tomar decisiones, pues más allá está lo otro, lo desconocido-, de un vaso: ¿el vaso grial? ¿el vaso en el que saciar la sed? ¿en el que ahogar las penas...?
Objeto de connotaciones divergentes, el vaso metaforiza por sí solo, y por su relación con los términos precedentes, la inestabilidad en la que se sitúa nuestro poeta. La fragilidad del cristal y la fragilidad del poeta confluyen en el borde de ese sutil abismo representado por el vaso que, por su tamaño, ofrece una imagen “empequeñecida” del poeta, visto por sí mismo“cual mono pequeñito.”
El título funciona como ideograma de lo que encontraremos en el interior del poemario y, ya desde este umbral, podemos intuir la dicotomía vida-muerte presente en todo el libro, cuya solidez se asienta paradójicamente en la duda, en la “contradicción”, tan bien tratada desde el oximorón presente en la mayoría de poemas.
En este poemario, la escritura es como un exorcismo, o más bien un duelo personal (la muerte del padre, la propia enfermedad, la enfermedad de la madre, etc), siempre acompañada por poemas-oasis en los que el color, la plástica, terminan dando sentido a la vida. Tal vez por eso, a pesar de que la muerte ronde el poemario en sus múltiples manifestaciones, sea el color el que, al final, permita salir del laberinto del pensamiento y reconsiderar la vida, verla desde otro ángulo. En este sentido, se trataría de un poemario de aprendizaje, de educación sentimental y vital: un recorrido iniciático a través de las sensaciones, de los sentidos.
Desconocemos qué hace –o hará- el poeta sentado en el vaso; tampoco sabemos si el vaso está lleno o vacío o si es un espacio desde el que observar o desde el que precipitarse: ¿hacia fuera?: el mundo, ¿hacia dentro?: su mundo (el del poeta).
En cualquiera de los casos, la idea de vértigo queda patente en el título, al mostrar esa atracción a caer a la que tantas veces invita el abismo: ¿suicidio físico? ¿intelectual? ¿Renacimiento por la escritura?:

Apático, vacío
Me asomo al borde
De un vaso de cristal
Que hay en la mesa
(...)
Doy un salto
Y me lanzo
Hacia el fondo
Rompiéndome en pedazos.

Este poema pone en evidencia la fragilidad del poeta (y por extensión la del ser humano), pero también la toma de conciencia de la pluralidad del “yo”: ese yo es otro que dijera Rimbaud y que tan reconocible resulta en la poesía de López de Ael.

Las etapas de la vida: infancia, juventud, madurez, trazan un itinerario no pautado: Un horizonte de esmeraldas /bordea la espesura.../ Si pudiera pintar / el canto de los grillos / tendría sobre el lienzo / toda Castilla anclada / hecha mies y rocío./¡Ay! Mi Castilla amada.
Un recorrido transitable a través de, al menos, tres ejes que podríamos denominar paisajes, amor-desamor y muerte; ejes en torno a los que se articula tanto la forma como el contenido del poemario . El primer eje pertenece al territorio de lo concreto, los otros dos a la categoría de lo abstracto.
Paisajes muestra, sobre todo, un grupo de poemas de tono descriptivo; son poemas próximos a la biografía del poeta y en ellos se rememoran algunos de los lugares más emblemáticos en su trayectoria personal: Alsasua, Aranzazu, Granada, Baena... y sobre todo su Castilla natal; otros son más concretos y se recrean en esos lugares y ojetos de la vida cotidiana: la casa, la calle, la ciudad...
En Amor-desamor encontramos poemas marcados por un tono nostálgico. En ellos, la soledad, el miedo y la pérdida son los motivos principales: Lo más duro de todo / fue escuchar tus silencios.
La Muerte, por su parte, aunque recorre todo el poemario, es más patente en poemas como “Réquiem” y en aquellos que hablan de enfermedad, desaparición... y suicidio, un suicidio-salvación posible sólo en la escritura: Me iré de ti /de mi / que la leña se acaba / y el alma / no resiste tanto frío.
Si los “paisajes” llegan a tener un tono bucólico, no exento de crítica e ironía en buen número de ocasiones, en “amor-desamor” es donde el poeta despliega un léxico urbano muy próximo del lector/a.
En cuanto a la “muerte”, es el territorio del abismo (vaso-balcón, ventana), de la ruptura, del espejo...: Sólo al verme / en un espejo roto / soy capaz de imaginar / tantos trozos distintos / de mí mismo.
Los paisajes son el color y el sonido que, en una utilización proustiana, permiten recuperar sensaciones del pasado: “Un horizonte de esmeraldas”, “Cuatro muros”, “Tu redondez”, “Alsasua”, “Desde el otero de Alzuza”, etc., o el poema que lleva por título “Paisaje”: Cobalto / rojo Venecia / verde botella / y una pizca de blanco / en bermellón fundido... Mi corazón es un grillo invisible /o un croar en la charca... : Todo un canto al color y a los sonidos de la naturaleza, único refugio para quien, cansado de vivir busca fundirse con su entorno en un canto de espiritualidad de quien se sabe parte ínfima del universo.
“Amor-desamor” es el cristal, lo vítreo (vaso, cristal, espejo, lente...), lo frágil: Y de tanto beber / mi alma se hizo vidrio / chocando en el cristal / de la botella. Pero es sobre todo la visión-reflexión sobre el amor, claramente expuesto en poemas como “Hoy suena a jazz”, “Lo más duro de todo”, “Me iré sin ti”, “Digo luna”, “El último vaso”..., o el que lleva por título “Ya ven señores”: Te pones a hacer cuentas / y amor más amor / te sale resta... donde queda claro que el amor, si no muere, mata... Pues el amor sólo puede ser concebido más allá del enamoramiento (muerte y pérdida de uno mismo); el amor sólo puede existir desde el sosiego que procura el paso del tiempo.
La “muerte” es un pretexto para reflexionar sobre el sentido de la vida. En este sentido, el poema “Réquiem”, que por sí sólo merecería un estudio en profundidad, es la mejor muestra de ello. En este poema asistimos, paso a paso, al desarrollo del ritual de un funeral: padre e hijo ven desde el lado de la muerte cuanto sucede en el lado de la vida. En el fondo, este réquiem es un descenso al infierno, un viaje necesario para hacer un duelo personal y para resurgir tras la llamada del abismo.
Agazapados, resguardados (círculo), padre e hijo asisten al inicio de la desaparición de los recuerdos (silencio), al drama de la separación, de la pérdida, mientras todo se mueve en el exterior (sombra, tic-tac).
De la mano del padre, como Dante hiciera de la mano de Virgilio, el poeta recorre su infierno particular, pasando por el purgatorio donde salva a sus mitos, reales y ficticios (Lorca, Yerma, El Camborio, Amalia Rodrigues, Juan de Yepes, Pessoa, Teresa de Ahumada), y donde, en su diálogo con el padre, es capaz de perder el miedo a la vida, ésa que en el poema se consume, como se consume la cera de los cirios que marcan los límites del féretro (la evidencia)...
Una cierta reflexión sobre la perduración tras la muerte en el recuerdo de los demás (“Aún vivo en el recuerdo,/Todavía me piensan.”) da un toque romántico al poema, y refleja una clara conciencia del paso del tiempo: el de los relojes, el de las campanas, el de la música..., más prosaica e irónicamente descrito a través del humo de un cigarrillo: el tiempo es un cigarro que se acaba.
Ante tanta solemnidad, el poema se clausura, no podía ser de otro modo, con un toque irónico “¿quién abrirá mañana mi apartado de correos?”: contacto con el resto del mundo y símbolo de permanencia en este lado, una vez realizado el descenso obligado al infierno: la luz al final del túnel para seguir adelante pese al desaliento y el cansancio de vivir: Cansancio digo y callo, / pues hasta en este escrito / pongo más voluntad / de la que ya me queda.
En los tres niveles, Paisajes, Amor-desamor, Muerte, el poeta parece escribir desde la herida, la ruptura: separación de los lugares (Castilla), cicatrices del amor, pérdida de los seres queridos..., y lo hace siempre con la mirada puesta en el horizonte: ese punto mágico en el que se encuentran todas las respuestas imposibles en el aquí y el ahora: Cuando pinto / casi siempre / lo hago / en vertical / subida / A veces me falta lienzo/y en el espacio / sigo pintando / como un loco / incapaz de dejar / en él mi huella.
Pues en esa necesidad de trascender los límites del lienzo se representa la búsqueda de lo espiritual, un intento de acercarse a Dios pintando el aire, el vacío invisible e inaprensible, el último salvavidas al que asirse y que, por el momento, sólo existe en la poesía: Cuatro muros/muy blancos /y un ciprés /casi negro /en medio de la noche./ A lo lejos dos perros /le ladran a la luna./ Cojo papel y pinto /paisajes de palabras.

Sentado en el borde de un vaso se muestra sin preámbulo al ritmo del latido cardíaco: Un corazón espera,/ tiene frío. /Latido tras latido / se fatiga / y quisiera contar /sólo hasta siete / y no seguir, morir,/ hacerse olvido.

En él, los poemas se abrazan (cículo-ritual, vacío inalcanzable y protector) creando un movimiento similar al de las olas, con sus crestas y sus momentos de calma, como queriendo dibujar el flujo y reflujo de la existencia. Una existencia matizada por el uso perfecto de la metáfora y de la comparación, así como por ese sutil paseo que lleva a nuestro poeta de lo figurativo a lo abstracto y, sobre todo, a lo metafísico. Probablemente es ahí donde radica la fuerza y el interés de este poemario:

Y volar a una incierta
Luz del día
Malherida
Ya el alma,
Echar raíces
En los sauces del río,
A sus orillas.

Sentado en el borde de un vaso es el poemario de la verticalidad (volar, escribir en vertical subida, el balcón, el otero...) que es la que permite al poeta mostrar la distancia que separa cielo y subsuelo, cielo e infierno , a menudo con-fundidos en esta tierra-horizonte que pisamos. Además, Sentado en el borde de un vaso es el territorio de los sentidos, sobre todo los de la vista y el oído por ser, en este caso, los que mejor permiten recuperar y conservar los recuerdos de la infancia: las sensaciones de un ayer cada vez más implicado en el hoy reconstruido desde el arte.


Notas

Santa Teresa de Jesús y San Juan de la Cruz.
Fue el coordinador del Monográfico del número 10 que la revista dedicó al escultor vasco Jorge Oteiza. El número 12 le ha dedicado su Monográfico L, en un intento de mostrar la faceta humana y artística de López de Ael.
Se trata de una sala autogestionaria, sede de la Asociación ARTeragin Elkartea, en la que, además de exposiciones de pintura, se llevan a cabo recitales poéticos y otras muchas actividades.
Amigo de sus amigos y fetichista empedernido, López de Ael es infatigable a la hora de acercarse a las personas que le gustan: gracias a ello pudo entablar una buena amistad con la fadista portuguesa, hoy fallecida, Amalia Rodrigues, etc., siguiendo la máxima que un día le confiara el maestro Oteiza “siempre intenta estar cerca de los mejores, pues es de quienes realmente se puede aprender algo.”
En clara alusión a nuestro poeta Gustavo Adolfo Bécquer y a una de sus rimas más conocidas. En el caso de Juan López de Ael, el espejo, lugar de lo transitorio, es una especie de frontón que atrapa devolviendo la propia imagen sin ninguna posibilidad de huida. Poeta y espectador quedan atrapados en esa ventana intraspasable que es el espejo, enfrentados a sí mismos.
“Dicotomías” es un conjunto de poemas-objeto, cargados de gran fuerza expresiva en un afán de sugerir más que explicar, en los que el lector-espectador se introduce en un universo de ruido y silencio, de tonalidades... en definitiva, de preguntas...
Itziar Carreño, esposa del escultor vasco Jorge Oteiza.
Texturas, Píntalo de verde, La Nueva poesía eléctrica, Caja de truenos, Phayum...(España); Herbarium (Alemania), Dimençao (Brasil), Vox (Argentina), etc.
Para mayor información sobre el autor y su obra plástica, remitimos a nuestro artículo “La música callada de Juan López de Ael”, Elgacena ,Navarra, 1998, Arte activo, Vitoria-Gasteiz, 2000.
Juan tiene tanta poesía guardada en sus cajones que sería difícil reunirla toda, sobre todo porque su infatigable afán por escribir le lleva a hacerlo en cualquier trozo de papel que encuentra a mano (la servilleta de un bar, un pedacito de esquina de un periódico...) y que en no pocas ocasiones termina destrozado en el bolsillo de su chaqueta o perdido para siempre entre los montones de papeles que alfombran su casa. Parte de sus poemas han sido recogidos en libros colectivos como Antilogía poética, Esferas líquidas, Forma y sintagma... y en revistas como La Botica, Texturas...
Alusión al cineasta Luis Buñuel y al poeta Federico García Lorca.
De ello dan fe poemas como “Desde el otero de Alzuza”, “Réquiem”, “De MI TU silencio” o aquéllos de corte aforístico, muy próximos del haikú.
JEAN-MICHEL MAULPOUX, La poésie comme l´amour, Mercure de france, 1998.pp. 46-47. La traducción es nuestra.
Estos ejes o rúbricas no funcionan de manera estanca, acogiendo un conjunto cerrado de poemas, sino de manera abierta, dejando que cada poema circule por ellos libremente.
La vertical está presente, también, en la obra plástica de Juan López de Ael, quien reconoce servirse de la horizontal solamente en la medida en que le sirve de cuña para elevar más el cuadro, la pintura, el deseo de conectar con lo sublime, lo inalcanzable.

Tags: ÁNGELA SERNA

Publicado por gala2 @ 21:29 | POETAS | 2 Comentarios | Enviar

Comentarios

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  • Autor: nombre
  • Fecha: domingo, 21 de enero de 2007
  • Hora:14:17
Yo también soy artista plástico y escribo algunas cosas. Me gustaría saber más sobre Juan López de Ael. Me ha interesado mucho lo que hace y lo que escribe. Gracias. IÑAKI

  • Autor: Angela
  • Fecha: miércoles, 31 de enero de 2007
  • Hora:22:44
Hola Iñaki: Ya que te interesas por Juan López de Ael, te diré algunas cosas: es artista plástico (pintor), aunque también practica la poesía visula, la instalación, y la poesía discursiva. Su obra visual está recogida en numerosas antologías. Y tiene publicado un libro de poemas (Sentado en el borde de un vaso). Desde el año 2000 tiene una Galería de arte (y mucho más) que se llama GALERÍA ITINERANTE, está en Vitoria (C/ Zapatería, 79 bajo) y es un espacio abierto a todas las manifestaciones artísticas: pintura, fotografía, libros, esculturas, recitales, etc. Es totalmente independiente. Si te interesa conocer más sobre Juan puedes escribirle a la Galería (cita el blog para que sepa que le escribes de nuestra parte). Gracias. ¿Para cuándo esos versos que anuncias?